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Mostrando las entradas etiquetadas como lluvia

Miedo a los días de lluvia

https://pixabay.com/es/users/raymondhal-884206/ Llegó a mi puerta empapada, en medio de la peor tormenta del invierno. Pensé que estaba perdida. La invité a entrar y le ofrecí una toalla. Ella me contó que había dejado el coche un par de calles más arriba y que le había costado encontrar la casa por culpa de la manta de agua. Pensé que estaba desorientada. Le ofrecí un café para que entrara en calor. Ella me contó cómo me había localizado, las horas que había estado delante del ordenador filtrando información. "Tu nombre es muy corriente", me dijo. Pensé que estaba loca. Quise mandarla de vuelta a su coche, ya ni siquiera me parecía atractiva. Ella me dijo que todos sus encargos le habían abierto la puerta, pero que yo era el primero que le había servido café. Y que no sabía cómo agradecérmelo. Yo le sugerí que me dijera un nombre o un porqué. "Secreto profesional", respondió, "pero como favor especial lo dejaré para otro día". Y se fué. Desde en...

Llueve sobre mi alma

Esta mañana apareció gris y tormentosa. La primavera se estrenaba con pocas ganas y la lluvia se convirtió en la protagonista del día. Cayó fuerte. Y yo estaba a la interperie. El agua chorreó por mi cuerpo, caló mis ropas y me llegó al alma, enfriándola y haciéndola encoger. Con el alma empapada todo parece terrible: las sombras se convierten en monstruos y todas las miradas son aviesas. El miedo y la depresión son los principales efectos de un alma humedecida. Y la mía estaba empapada. El día continúo tormentoso, peinado de vez en cuando por ráfagas de un viento más incómodo que frío. Y, hacia su final, no parecía capaz de cambiar el guión predeterminado la noche antes por el hombre del tiempo. Sin embargo, algunas veces, algunas almas son capaces de escurrir todo el líquido acumulado gracias a un beso, una mirada que se reencuentra o un roce de manos cómplice. Por eso, mientras el cielo volvía a reiterar su tristeza sobre mis hombros, debajo de mis capas de ropa y piel, amanecía ...

El diluvio

Atrapada tras un muro de agua, la ciudad permaneció varios días dormida. Las gentes se protegían del nuevo diluvio atrincherándose en casa, y sólo se veían por las calles coches de bomberos y aquellos incautos que habían agotado ya los víveres tras tres días de encierro. Por las radios el mensaje era de tranquilidad, se pedía a los ciudadanos que no salieran de casa si no era estrictamente necesario, y se rogaba que no colapsaran las centralitas de los centros de emergencias de la ciudad. Al cuarto día comenzaron los desalojos, primero de los pisos bajos y garajes, luego de edificios más altos cuyas estructuras comenzaron a resentirse. Al mismo tiempo comenzaron a verse los primeros locos de las aguas, personas que deambulaban por las calles, sin importarles ya mojarse, en busca de comida. Pronto algunos de estos locos se organizaron en bandas de pillaje y para cuando cesó el diluvio, después de dos semanas, la ciudad estaba en sus manos y ya nada volvió a ser como antes.

La tormenta en la ciudad

En apenas unos minutos, la tormenta que sonaba lejana descarga su carga de agua y electricidad sobre el centro de la ciudad. En una ventana, apenas entreabierta, una mujer sostiene un cigarrillo urgente entre los dedos, y entre calada y calada, protege su dosis de nicotina de la lluvia tapándola con el brazo. Mientras, abajo, en la calle, un hombre lucha por meterse bajo un paraguas minúsculo, claramente insuficiente para sus amplias espaldas. Y, en la esquina, una persona joven, o de constitución fina, envuelta en un chubasquero asexuado, levanta los brazos mirando al cielo, como si esperara algo, ¿un rayo quizás?