Abatido por la falta de inspiración, cerró la sesión. Caminó enfadado por la casa, cruzando el pasillo, dejando atrás la cocina. Abrió la puerta de la terraza y respiró con fuerza el aire enrarecido que subía desde las calles, ocho pisos más abajo. Volvió a acercar la silla al borde y subió. Otra vez el aire pesado que aquella ciudad penetró profundamente en sus pulmones. Apoyó el pie en la baranda y miró hacia abajo. Como las otras veces sintió el vértigo infantil y cerró los ojos. El segundo pie abandonó la silla y abrió los brazos. Y, justo cuando su centro de gravedad iba a cruzar la frontera de la barandilla, una idea cruzó su mente. Recuperó el equilibrio, dejó la silla en su sitio y volvió al estudio. Reinició la sesión.