Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como desamor

Enumeración de un desengaño

Una mirada furtiva. Una pregunta inocente. Una forma rebuscada de decir tu nombre y conocer el suyo. Un desaire esquivado por poco. Una invitación en la cafetería del hotel. Una conversación sorprendentemente franca. Un punto y final que es un punto y seguido. Una coincidencia de planta. Un ascensor que parece estrecharse. Unos labios que se buscan y se encuentran. Un sentimiento de culpa. Un lo siento, no puedo hacer esto. Un regreso solitario a la barra. Una solitaria copa de wiski.  

Avaricia

Sólo recuerdo algunas briznas, apenas unos jirones de realidad, que poco a poco se me van borrando por culpa de la enfermedad. Debía ser en torno a 1949 o 1950. La mayoría de los jóvenes del pueblo habían emigrado a L'ospitalet y en las calles apenas se veían niños. Yo estaba pensando en marcharme también, aunque mi objetivo era Argentina, dónde ya tenía a un primo que nos escribía maravillas sobre ese país. Pero antes de irme debía conseguir el dinero para poder pagar el caro y largo viaje. Por aquel entonces yo no tenía nada que vender, tan sólo mi trabajo y mi palabra de hombre. Con ese capital mi única opción era Juan el rico, un viejo usurero que se había hecho rico durante la guerra. No quiso darme el dinero por adelantado, decía que no tenía gente en Argentina, pero que si me iba a Cataluña, la cosa no tendría problema. Sólo una cosa, por tanto, podía yo ofrecerle: una noche con María, mi novia de entonces. Yo no quise aceptar, pero ella me convenció de que era un precio muy...

El nubarrón

¿Sabes esos días que te levantas con aire de tormenta? ¿Esos días en los que los sonidos usualmente dulces y hasta deseados suenan como desagradables truenos dentro de tu mente? ¿Esos días en los que las estridentes voces de los niños provocan una punzada de intenso dolor en la sien? Pues hoy tengo uno de esos días. Así que sabrás disculparme. No he sido yo el ha ha soltado la mano, ha sido culpa del nubarrón.

El silencio y la huida

Ni una sola palabra desde hace meses. Apenas un par de gruñidos, más lánguidos que feroces. Y luego el silencio. La luz de la habitación tilila, cercana ya a fundirse, mientras ella espera en el pasillo a escuchar la respiración profunda de su marido, señal inequívoca de que el libro de siempre ha resbalado de sus manos. Piensa en lo que echará de menos en adelante este pequeño ritual de espera, agazapada tras la puerta de la habitación, huyendo de la conversación terrible, que pone de manifiesto algo que ambos saben hace años: ya no se aman. Avanza hacia la cama sin hacer ruido y, en lugar de acostarse como siempre, saca de debajo de la cama la maleta que hizo la semana anterior. En la calle espera el taxi.

El cobarde

He dado un paso más esta tarde hacia el abismo de la soledad. Ella me ha preguntado por los retrasos y los olvidos de los últimos tiempos y yo le he mentido. Y me he mostrado indignado y molesto. Así que, finalmente, ha dejado de tener dudas. Y yo sé que cada momento que pasa está más cerca su definitivo adiós. Me siento aliviado: será ella quien abandone el barco.

Registro de salida

Número... Mil quinientos cincuenta y tres. Tipo de documento: carta. Destino... Destino... Destino: cualquier parte. Resumen: Apenas a dos días de mis vacaciones ella me ha abandonado. Le escribo cientos de reproches acumulados durante estos años. Le explico que siempre la quise y que nunca me sentí verdaderamente querido. Me despido con dureza, incluso crueldad. Observación: añado en la posdata: "por favor, vuelve".

