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Mostrando las entradas etiquetadas como Inmortalidad

El asesino de inmortales

Cuando no te importa la muerte, termina por no importarte la vida. Viajé con Alejandro, bebí de la fuente de la eterna juventud. Como muchos otros de los suyos, me vi obligado a desposarme con una noble persa a la que terminé amando de verdad. Quise llevarla a la fuente pero ella lo fue posponiendo hasta que fue demasiado tarde. La enterré en un lugar solitario que grabé a fuego en mi memoria y al que vuelvo de vez en cuando. Luego de dediqué a la guerra. Defendí y ataqué imperios por toda Eurasia. Al principio, como terapia para olvidar el dolor, luego como medio de vida y, finalmente, como costumbre.  Empecé a matar a otros inmortales casi por casualidad, Alejandro VI logró beber De la Fuente, tras saber de ella a través de unos pergaminos almacenados en Roma. Yo estaba al servicio de su hijo César, y fui testigo de cómo ordenaba el cegado y destrucción de la fuente, así como la muerte del resto de inmortales. La vida eterna solo estaría disponible para quienes la buscaran a trav...

Avelino Abreu dividió al mundo

Avelino Abreu se hizo rico dos veces. La primera, cuando comercializó un sistema para mantener la memoria humana en un ordenador, dando origen a la inmortalidad extracorporea. Mucha gente enferma compró el sistema y, cuando a él mismo le diagnosticaron un cáncer linfático, no dudó en trasvasarse a un servidor de memorias. Con el tiempo, surgieron otros competidores que no solo te desmaterializaban, sino que te permitían viajar por las redes en busca de nuevos conocimientos y su sistema cerrado terminó derivando a la venta de módulos indiferenciados de memoria para los que solo querían recordar. La segunda vez fue cuando logró controlar el cuerpo de un vivo corpóreo y volver a sentir a través de él todas las emociones que ya sólo podía recordar. El sistema de avatares emocionales fue un éxito inmediato, y se crearon centros de reexperiencia que utilizaban su desarrollo para controlar el cuerpo de los corpóreos que se alquilaban para la ocasión. Avelino Abreu no solo se hizo rico dos...

La inmortalidad es un buen negocio

Hace años yo era el foco de sus bromas y abusos. Ser el empollón, el raro de la clase es una prueba diaria de estoicismo. Todos los que quieren destacar o, simplemente, alejar de si la ira de los demás se dedica a mortificarte. Pero ahora, todos ellos, todos los que son como los que se reían de mi, ahora me bailan el agua y se ponen en cola a las puertas de mi clínica para que yo decida si les concedo el favor de paralizar su proceso de envejecimiento celular. No hay duda de que la inmortalidad es un buen negocio pero, sobre todo, es también una magnífica venganza.

Epitafio

"Acuérdate de comprar un gallo para Asclepio" dijo con la media sonrisa entre los labios que tantas veces había dibujado su rostro en la plaza pública, mientras desarmaba uno a uno todos los argumentos de sus contendientes dialécticos. Y fue sólo entonces, tras su última ironía, cuando el ingenio y la soberbia del que se llamó a sí mismo "ignorante" dejó paso al rostro de un anciano desencantado y profundamente sólo, cuando comprendió la grandeza de un hombre capaz de ser fiel a sí mismo hasta las ultimas consecuencias. "No fue la cicuta, viejo amigo La que acabó extinguiendo tu llama. Fueron los hombres libres, a los que tú, con tu sabiduría, distes alas." Tan sólo estas cuatro líneas mal talladas sobre el frío mármol de la plaza, dejaron constancia del hombre que caminó entre sus iguales buscando más allá de las respuestas, las preguntas adecuadas.

Uno de los 100

Partió siendo un niño, con su padre, en busca de la ciudad de los inmortales. Tardó 20 años en encontrarla y, por el camino, perdió toda conexión sentimental con su pasado y con su tierra. Por eso no dudó en alistarse en el ejército de los 100 . Durante siglos guerreó al lado de los hombres más valientes de los que la historia tuvo noticia, hombres que no tenían miedo a la muerte porque no podían morir. Sin embargo, un día, su brazo no pudo seguir alzando la espada, porque su mente se había anclado en un recodo del Nilo, en la mirada de una joven de piel brillante. Esos ojos le siguieron hasta Alejandría y, desde allí, hasta Roma, atravesaron con él la Galia y se apostaron a la orilla del Rin. No la olvidó, no podía. Y cuando quiso regresar a aquel lugar, encontró una mujer vieja, que miraba con la misma dulzura, pero que esperaba la muerte antes que a un amor perdido. Entonces volvió buscar, con más empeño que antes, un lugar, un arma, un enemigo que le librara de su maldición eterna...

Arena

Los granos resbalaban entre sus dedos. Millones de ellos se arremolinaban a sus pies y tan sólo alguno quedaba pegado a su piel, a causa del sudor. Una y otra vez hundía los brazos en el montón y se esforzaba por visualizar cada uno de los infinitos granos antes de que cayeran al suelo: misión imposible. Pero él seguiría allí, por siglos, buscando el minúsculo trozo de silicio en el que se encerraba el secreto de la inmortalidad. Por siglos.