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Mostrando las entradas etiquetadas como mentiras piadosas

Nueve años de esclavitud

http://www.couriermail.com.au/ El nueve es un número mágico. No es una década, pero casi. En el cubo de tres, por lo que incita a pensar en triángulos. De todo tipo. El nueve no llega a ser un siete, pero es lo más parecido. Una relación de nueve años es algo más que un noviazgo. Se trata casi de una eternidad en la que todas las células del cuerpo de los amantes se han renovado. Tal vez hayamos estado tanto tiempo juntos que ya no somos los mismos, y tampoco somos capaces de volver a enamorarnos el uno del otro, como dos completos desconocidos que se ven a diario. Eso es lo que le he explicado a ella. La verdad es otra. Siempre he necesitado alguien a mi lado con una personalidad fuerte, alguien que me ayudara a elegir el camino a seguir o que, directamente, me lo indicara. Blanca lo tenía claro, había trazado un plan milimétrico en el que mis opciones se reducían a formar parte de su sueño. Y eso me gustaba, porque me hacía sentirme seguro. Pero llegó la herencia de la tía Mar...

Soy bueno con las palabras

http://dayoaddiction.blogspot.com Soy bueno con las palabras, por eso ellas vienen en mi auxilio cuando las necesito. Apenas tengo que pensar. Acuden raudas a mi boca y llenan con sus fonemas el silencio. Explicar una idea, consolar, decir una verdad dura, mentir para evitar una dura verdad... Siempre encuentro las palabras adecuadas. Por desgracia, mis ojos son rebeldes. Puede que se sientan maltratados por las gafas tempranas, las operaciones o las horas excesivas de pantalla. Lo cierto es que mis ojos nunca colaboran: cuando mis palabras quieren parecer seguras, ellos se muestran nerviosos y, lo peor, cuando uso palabras mentirosas, mis ojos componen una mirada huidiza que me delata. Por eso procuro no mezclar ojos y palabras; por eso, usted lector, nunca me encontrará hablando en un video de YouTube o en televisión, y sólo sabrá de mi a través de los retazos de historias que tejo con las palabras para este pequeño mundo al otro lado de la Red.

Apenas un susurro

Fue un susurro leve, pero ella lo escuchó. De pronto, todas aquellas maravillosa cenas de San Valentín comenzaron a tener sentido. No eran, como ella había pensado, celebraciones de su amor infinito, sino enormes excusas de destrucción masiva. Una palabra bastó para hacer saltar por los aires su vida, una palabra terrorista que se inmolaba para generar dolor a su alrededor. Aún podía disimular, hacer como que no se había enterado y prolongar el engaño algún tiempo más. Pero, en lugar de eso, le espetó: - ¡Cuánto daño han hecho las princesas de Disney a las de mi generación! Él sonrió con su boca falsa y continuaron cenando al son de los violines, sin decirse nada más.

Palabras que son ruidos

Los ecos cercanos de aquellas hazañas habían llenado su infancia de aventuras lejanas. Cada carta que llegaba a casa era el preludio de un relato emocionante y emocionado. Las palabras que su madre iba leyendo siempre sonaban llenas de emociones y se referían a mundos lejanos y luminosos. Cada carta era una nueva puerta a la imaginación y un nexo de unión con ese padre que apenas conocía más que por unas ajadas fotos, pero al que amaba profundamente gracias a sus fabulosos relatos. Pero un día, aquellos sonidos frondosos se transformaron en ruidos, estruendos atronadores inventados por su madre para ocultar la realidad. Su padre no viajaba por el mundo viviendo aventuras. Ni siquiera escribía cartas. Pasaba los días contemplando el paso de las nubes desde una oscura celda marroquí, fumándose el dinero que le mandaba su mujer envuelto en los recuerdos de una memoria cada vez más confusa.

El mentiroso compulsivo

Arrugado como su perro, así se veía a través del espejo. Ese mentiroso compulsivo que era su otro yo había estado intentando ocultar el paso del tiempo. Pero el acartonamiento de la piel, la caída de los pliegues y las bolsas bajos los ojos ya no se podían cincelar con las escusas de siempre: falta de sueño, cansancio ocasional o demasiadas juergas. Sobre todo porque hacía tiempo que ya no había juergas, ni trabajo ni razones para no dormir. Una vez más, retiró el rostro de ese maldito chivato y le preguntó a su otro yo, que le dijo que estuviera tranquilo, que eso apenas eran unas arrugas de expresión. Él, como siempre, le creyó. Y salió a pasear el perro como todas las mañanas desde que se jubiló.