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Mostrando las entradas etiquetadas como triunfo

EL INSTANTE PULITZER

¡Ahí viene! ¡ahí viene! No sé qué demonios estoy haciendo… tengo un tanque en mis propias narices viniendo hacia mi y estoy aquí plantado, sin moverme, casi sin respirar… pero no me muevo. Tiene que ser el miedo ¡joder, me he quedado paralizado de miedo! Vaya forma estúpida de morir… en medio de la calle, con las bolsas de la compra y atropellado por un tanque. Espera, espera, espera… no es miedo… no, quizá ni me he dado cuenta pero lo que estoy haciendo lo estoy haciendo porque quiero. Sí, al menos mi subconsciente ha dicho basta. Estos tipos siempre nos dicen cuál debe ser nuestro camino… y si no lo tomamos nos aplastan ¡pues que me aplasten, se acabó! Mierda… y si el tipo que va ahí dentro no percibe mi rebelde dignidad. Al final me espachurrará, seguro. Lo mismo no tiene ni el carné de conducir… no sé yo… mejor me voy quitando porque me está retumbando todo y el bicho ese es gordo de verdad… ¿Eh? ¡leches! ¡Se está parando! ¡se está parando! ¡lo he hecho! ¡lo he conseguido! Ejem… es...

El campeón

Apenas podía ver nada, la sangre de la ceja abierta se mezclaba con el sudor y le dejaba un sabor amargo en la comisura de los labios. La respiración era un doloroso ejercicio y alguna costilla debía estar destrozada. Cuando el otro cuerpo calló pesadamente sobre la lona todo pareció desvanecerse: la rabia, la atenazante tensión y un instinto extraño a medio camino entre la supervivencia y el homicidio. Le alzaron el brazo y un coro de gritos y flashes se alzó a su alrededor.Había ganado. Otra vez. Y sin embargo, todavía tenía esa intensa sensación en alguna parte de su alma de que todo estaba ya irremediablemente perdido.

El triunfador

Adolfo Hernández siempre había sido el mejor deportista de la promoción. Con él, nuestros equipos escolares de baloncesto, voley y fútbol habían llegado al menos hasta las finales regionales. Cuando se trataba de hacer los equipos, nunca le dejábamos ser uno de los capitanes, para que así fuera la moneda la que decidiera quién se lo quedaba. Era un ganador que llevaba sus victorias más allá de las canchas, triunfando también en el patio del colegio de monjas al que íbamos a pescar los de los salesianos los viernes al salir de clase. Por eso me extrañó verle allí, de controlador del tráfico en la frontera. Maqueado con un traje pasado de moda, esperaba a las orondas señoras que ocultaban bajo las faldas los cartones de tabaco venidos de Gibraltar. Se había convertido en un simple traficante, o lo que era peor en el mandado de algún traficante de mucha menor valía. Al poco de estar mirándolo, Adolfo se percató de la vigilancia y se dirigió con paso firme hacia mi. De pronto recordé su fu...