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Mostrando las entradas etiquetadas como metarrelato

Los comentarios

El 23/06/2024 a las 14:45 Cucurbitacea_indiscreta ha escrito: ¿Qué ha pasado durante todo este tiempo? ¿Dónde has estado metido? El 23/06/2024 a las 14:53 ElVaraPalo ha escrito: Este cuento, ¿es verdad o es mentira? ¿En serio has estado navegando alrededor del mundo en un velero construido por ti? No me lo creo. Además, las fotos tienen pinta de ser de algún almacén de esos digitales. El 23/06/2024 a las 14:56 ElVaraPAlo ha escrito: O creadas por inteligencia artificial. El 23/06/2024 a las 18:27 Verónica Magnolia ha escrito: ¿Te parece bonito dejarnos seis meses sin cuento? Ya te lo dije una vez, te estás relajando. Recuerdo que al principio publicabas casi a diario y ahora desapareces durante meses. El 23/06/2024 a las 23:58 Libertad Maniatada ha escrito: Cada vez son peores tus cuentos, deja de escribir y ahórranos a la humanidad el trabajo de tener que evitar tus textos. El 24/06/2024 a las 03:17 Blue Dreamer ha escrito: Me gusta tu contenido. V I A G R @ S I N R E C E T A. Más i...

Buscando historias en los cajones

Existe un momento especial, al principio de la noche, en el que mi cabeza es capaz de hilvanar historias magníficas, relatos en los que todas y cada una de sus partes encajan como un mecano perfecto. Luego, según el pensamiento se va deshilachando entre las ráfagas de sueño, el olvido las va desdibujando poco a poco. Hace años leí que los recuerdos, los conscientes y los inconscientes, se almacenan en la mente como en una enorme biblioteca de millones de ejemplares. Para acceder luego a ellos, y localizar su posición en los anaqueles, hay que buscarlos en un gigantesco mueble cajonera repleto de fichas bibliográficas. Antes apenas echaba mano de él, porque era capaz de retomar el hilo de la narración de la noche anterior con solo proponérmelo. Ahora, sin embargo, paso la mayor parte de esas duermevelas buscando como un loco en los cajones del archivo la ficha que me permita recordar al menos una de las historias imaginadas en las cada vez más escasas noches de creación. Pxfuel.com

El hombre que imagina tempestades

Hay un lugar en la costa escocesa que apenas se nombra en los mapas, ya que allí solo viven dos ovejeros mayores de 60 años, una maestra jubilada que terminó profundamente cansada de la gente, el padre Miller, un cura católico que perdió su rebaño hace décadas y un antiguo farero. El lugar es inhóspito, en cierta forma salvaje, tan lejos de todo que ni siquiera sufrió los efectos de la revolución industrial. Bueno, uno sí: el abandono. Yo lo descubrí de casualidad. Los estudios sobre el cambio climático en los que colaboro han sembrado de balizas meteorológicas el mar del norte. Y fue en una de esas jornadas maratonianos de análisis de datos que di con ella. Una estación que parecía recoger más tormentas que las demás. Pensé que estaba estropeada, así que la cambiamos por una nueva y con mejor equipamiento. Pero la anomalía se volvió a manifestar. Fue la curiosidad científica la que me llevó hasta allí. Fue la simpatía de la vieja maestra la que me inclinó a aceptar su invitación par...

Primero el título

Aquel juego comenzó cuando estaba en primero de BUP. El profesor de literatura, un tipo demasiado brillante e inquieto como para permanecer demasiado tiempo en un colegio de curas tristes, les animaba a romper con la rigidez de las redacciones escolares y a buscar en su imaginación historias que salieran de sus entrañas. Y, para convencerles de tan arriesgado experimento, les entrenaba con juegos y entretenimientos. Su preferido, primero el título: un compañero inventaba el título del cuento (aunque no tuviera sentido) y todos se ponían a la labor de armar una narración que hiciera honor a dicho comienzo. Durante años siguió jugando solo. Y antes de comenzar a escribir su primera novela estuvo meses intentando encontrar un título sugerente, pero solo se le ocurrió "Primero el título". Por eso estaba seguro de que la novela sería un fracaso.

Una última toma

Primera escena: un primer plano de su rostro, con la tensión reflejada en el maxilar. Abre plano y se ve cómo el coche que pilota va ganando velocidad. La cámara avanza unos segundos con el coche y luego pasa a enfocarlo por detrás. Su mente de director imagina el final de una película. Cambio de plano: el coche va ahora hacia la cámara. Entre ellos un quitamiedos y un precipicio. El enfoque se olvida del coche y nos muestra las piedras puntiagudas del fondo. Plano lateral: el coche atraviesa el quitamiedos a cámara lenta. Zoom sobre la cara de nuevo. Ahora ya no hay tensión, pero se ve claramente el abultamiento en la cabeza: el espectador debe entender el desenlace. Se abre plano y el coche cae a velocidad normal sobre las rocas. No hay explosión, esto es la realidad. Fundido a negro.

