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Mostrando las entradas etiquetadas como amistad

Mi depresión

Foto: animalesmascotas.com Vaya por delante que estimo a Nelson Pisa y lo considero mi amigo. Es un argentino de libro: psicólogo, medio poeta, hincha de Boca y creyente del marandonismo. Nelson tiene desde hace un par de años un perrillo de esos que destacan por su comportamiento nervioso, el poco pelo y los ojos de lunático. El perrito saltaba todo el rato alrededor de cualquiera que estuviera cerca y, si no se le hacía caso, llamaba la atención con sus ladridos chillones. Sin embargo, desde hace dos meses el perro ha dejado de caminar. En cuanto sale a la calle se sienta y se convierte en una pequeña estatua que hay que arrastrar durante el paseo. Apenas se mueve para orinar y tampoco se preocupa en marcar como antes sus esquinas favoritas. Nelson tiene que terminar el paseo cogiéndolo en brazos, ya que arrastrar al can no sólo es incómodo, sino que tiende a concentrar las miradas de reproche de los transeuntes. El comportamiento es tanto más extraño cuanto que en casa vuelv...

El último viaje

Eran diez, y eran nueve. Nueve los años que llevaban viajando juntos, y diez el número de amigos. Cinco parejas que se conocían de antiguo y que durante tres o cuatro días al año recorrían juntos unos cientos de kilómetros por el mundo. Con el paso del tiempo habían ido forjando una confianza que llegaba a su máximo anual durante aquellos viajes. Pero ese año era distinto, sería el último. No lo habían previsto así pero a veces el destino teje carambolas imposibles. Un cruce de miradas fugaz, una sospecha fulminante y un par de silencios culpables convirtieron aquellos felices días en una espera insufrible en la que las fotos retrataban mentiras.

El amigo traicionado

En los últimos tiempos apenas permanecía despierto más que durante algunos momentos del día. Entonces se le veía como siempre, alegre, inteligente y adornado de todas esas cualidades por las que me enamoró. Sin embargo, de pronto, se venía abajo sin previo aviso, y sus ojos dejaban de brillar. Y entonces yo me sentía inútil y desesperado a la vez. Fue en uno de esos momentos en los que comencé a buscar un sustituto. Y, cuando volvió a despertarse me sentí como un traidor, como un ser frío y sin entrañas que ya preparaba el relevo antes de haber enterrado el cadáver de mi gran amigo. Desde la mesa, el viejo PowerBook de 12 pulgadas me miraba inocente, mientras mis manos tecleaban culpables esta confesión.