A sotavento está la felicidad

Llevaba navegando desde los 10 años. Para él, trimar las velas del barco no tenía secretos. Olía las roladas del viento y no conocía mayor placer que dejarse llevar durante una empopada, jugando con el riesgo de una trasluchada repentina. "Ya no te quiero", le dijo ella, a bocajarro, después de almorzar en silencio, el uno frente al otro. Y a él sólo se le ocurrió acercarse al puerto y salir a un mar que comenzaba a rizarse. La felicidad siempre se encuentra a sotavento, decía su primer instructor de vela. Y él lo recodaba, como recordaba la forma en que le explicó el as de guía o el ballestrinque. Y nada de lo que le dijo nunca había sido inútil, ni siquiera eso.

Se vende

He vuelto a mirar el cartel: se vende. Ya no hay marcha atrás. Hemos puesto a la venta nuestro pasado, nuestra vida en común. Hemos repartido amistosamente los objetos, procurando parecer civilizados. Nuestros abogados se han felicitado por lo sencillo del proceso y ella se ha mudado de ciudad. Hemos borrado nuestros rastros. Ahora apenas quedan unas anotaciones en algún registro oficial y una enorme cicatriz en medio de mi alma.

La cancion del mariachi

El mariachi, como en las películas, canta junto a la mesa: Amor, si me das tu valor, si me atrevo a quererte, mi sol, te voy a idolatrar. Ana juguetea con la copa de vino entre sus dedos y parece creerse la letra. El amor es sólo química, lo sabe. Se ha prometido una y mil veces que no se dejará nunca llevar por los sentimientos, y menos por ese. Amor. Contigo voy a soñar con querubes, contigo voy a pasear por las nubes, contigo voy a pasear en las nubes, contigo voya a pasear en las nubes... Piensa que debe decirle que le quiere. Que es una estupidez. Pero es necesaria. El vino, el mariachi, la canción. Le mira a los ojos y se lo dice. A él le ha gustado oirlo. Ha visto en sus pupilas que tiene planes. Y piensa que se ha equivocado, que nunca más lo volverá a repetir.

El cambio climático

Hacía demasiado calor para febrero. Pero eran ya 5 años de demasiado calor. No le dio importancia hasta que él le dijo que la dejaba. Entonces sólo pudo pensar que aquello era una consecuencia más del cambio climático. A la manera de Pantaleón Pantoja, su marido se había dejado envenenar por las altas temperaturas y se había ido con otra.

Manos ensangrentadas

He visto mis manos ensangrentadas. He contemplado la sangre coagularse en mis palmas demasiado rápido. He notado cómo se disipaba su calor. Mientras, ellos me zarandeaban, me hacían cientos de preguntas sin respuestas y me miraban con odio. No les oía, apenas les veía: mis manos estaban ensangrentadas.

Adiós

El chaquetón pesaba como una losa atada a los hombros. A cada paso, el camino le parecía más largo y el destino más lejano. Tiraba del bolso como de un lastre. No quería volverse, pero lo hizo. Él aún la miraba. Pero nunca ya sabría si fue verdad o una ilusión la lágrima de tristeza que le pareció ver en su mejilla.

No te quiero

No te voy a decir que te quiero porque no es verdad. No te quiero nada, ni un poco. Ni siquiera me caes bien. Casi ni te miro cuando pasas cerca, nunca te presto atención ni sé nada de ti. Nada, porque no te quiero. ¿De qué color son tus ojos? No lo sé. Ni me importa, por supuesto. Ni reparo nunca en cómo cambia el tono de tu voz cuando vienes con los ojos tristes. Ni me interesa la razón por la que tu piel resulta tan fría que a veces quema. Eso es lo que ocurre cuando no quieres a alguien: que puede estar junto a ti un día tras otro en la oficina, de copas o cruzando la calle y casi no existe. Ni ella, ni sus labios, ni el olor de su pelo. Hoy tampoco he reparado en ti. No sabría decir si el azul de tu traje te quedaba perfecto, como si salieras de un cuadro de Klimt o la razón exacta por la que en algún indeterminado lugar de mi pecho algo se ha quebrado, casi sin ruido, cuando te he visto esperando el autobús. No sé nada de eso. Y seguiré sin saberlo porque no me importa....