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Mostrando las entradas etiquetadas como Música

23 notas

Cuando los títulos de crédito fundieron a negro, la melodía que había servido de  hilo para trenzar el desarrollo de la película siguió sonando en su cabeza. Primero de forma silenciosa, pero al poco tiempo como un tarareo suave. Las imágenes apenas volvían, tan solo la música y los colores brillantes de la fotografía. Dos historias paralelas, la triste de la música, frente a la feliz de las luces. No sabía con cuál quedarse. Las 23 notas borraron esa duda, adueñándose del pensamiento mientras el coche, casi sin conductor, dejaba atrás el cine.

Fundido a negro

Él le dice que no quiere seguir. Ella le responde que han sido muchos años y que no entiende como es posible que piense que se ha acabado el amor, que en realidad debe haber otra. Él dice que no, que no hay otra, que simplemente ya no la quiere y que le parece que confesarlo es lo más honesto para con ella. Pero ella le abofetea, le llama mentiroso y rompe a llorar mientras él se aleja con la maleta en la mano izquierda. Mira a cámara y dice: "Nunca te olvidaré". Fundido a negro y FIN. Un gran plano, se dice. Lástima que lo que ella imagina cómo una escena cinematográfica en realidad sea su vida, y que la palabra fin no sea una promesa de nuevas aventuras, sino el cierre de uno de los capítulos más importantes de su existencia. Ya no llora, no puede, ahora se enfrasca en encontrar una banda sonora acorde con los últimos acontecimientos. Y, mientras la busca, se da cuenta de que él tenía razón: incluso ella ya no le amaba y se sentía, hasta cierto punto, aliviada. En realidad ...

El músico

El violonchelo primero le cautivó por sus formas sensuales y su tamaño. Luego, su sonido terminó por arrastrarle hacia un aprendizaje obsesivo. Veneraba cada nota que se había escrito para su instrumento y dedicaba con pasión horas y horas a practicar cada concierto, cada interpretación, cada movimiento. Solía viajar con un par de ellos, aunque en su casa era fácil encontrar uno o dos en cada habitación. Todos tenían nombres distintos, pero siempre de mujer. Solía hablarles. Incluso comentaba que cada uno tenía un carácter distinto, y según éste así les trataba. El que más le gustaba no era precisamente el mejor. Lo llamaba Ágata y era lascivo y caprichoso. Lo mismo era capaz de hacer sonar notas cargadas de sentimiento, apasionadas e intensas que se dejaba contaminar por reverberaciones disonantes. Pero cuando estaba de buenas, lograba eclipsar con él al resto de la orquesta. Esas noches especiales le premiaba con un lugar en su cama. Y Ágata se dejaba acariciar emitiendo leves gemido...

La sinfonía del Apocalipsis

Había comenzado su peregrinación dos semanas antes y aún no había salido de los dominios de su rey. Le daba miedo la inmensidad de la distancia, mucho más que los peligros del camino, enormes, en una Europa incendiada por las tropas de Napoleón. A lo largo de las jornadas previas había estado tomando notas de los paisajes y de las gentes que se encontraba. También esbozó en sus cuadernos de notas la pobreza, el frío, el hambre y la desesperación. Su destino era la tumba del apóstol, en España, pero apenas llegó a Viena decidió que no podía seguir; su alma sufría a cada paso. Y allí, en aquella ciudad, pasó el resto de su vida dando forma de partitura a los males de la humanidad. Una gigantesca sinfonía dedicada a los cuatro jinetes del Apocalipsis, tan terrible, tan descriptiva, que a su muerte, los próceres de la Iglesia decidieron reducirla a cenizas para proteger a la humanidad.

La mulata

Sus caderas se movían con el ritmo hipnótico de la música. Una cadencia rítmica de timbales salpicada de acordes de trompeta lejana. Y una voz. Nunca antes había estado más cerca de realizar un viaje astral. Durante unos instantes ínfimos sintió como su cuerpo no le pertenecía, ensimismado en los febriles movimientos de la mulata y la voz profunda, rotunda, que acariciaba sus neuronas.