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Mostrando las entradas etiquetadas como metáfora

El buitre naúfrago

Nadie supo cómo había llegado hasta allí. Desesperado intentó posarse en la cruceta más alta del mástil. Pero no pudo. Siguió volando hasta el siguiente barco, tampoco lo logró. Quiso planear rumbo a tierra pero poco a poco fue perdiendo altura hasta llegar a posarse, o estrellarse, en el mar. Las gaviotas fueron las primeras en entender qué estaba pasando y comenzaron a volar en círculos sobre el cadáver que adivinaban. Tardaron un poco en decidirse, pero pronto un grupo de embarcaciones se acercó para intentar rescatarle. El buitre nadaba de un barco a otro para intentar subirse a alguno. Estaba tan agotado que no era capaz de impulsarse o posarse sobre ninguno de los múltiples objetos flotantes que le acercaban los navegantes. En un momento dado, hizo un postrero intento de levantar el vuelo. Milagrosamente avanzó sobre el mar unas decenas de metros, lo justo para acercarse tanto a la tierra que luego bastó el empuje de un par de olas para llegar a la orilla. Desde los barcos, los f...

El castillo

Desde hace días es su único entretenimiento. Las horas de permanencia en la celda se van en dormir y edificar con la baraja incompleta torres de naipes. Ha ensayado diferentes fórmulas de montaje, pero todas terminan vencidas por el peso, por las corrientes o por el temblor incipiente de sus manos. Y cada vez que ve caer el castillo no puede evitar en pensar que esa débil estructura que se desmorona no es más que una metáfora de su propia vida: un día saliendo en los informativos como hombre de Estado, casi un héroe, y 6 años después saliendo en los informativos esposado y camino de la cárcel. Solo el preso con el que comparte celda parece haberse dado cuenta. En más de una ocasión le ha visto escrutar su rostro mientras los naipes caen. Por eso es él quién rompe la magia de la metáfora perfecta: "los castillos de naipes se pueden volver a edificar, pero con las vidas eso es práctica,ente imposible".

Revolución

El ministro sudaba copiosamente mientras el rey desgranaba un largo rosario de supuestas deslealtades, engaños y traiciones. Veía a los alguaciles situados cerca y sabía que el siguiente paso sería su detención y, en el mejor de los casos, el destierro. El rey quería cargar sobre él todo el malestar del pueblo. A medida que avanzaban las acusaciones, el círculo que se abría a su alrededor era más grande y sus hasta ahora leales le iban dando la espalda. Sin embargo, el escándalo que subía de las calles era cada vez más rotundo. El rey hablaba a la Corte, pero era el pueblo el que se quejaba. Y nadie excepto él parecía darse cuenta de su gran ventaja: eran más, infinitamente más. La sentencia del rey habría de cumplirse de inmediato, la horca. Seguramente, si no hubiera sido tan pusilánime, lo habrían colgado allí mismo de una de las grandes arañas de cristal de Murano. Le estaban apresando cuando la primera piedra atravesó los cristales.

La posibilidad de una caja

Siempre he odiado las mudanzas. Como hijo de emigrantes y habiendo vivido parte de mi vida en casas de alquiler, cada cambio era una guerra en la que desaparecían muchos recuerdos y quedaban atrás paisajes y personas que hubieran podido ser mías. Esta mañana la oficina era una calle de Mostar y las mesas eran empalizadas improvisadas con cajas. En medio del desorden nos afanábamos por encontrar los restos de nuestros naufragios, repartidos con metódico descuido por todas partes. Entonces tuve la idea. Amontoné las cajas alrededor de mi puesto, construyendo con ellas un improvisado refugio de recias y efímeras paredes. Y, luego, debajo de la mesa, vacié dos cajas más con las que me hice un pequeño féretro en el que acurrucarme tranquilo hasta el final de la batalla. [Posted with iBlogger from my iPhone]

El roto

Siempre es como un juego. Tus dedos acarician el tejido, lo manosean por todas partes hasta que finalmente encuentran el punto débil en la delicada urdimbre de los hilos. Entonces paran de buscar. Ya no hay necesidad de seguir haciéndolo. El roce digital se concentra en el eslabón débil, en unos pocos milímetros cuadrados que terminan cediendo por esfuerzo. Y aparece el roto. Es posible que inicialmente sólo quepa el extremo de una uña, puede que la del meñique, pero el juego debe continuar, exige continuar, para que el dedo penetre la tela. Ahí es cuando te das cuenta de que has ido demasiado lejos. Y el juego comienza en otra prenda.