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Mostrando las entradas etiquetadas como Adicciones

Apnea

Cada vez que el trabajo y la tensión amenazaban con ahogarle, cuando se sentía traicionado, cuando la vida se volvía una tarea insoportable, volvía a la piscina. El encargado se olvidaba la llave en su mano a cambio de unos pocos euros. Y podía bañarse solo;, en el agua y en la oscuridad de la enorme sala. Inhalaba una bocanada de aire, cerraba los ojos y se hundía sujeto a la escalera. Nunca desaparecían la tensión, la tristeza por la traición, o el trabajo de vivir. Pero, dentro del agua, sin aire, llevando su capacidad de resistencia al límite, se sentía morir. Y cuando, a punto de perder el conocimiento, levantaba la cabeza y volvía respirar era, en cierta forma, como volver a nacer. Y aquel hombre nuevo que salía de la piscina dejaba ahogados en la oscuridad y en el algua sus peores momentos.

Se hizo del mar

El marino pensó con extrañeza en lo raro que se le hacía mantenerse en pie cuando estaba en tierra firme. Alejado del mar sus movimientos se volvían torpes y se veía aquejado por una constante sensación de mareo causado por un suelo demasiado quieto. Si se empeñaba podía recordar cuando era al contrario, cuando quien le provocaba mareos era el vaivén del barco. Y si se empeñaba mucho, hasta podía rememorar el día en que al fin se hizo del mar. Le dijeron que en aquel barco sólo se notaban las olas cuando éstas superaban los ocho metros; una fortaleza, le dijeron. Miles de contenedores se apilaban en sus bodegas y cubiertas y con precisión suiza se cargaban y descargaban cientos de ellos en cada puerto. Pero un 17 de octubre, en medio del Atlántico, las olas de 8 metros se quedaron pequeñas. El mar se movía en sierras de tres montañas. Enormes olas barrieron la cubierta y provocaron la pérdida de gran parte de la carga, entre ella un contenedor lleno de patitos de goma que tenían co...

Yo escribí la Wikipedia

Tener un conocimiento enciclopédico no es una de las cualidades más sexis que se me ocurren. De hecho, tengo la constancia de que a las mujeres les resulta casi más repelente que atractivo. Nací con la doble maldición de una curiosidad infinita y una memoria absoluta. La una y la otra enlazadas siempre terminaban torciendo mi voluntad y, por más que me propusiera ir a jugar con los amigos o salir al cine con las chicas, mis pasos terminaban perdidos entre las páginas de un libro. Desde pequeño mi hábitat natural fueron los libros, concretamente las bibliotecas, espacios en los que mi sed de conocimiento podía ser calmada con relativa rapidez. Aunque siempre había lagunas de información, algún dato perdido, resultado del enlace de unas preguntas con otras, que finalmente terminaba chocando con una versión demasiado desactualizada de la Espasa Calpe o, simplemente, con el vacío más absoluto. Afortunadamente, casi al mismo tiempo que se me acababan las páginas en la Biblioteca Pública Mig...

Adicta al texto

Las palabras leídas le traspasaban el alma. Desde niña. No se trataba de reconocer la buena literatura, aunque también sabía apreciarla, eran las sinuosas curvas de las letras, la rítmica nada de los espacios... Ahí es dónde ella encontraba la verdadera poesìa. Por eso también prefería leer sobre escritura a mano: las variaciones y los motivos de disfrute se multiplicaban. Cuando se topaba con algún papel especialmente bien escrito, en el que la letra y la música acompañaban, el impacto la sumía en un estado semicatatónico por espacio de horas. Cuando por fin volvía del "viaje" –así lo llamaba–, lo hacía pletórica de felicidad. La adrenalina le impedía dormir durante días y la obsesión por la lectura se le acrecentaba. Sin embargo, cada vez era más difícil encontrar textos tan perfectos. Ni siquiera entre los clásicos. Internet la indignaba, plagado de millones de "autistas aulladores", con egos del tamaño de montañas y talento de ratón, pero como adicta al texto ll...

@Orsai

La primera vez que oyó hablar de ella, pensó que estaría bien publicar en esa revista. Cuando leyó los primeros números, el pensamiento se transformó en deseo. Y, con el paso de las horas, el deseo terminó mutando a obsesión. Primero escribió decenas de mails a un tal Casciari, el editor. Luego comenzó a autocitarse en los comentarios de los artículos más leídos. Y, en un arrebato de desesperación, llegó a inventar una enfermedad terminal para dar lástima y que alguno de sus relatos llegara por fin a adornarse con la mención en aquellas páginas sagradas. Pero nada funcionó. Tras meses de infructuosa dedicación tuvo una idea, la idea. Escribió un cuento, uno de esos que no tenían más de 15 líneas, lo tituló @Orsai y esperó.

El googleadicto

Todo está en Google, todo. Cada mañana me levanto y busco entre sus enlaces los trozos de mi vida que quizás alguien haya colgado en la red. Mis fotos, mis escritos, mis conferencias, mis amores, mis olvidos. Todo. Y, sin embargo, cada noche, justo antes de apagar el ordenador, y el teléfono, y el GPS portátil, y la luz, me siento completamente vacío.