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Mostrando las entradas etiquetadas como despedidas

Un año en la orilla

Bajó hasta la playa, exactamente igual que los 364 días anteriores. Dejó el albornoz en la orilla y se lanzó a nadar en las frías aguas del Mediterráneo occidental. Las pavanas aprovechaban el viento para planear sobre ella, prácticamente clavadas en el cielo. Llegó a la boya y regresó, ya casi sin esfuerzo a base de las repeticiones. Antes de volver a casa, como todos los días de el último año, escribió con el pié el nombre de su hijo y esperó a que las olas lo borraran, igual que aquel otro 10 de noviembre en el que borraron su nombre y su existencia.

Serio. Muy serio.

Serio. Muy serio. Manejaba los silencios con la misma facilidad con la que se encaramaba al tejido del invernadero, o con la que destallaba las tomateras. Allí, sentado, aunque sintiéndome hundido, llenaba la espera con lacónicos monosílabos y un esquema de preguntas y respuestas preestablecido de forma tácita: “¿qué tal la campaña? ¿Ha visto los nuevos sistemas de riego? ¿Va a poner abejorros para sustituir al tomatone ?” Eran los tiempos del noviazgo, de considerarnos enemigos: uno que siente que le roban a su hija, y el otro que piensa que le roban libertad. Luego, con el tiempo, descubrimos que lo que nos enfrentaba era, en realidad, lo que nos unía. Y desde ese punto de apoyo los silencios se fueron haciendo menos ruidosos. Y ya no estaba solo serio. A veces reía, a veces lloraba. A veces se emocionaba. Ahora yo soy el que se pone serio. Hay que despedirse y me cuesta, no quiero hacerlo... No puedo hacerlo. A un hombre serio de apariencia, José Salvador, que se emocionaba co...

Todo un conjunto de gestos

Ha lamentado cada día aquellas palabras. Y no sólo las palabras. Al "que te jodan" le siguió una pausa dramática y una altiva media vuelta, un alejarse despacio (como esperando escuchar su nombre) y el borrado de una entrada en la agenda del móvil: todo un conjunto de gestos de despedida definitiva.

Dios Azar

– No hay sitio para dios en el Universo. Somos fruto del más puro azar, de una cadena de grandes e improbables casualidades. Por eso, haberte conocido, haber compartido tu cama y recibido tus besos, son para mí tesoros imperdibles. No me dejas, aunque me abandones. En mis brazos quedará siempre recuerdode tu cuerpo. Y la casualidad que nos juntó será desde ahora mi Dios y mi esperanza.

no es nada personal

Apagó el monitor. Sóno un leve click y vió como toda su vida durante los últimos 12 años, 7 meses y 4 días se desvanecía de la pantalla con un dramático fundido en negro. La mesa, blanca, estaba tan vacía que casi sintió vertigo. No es nada personal, le dijeron. Quizás, cuando la cosa cambie, te volveremos a llamar, le dijeron. Te echaremos de menos, le dijeron. Y ahí estaba. Solo entre las miradas atónitas, la vergüenza del alivio por no ser uno el elegido y las frases de ánimo susurradas. Los miró, uno a uno. Y sintió, en algún lugar indeterminado a camino entre el pecho y las vísceras, una enorme sensación de alivio.

Despedidas

No era la primera vez que acudía a un acto como aquel. Pero si era la primera vez que asistía como protagonista. Como cabía esperar de su lagrimal sensible, no tardaron en aflorar pequeñas perlas salinas de sus ojos, situación que se repartiría varias veces a lo largo de la comida. Mientras su mirada recorría los rostros de los presentes pensó en lo peculiar del comportamiento humano, que nos hace convertir en buenos y entrañables a los que nos dejan, más aún si el abandono es definitivo. Entonces pensó que no estaría mal una vida repleta de encuentros y despedidas para siempre. Todo el mundo tendría un buen recuerdo de todo el mundo. Pero todo aquello se le olvidó cuando recibió la camiseta, ilustrada con lo que había sido uno de sus mayores problemas, pero también aciertos. Entonces se dio cuenta de que es necesario tiempo para que la gente se conozca y para que haya algo positivo que añorar. (Dedicado a mis compañeros de la Cámara, de los que hoy me siento huérfano).