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Mostrando las entradas etiquetadas como vidas resumidas

Videotestamento

Mi nombre es Alberto Garcés Fernández. Hoy es 13 de febrero de 2222, son las 17:23 y, como atestiguan las constantes vitales que se superponen en esta imagen, me encuentro en un estado de salud acorde a mi edad. Esta grabación personal no tendrá cortes ni será editada, convirtiéndose así en mi testamento. En el momento de terminar la grabación la incorporaré a la cadena de bloques del Registro General Estatal de Últimas Voluntades y dejará sin validez cualquier otro documento previo ya sea escrito, oral o visual en el que exprese algún deseo o idea, general o concreta, en torno a mi muerte y al destino y reparto de mis bienes, activos financieros y suscripciones. En primer lugar, nombro como mi albacea testamentaria a mi querida hermana menor, Sonia Ángeles Hernández de las Heras, quién podrá tener acceso a mi archivo maestro de contraseñas, con el fin de que pueda administrar la baja en los diversos servicios de pago diario, semanal y mensual. Ella será, por añadidura, quién pueda dis...

Dormir es solo un ensayo

Para ella, dormir era un ensayo de la muerte. Cada noche se ponía su camisón recién planchado y se situaba en el centro exacto de la cama. En verano solo se dejaba caer sobre la sábana, porque "el calor estropea antes la carne y no hay que darle facilidades". Y en invierno preparaba la cobija de tal forma que parecía estar encajada en un ataúd de tela. Disfrutaba de una gran facilidad para dormirse y la profundidad de su sueño favorecía la similitud, apenas se movía y la respiración era tan leve como silenciosa. Su familia siempre se lo tomó a broma: una manía más de la vieja. Algo que contar en las reuniones familiares para reírse todos juntos; un hecho diferencial de la mamá, de la abuela. Una parte de su biografía que se contaba con tono divertido y que nadie parecía entender del todo. La noche que se empeñó en acostarse con el vestido de domingo y los zapatos, su hija Marcela, con la que vivía desde hacía 10 años, se preocupó por su salud mental, pero no porque los ensa...

La vida mínima

Era un 25 de diciembre. Lo sé porque esa noche los pocos que estábamos de guardia no queríamos estar. Le ayudé a nacer y durante el parto todo fue normal. Recuerdo que brindé con el padre por un niño que seguro sería especial.  Ya había vuelto a dormirme cuando una de las enfermeras entró murmurando en la sala. Al niño le pasaba algo, algo muy raro. Apenas habían pasado dos horas desde su alumbramiento y ya no cabía en la cuna. A la mañana siguiente tenía el aspecto de un jugador de baloncesto, altísimo, pero apenas manteniéndose sobre sus piernas y sin saber hablar. No me fui a casa y me quedé con él. Crecía y envejecía a ojos vista. Ví pasar su juventud y su madurez en apenas unas horas. Y le acompañé en la vejez; allí estaba cuando dijo papá. Antes del atardecer firmé su defunción. En la causa puse muerte súbita, pero recuerdo que mis dedos quisieron escribir: vida mínima.