Su infancia había transcurrido entre alfombras voladoras y genios de lámparas maravillosas. Por eso le resultaba tan difícil comprender la terrible y prosaica realidad de la guerra. A su lado, en las trincheras de una tierra exótica, otros muchachos contenían al miedo y al enemigo descargando tiros sin apuntar y rezando para sobrevivir un ataque más. Un día más. Hasta ahora, el pacto que realizó con su padre se había cumplido. Él rezaría cada día por su entrada en el Paraíso y, a cambio, el alma de su padre estaría pendiente para desviar una bayoneta o ayudarle a esquivar una bala mortal. Pero su confianza en el acuerdo comenzaba a desmoronarse. Era muy posible que el difunto se distrajera un momento, lo justo para que un tiro le agujereara el cráneo. Por eso, en uno de los pocos momentos de descanso en retaguardia, rebuscó entre todos los puestos ambulantes de venta una alfombra pequeña, pero recia, tejida a mano por las mujeres de un pueblo vecino al suyo. Cuando escuchó los morteros...