Un principio y un final

"Los gigantes juegan a los dados con nuestro destino". La frase la había leído en el argumento de una película de serie B, pero le pareció que tenía gancho y que podía ser el comienzo de un buen relato. Por eso la guardó en un recoveco de la memoria hasta ahora. El final también estaba pensado: "porque el azar puro no puede existir en este Universo". Universo con mayúscula, para darle un sentido más amplio y trágico al gran cierre. Esa, en esencia, era la idea: construir una novela, la mejor novela del siglo XXI, partiendo de un principio y un final predeterminados e ir dejandose llevar por donde su instinto le indicase en cada momento. "Los gigantes juegan a los dados con nuestro destino, pero cualquier dado siempre está cargado. Por eso a veces, una misma jugada incumple su probabilidad teórica de ocurrencia y nos permite eludir por unos instantes las reglas de su juego."

El maestro de escritura

– ¿Habéis llorado alguna vez ante la belleza de un solo verso? ¿Habéis mirado al mar y habéis pensado en una isla? ¿Habéis adivinado el momento de una sonrisa o de un llanto en otras personas? Si a todas estas preguntas habéis respondido que sí, significa que ya podéis. – ¿Ya puedo qué? – Escribir vuestra primera novela... – Ya he escrito muchas. – Escribir vuestra primera novela original... – Para ser un maestro imaginario te das muchos aires... – No menos que vos, que os imaginas a Miguel de Cervantes como maestro y ponéis en duda todas sus enseñanzas. – Es que nunca lloré frente a un verso. – O no sabéis qué es la belleza o aún no la habéis encontrado y, por lo tanto, no la podréis expresar... Y aún no estáis preparado. – Seguiré leyendo. – Seguiréis aprendiendo.

Yo escribí la Wikipedia

Tener un conocimiento enciclopédico no es una de las cualidades más sexis que se me ocurren. De hecho, tengo la constancia de que a las mujeres les resulta casi más repelente que atractivo. Nací con la doble maldición de una curiosidad infinita y una memoria absoluta. La una y la otra enlazadas siempre terminaban torciendo mi voluntad y, por más que me propusiera ir a jugar con los amigos o salir al cine con las chicas, mis pasos terminaban perdidos entre las páginas de un libro. Desde pequeño mi hábitat natural fueron los libros, concretamente las bibliotecas, espacios en los que mi sed de conocimiento podía ser calmada con relativa rapidez. Aunque siempre había lagunas de información, algún dato perdido, resultado del enlace de unas preguntas con otras, que finalmente terminaba chocando con una versión demasiado desactualizada de la Espasa Calpe o, simplemente, con el vacío más absoluto. Afortunadamente, casi al mismo tiempo que se me acababan las páginas en la Biblioteca Pública Mig...

Doce migas de pan...

Una marca sobre el borde la taza, doce migas de pan sobre el mantel naranja, la cucharilla ribeteada de espuma marrón reposando en el plato, el tarro de mermelada de arándanos abierto y llamando a la mosca. Ese era el paisaje que la desolación había sembrado en la cálida mañana de agosto. En realidad falta citar algo: un teléfono móvil dejado de cualquier manera sobre la mesa. Se nota que alguien lo ha tirado allí hace un momento, casi se podría decir que aún se mueve. Incluso, aún podríamos oir el eco de las últimas palabras que transmitió. El narrador ha visto en la terraza esa mesa y ha seguido con la mirada los gestos del comunicante que ahora mira al mar, reflexionando sobre sus últimos actos y en el motivo último que le ha llevado a arrojar el móvil. Mientras el narrado lo mira intrigado y piensa en las miles de razones que le podrían haber llevado a tirar el móvil. La mosca ha entrado en el tarro. http://vuelvoadesaparecer.wordpress.com/2011/06/12/rastro-de-migas-de-pan/ ...

Tesoros escondidos

Comprar libros compulsivamente tiene dos graves inconvenientes. El primero es el espacio, o la falta del mismo. El segundo es la frustración que genera ver crecer de forma constante el montón de libros por leer. Sin embargo, la acumulación y el tiempo generan también las condiciones necesarias para el descubrimiento. En ocasiones, cuando uno rebusca entre los libros del montón, descubre un tratado sobre Bizancio que no recordaba, o la penúltima novela del último premio Nobel. Y entonces, sin ni siquiera quitarles el polvo, comienzas a leer porque ya no es libro, sino un tesoro, un tesoro escondido que hay que gastar de inmediato, antes de que el tiempo u otro pirata lo vuelvan a esconder irremisiblemente.

El teclado

Los golpes rítmicos de las teclas rompían el silencio de la noche. De vez en cuando, el ventilador de la CPU se unía al monocorde sonido del teclado. Desde hacía años venía usando uno de IBM, poseedor de un sonido metálico que le chiflaba por la robustez y el click inimitable. Solía decir que su teclado era como el motor de las Harley , bello y característico hasta en el ruido. Incansablemente llevaba más de cuatro horas delante del monitor, sin apenas levantar la vista de sus manos, y dejando para más tarde la revisión de los errores de pulsación que sabía estaba cometiendo. Simplemente no tenía tiempo para adornarse demasiado. Su cabeza acababa de alumbrar el próximo premio Planeta y no podía perder el hilo de la narración. Seguiría escribiendo hasta finalizar las 150 páginas que calculó duraría, unas 20 de introducción de los personajes y el resto para contar la historia de un hombre que, obsesionado por el sonido de su teclado, se pasaba las horas delante del ordenador componiendo ...