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Mostrando las entradas etiquetadas como Sueños imposibles

La alfombra voladora

Su infancia había transcurrido entre alfombras voladoras y genios de lámparas maravillosas. Por eso le resultaba tan difícil comprender la terrible y prosaica realidad de la guerra. A su lado, en las trincheras de una tierra exótica, otros muchachos contenían al miedo y al enemigo descargando tiros sin apuntar y rezando para sobrevivir un ataque más. Un día más. Hasta ahora, el pacto que realizó con su padre se había cumplido. Él rezaría cada día por su entrada en el Paraíso y, a cambio, el alma de su padre estaría pendiente para desviar una bayoneta o ayudarle a esquivar una bala mortal. Pero su confianza en el acuerdo comenzaba a desmoronarse. Era muy posible que el difunto se distrajera un momento, lo justo para que un tiro le agujereara el cráneo. Por eso, en uno de los pocos momentos de descanso en retaguardia, rebuscó entre todos los puestos ambulantes de venta una alfombra pequeña, pero recia, tejida a mano por las mujeres de un pueblo vecino al suyo. Cuando escuchó los morteros...

Buscando el Sur

"Tiene que haber una fórmula para viajar al Sur sin moverse de casa", pensó durante años. Luego creyó haberla encontrado a través de la televisión, los documentales e Internet. Pero aquello no era el Sur. Así qué pensó en recrearlo y batió todas las tiendas de su ciudad buscando los objetos, olores y sabores del Sur. Más tarde, se empeñó en imaginarlo y soñarlo, pero nunca era el Sur de sus anhelos. Y viajó al Sur. Pero tampoco era su Sur.

La trinchera

Bajo el fuego enemigo, sobre el cadáver amigo. Soñando con estar en otro lugar y en otro tiempo. Las fosas nasales saturadas de pólvora, disparando como un autómata, esperando la orden de avanzar. Y la orden se grita. A lo largo de la trinchera se mueve la orden con presición militar, a pesar del número de voces. Comienzan a salir hombres del agujero, y comienzan a caer. Los ve alejarse a la carrera, camino de una muerte segura. El oficial le zarandea, le exige por el emperador que se una a la carga. Le insulta, le golpea, y solo deja de hacerlo cuando una bala atraviesa la visera de su casco. El soldado se tira al suelo, acurrucado, y comienza a taparse con una mezcla de sangre y barro. Y sueña de nuevo con estar en otro lugar y en otro tiempo.

el rincón de los sueños abandonados

Besar a Mariángeles a la orilla del mar, ser biólogo, doblar el Cabo de Hornos, todos ellos son los sueños que se amontonan en un rincón de mi alma que no suelo visitar. Normalmente no me pesan, pues han sido muchos los deseos colmados pero, de vez en cuando, hago inventario y no puedo dejar de preguntarme qué hubiera sido de mi vida si alguno de ellos se hubiera hecho realidad. [Posted with iBlogger from my iPhone]

El sueño recurrente

El avión se mueve violentamente. No son turbulencias, el avión pierde altura rápidamente y los viajeros gritan aterrados. La azafata pregunta si alguien sabe pilotar. El pánico se convierte en un pasajero más. Yo sé, al menos en ese sueño sé. Acompaño a la azafata hacia la cabina. A la entrada hay un hombre atado de pies y manos que tiene mi misma cara. Y dentro puedo ver al piloto con una gran herida abierta. Cojo los mandos y sin tener claro cómo, consigo aterrizar. Siempre me despierto en la celda encharcado en sudor sin saber aún por qué nunca logro soñar que soy el secuestrador.

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos). "¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle. Y fue feliz al menos una noche.

Intermedios

Construyó una alhambra de ensoñaciones en las que él siempre aparecía a lomos de un caballo blanco. A veces al volante de un mercedes. Siempre con el cabello mecido por el viento, siempre en el momento justo, siempre luciendo una magnífica sonrisa profidén. Tal vez por eso, cada vez que le pedía perdón y le rogaba que no lo abandonase, ella echaba mano de sus sueños y volvía a su lado, inmune a los gritos y las palizas que no eran más que intermedios en su futuro perfecto.

Sueño con Alicia

Me acaricia con la punta de la lengua. Un escalofrío agradable y cálido recorre toda mi espalda. Su cabello me resbala sobre el pecho, como una mano echa de millones de aterciopelados dedos, mientras su boca va buscando mi sexo. Entonces soy consciente de que duermo. Sólo en sueños podría estar con Alicia así. Y me despierto entristecido. Acudo al trabajo de mal humor, con el desánimo incrustado entre los ojos. Hasta que la veo de nuevo. Su sonrisa me da fuerzas para esperar hasta la noche. Lástima que quien le pasa el brazo por la cintura no sea yo y que el retrato esté en la mesa de Fernández y no en la mía.

