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El peor enemigo

Siempre llego tarde a los sitios. Por las mañanas, suena el despertador y hago caso omiso. Llego al trabajo en tal estado de ansiedad que mis mejillas se contraen tanto que me hacen parecer malhumorado todo el día. A veces me olvido con los quehaceres de mi trabajo, pero el espejo del baño y las miradas esquivas de mis compañeros de trabajo se encargan de recordármelo.

Siempre me olvido de no pasar por su calle. Alzo la vista y termino de dibujar su silueta tras la ventana. En alguna ocasión he sentido que de forma repentina ella buscaba mi mirada como antaño, entonces, me siento tan poca cosa que si no fuera porque algún transéunte tropieza conmigo, creería que he llegado a mimetizarme con el entorno.

Siempre me propongo cenar fruta y yogurt. La soledad de las noticias me dejan tan alicaído que me zampo dos bolsas de patatas fritas y cuatro mousses de chocolate.

Siempre pienso que debería cambiar porque hacer este tipo de cosas me hacen daño.

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

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