El desfiladero de las pesadillas

Una caída de 3.000 metros y apenas unos pocos rasguños. Los árboles amortiguaron el brutal golpe y la suerte, esquiva casi siempre, hizo el resto. Los médicos asombrados, no podían dar crédito a lo que veían reflejado en la pantalla del escáner. El hombre del milagro, le llamaron. El Hombre del Milagro acaparó espacio en los informativos, visitó algunos platós y, en el momento álgido de su popularidad comenzó a recibir cartas de personas que le pedían milagros. Nunca pensó que eso fuera posible, pero una generosa oferta de dinero le persuadió de intentarlo. Y, ante su sorpresa, la mujer de la silla de ruedas se levantó y anduvo. De la noche a la mañana se transformó en el Hombre de los Milagros y su casa se convirtió en un lugar de peregrinación y el almacén de los miles de regalos de todo tipo que los fieles agradecidos le hacían. Pero por las noches, el Hombre de los Milagros soñaba una y otra vez que caía por el mismo desfiladero que el día de su accidente. Cada noche volvía a sent...

El asesino de sueños

Desde hace años tengo una rara afición que nace de una curiosa capacidad aún más rara. Por las noches me paseo por las calles de la ciudad, parándome junto a las ventanas más próximas a la calle. Desde allí intento captar los sueños de los durmientes. Cuando ese sueño es feliz, lo que suele coincidir con imágenes en color, entonces me introduzco en él y voy modificando los componentes hasta convertirlos en pesadillas horribles. Mis preferidos son los sueños de amor y sexo, en los que ella o él (según sea el objeto del deseo) terminan convertidos en monstruos devoradores que, en lugar de llevarte hasta el orgasmo, te llevan al borde de la misma muerte. Luego, de camino a casa, me imagino a mis desconocidos durmientes desconcertados e inseguros de sus sentimientos. Entonces soy feliz.

El último sueño

El insomnio tiene a veces consecuencias del todo insospechadas. Es el caso de Fernando Espina, que anduvo durante años de médico en médico, contándoles sus noches desveladas y el único sueño que adornaba los raros espacios de tiempo en los que lograba cerrar los ojos. Le trataron a base de pastillas, con hipnosis y probando mil y una formas de llevarlo hasta el agotamiento físico. Finalmente, desencantado de la ciencia comenzó a visitar charlatanes, curanderos y sanadores de distintos pelajes, casi con el mismo éxito que con los hijos de la razón. Cuando yo le conocí, no hace más de un mes, tuvo ocasión de narrarme todos estos avatares y también la solución definitiva a su problema, que vino de la mano de un sacerdote vudú de origen brasileño cuyo teléfono le ofrecieron unos inmigrantes subsaharianos a la salida del metro. Llegó a la destartalada consulta (me comentó que ni siquiera merecía dicho nombre) y contó por enésima vez su historia, sueño incluido. El viejo mago se interesó inm...

El esclavo

No sé cuánto hace que me apresaron. He perdido el sentido del tiempo, pero debe haber salido el sol muchas veces desde que atacaron la aldea. Nos ataron unos a otros por el cuello y a los hombre nos amarraron las manos a la espalda. Luego nos fueron llevando hacia la costa donde nos tuvieron un par de días, mientras se cuidaban de disimular nuestras heridas. Mientras, muchos hombres blancos vinieron a vernos, revisándonos las dentaduras y los músculos. A unos cuántos nos hicieron salir a la calle, dónde mucha gente gritaba, supongo que ofreciendo un buen intercambio por nosotros. Ahora nos tienen en una gran canoa que navega sin remos y no se ve la tierra por ningún sitio. De vez en cuando nos sacan al aire, y aprovechan para retirar a los muertos y a los enfermos, aunque el olor a muerte no lo pueden quitar. No sé qué quieren de mi estos hombres, pero, sea cual sea el lugar donde me llevan, algún día lograré escapar y volveré a ser libre.

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos. Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches. Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentand...

El mapa maldito

Su sueño le costó la vida. Cuando se lo contó al sultán por primera vez, a éste le pareció que la idea tenía sentido. Un mapa pormenorizado de todos los dominios del Imperio de la Sagrada Puerta resultaría una herramienta estratégica muy útil en tiempos de guerra. Se hicieron venir geógrafos de todos los rincones del imperio, y los mejores artesanos de Estambul fueron puestos a la tarea de representar en tres dimensiones cualquier río, montaña o pradera que hubiera en las fronteras del reino. Los jardines de Topkapi fueron sacrificados para dejar espacio a la enorme maqueta que día tras día crecía sin parar. Al cabo de diez años de duro trabajo, el Bósforo, la península de Anatolia y hasta las estribaciones de los Cárpatos estaban representadas con un grado de realismo nunca antes alcanzado. El sultán estaba gratamente satisfecho y él fue nombrado astrólogo real. Pero no se conformó. Logró convencer al sultán de la necesidad de poblar aquel paisaje desnudo de sus habitantes: casas, pla...

La ciencia de lo imposible

Siempre había estado obsesionado por el movimiento. Su madre ya decía que antes de nacer notaba los leves cambios en su posición, anunciando con una patadita cada vez que ella se ponía de pie o se sentaba, o se acostaba. El movimiento es física, por eso desde muy pequeño había soñado con estudiar dicha carrera. Sin embargo, entre cuarto y quinto, algo se debió romper en su cabeza y comenzó a obsesionarse con la idea del movimiento perpetuo. Estudió viejos documentos, se leyó todas las biografías disponibles de Leonardo, construyó uno tras otro cientos de prototipos y dedicó todas las horas del día al estudio, diseño y montaje de sus máquinas. Todos pensaron que se había vuelto loco. Todos, menos su madre, que veía en los intentos de lograr patentar sus móviles, un hilo de lucidez por el que ambos terminarían saliendo de nuevo hacia la luz.