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Mostrando las entradas etiquetadas como Guerra

20 minutos de ternura

Sus camaradas le llaman el témpano, los demás apenas se atreven a hablarle. Ahora es francotirador, pero en un tiempo que ya queda muy atrás, porque la guerra ralentiza el paso de los días, fue cazador. Se crió en la estepa. Allí se acostumbró a la inmovilidad más absoluta en medio del frío. La guerra le ha transformado en un hombre duro y sin sentimientos. Un hombre capaz de matar a distancia y con distancia. Desde hace días va tras un tirador alemán. Es muy bueno, casi tan bueno como él. Sabe ocultarse, y casi siempre va un par de pasos por delante. Pero hoy presiente que el juego va a terminar. Hoy la sangre le hierve de forma distinta. El frío apenas le afecta, como en los buenos días de caza en su hogar. Casi puede sentir el olor del contrario. Pero lo que escucha es el llanto desesperado de un bebé. Se le pasa por la cabeza que puede ser una trampa. Aún así, se arriesga. Entra en lo que queda de la casa y lo encuentra en los brazos congelados de su madre. Sabe que el niño ya ...

La alfombra voladora

Su infancia había transcurrido entre alfombras voladoras y genios de lámparas maravillosas. Por eso le resultaba tan difícil comprender la terrible y prosaica realidad de la guerra. A su lado, en las trincheras de una tierra exótica, otros muchachos contenían al miedo y al enemigo descargando tiros sin apuntar y rezando para sobrevivir un ataque más. Un día más. Hasta ahora, el pacto que realizó con su padre se había cumplido. Él rezaría cada día por su entrada en el Paraíso y, a cambio, el alma de su padre estaría pendiente para desviar una bayoneta o ayudarle a esquivar una bala mortal. Pero su confianza en el acuerdo comenzaba a desmoronarse. Era muy posible que el difunto se distrajera un momento, lo justo para que un tiro le agujereara el cráneo. Por eso, en uno de los pocos momentos de descanso en retaguardia, rebuscó entre todos los puestos ambulantes de venta una alfombra pequeña, pero recia, tejida a mano por las mujeres de un pueblo vecino al suyo. Cuando escuchó los morteros...

La segunda víctima

pixabay.com La segunda víctima fue la ignorancia: cuando las decenas de cámaras hicieron zoom sobre la figura del niño obligado a subir al autobús de los primeros expulsados. Los que aún nos considerábamos al margen por no saber, de repente supimos. Supimos, pues la imagen viral nos persiguió en todas las pantallas durante días. Pero luego vinieron otras muchas imágenes que ya no fueron noticia, ni virales y apenas avergonzaban a nadie. La tercera víctima fuimos nosotros mismos.

Un sonido acuoso

La jabalina atravesó su cuerpo con un sonido acuoso, y él supo que debía proteger la cabeza con el escudo. Pero los brazos ya no tenían fuerzas y el golpe del aqueo con la espada ni siquiera lo sintió.  Desde las murallas, Príamo vio morir a su hijo y supo que la ciudad estaba perdida. Porque a él, su rey, desde ese mismo instante, lo único que le importaba eran la venganza y enterrar a su primogénito. Estaba dispuesto a rogar ante sus enemigos para recuperar el cadáver, y a ofrecer la ciudad y las vidas de sus habitantes a los dioses a cambio de que él o alguno de su sangre matara a Aquiles el inmortal.

El elefante de Aníbal

No sé dónde me han traído estos seres que caminan a dos patas. Estamos muy lejos de casa y, sin embargo, la manada humana sigue matando y sigue muriendo. No comprendo qué territorio defienden, tan lejos de sus cubiles y de sus crías. Hace frío, un frío intenso que cada mañana me encuentra entumecido por la humedad de la noche. Otros como yo han caído por el camino, pero su recuerdo se perderá para siempre. No habrá ningún elefante que sea capaz de recordar en qué lugar cayeron, ni que se sienta triste al reconocer sus huesos, porque no hay elefantes en estas tierras. A medida que pasan los días las raciones de comida son más escasas y mis fuerzas se están resintiendo, como las de ellos. Los veo caminar cansados arrastrando los trozos de árbol que utilizan para herirse. No sé dónde me han traído, pero estoy seguro que ningún otro elefante será capaz de recordarme, ni habrá alguno que se entristezca al pasar junto a mis huesos.

El rey deseado

Muchos de los suyos le vieron lanzarse a la carga con la furia de los jóvenes suicidas. Su fabuloso caballo blanco, inconfundible en el campo de batalla, se perdió entre las filas enemigas. Iban con él algunos de sus mejores caballeros, todos en pos de su rey y de su Dios. Sin embargo, pocos lo vieron prisionero, y ninguno de ellos sobrevivió para poder contarlo. Él si pudo contemplar cómo su ejército sucumbía. También pudo ver morir a su enemigo y recbió de éste, a modo de reconocimiento por su valor, la libertad. Sebastián de Portugal no quiso volver con vida después de aquel fracaso y dejó pasar los días que le restaban contando historias de cruzados cristianos en los zocos del Magreb, mientras que en su tierra los juglares cantaban la última batalla del rey Deseado y soñaban con su resurrección.

Guantánamo

El suero entró en mis venas acompañado de una horrible sensación de calor. Notaba claramente fluir el líquido azul por mis entrañas, abriéndose paso hasta el corazón, dejándome dolorido y adormecido por igual. Poco a poco mis sentidos se fueron embotando hasta que los ruidos comenzaron a sonarme huecos y dotados de un eco pirenaico. Mis ojos luchaban por seguir abiertos, pero el líquido teñía de añil los objetos y me ponía pesas en los párpados. Cuando ya no pude mantenerlos abiertos supe que estaba en sus manos.

El primero de los muertos

Le conocí en el colegio. Llamaba la atención por la estatura y el tono amarillento de su pelo. Era un buen deportista y un bromista especialmente dotado. Sin embargo, lo más llamativo de su persona era la respuesta que siempre daba cuando le preguntaban por su futura profesión: ser el primero en morir en alguna batalla. A nadie le extrañó que quisiera ir a la Academia Militar de Zaragoza y que gastara dos años de su vida en una escuela preparatoria. Al principio aún coincidíamos en época de vacaciones y nos veíamos al menos dos o tres veces al año. Entonces yo me solía reír de sus antiguas aspiraciones y le decía que las guerras ya sólo se producían lejos y que no tendría oportunidad de ponerse a prueba, ya que el ejército español era tan pobre que no tenía para pagar los pasajes. Entonces vinieron las Guerras de los Balcanes, las intervenciones en Afganistán, Irak y Líbano. En todas ellas estuvo presente y en todas ellas tuvo oportunidad de poner a prueba sus aspiraciones. El tiempo n...

Invasión

Durante años hicimos caso omiso de los científicos que nos avisaban del peligro. La mayoría del mundo los tomaba por apocalípticos aguafiestas, seres ansiosos y exagerados en busca de sus dos minutos de gloria en la televisión. Luego, cuando los cambios comenzaron a producirse no quisimos darnos cuenta y los atribuimos a jugadas del destino o al designio divino. Pero ahora, cuando todo está perdido, cuando es evidente que la mayor parte de las ciudades están abandonadas, cuando las riadas de desplazados inundan los campos, cuando miles de personas mueren a causa de los ataques, es cuando nos damos cuenta de que, verdaderamente, las ratas no eran nuestras compañeras de viaje en la civilización, sino un auténtico cuerpo de asalto que, gracias a miles de derrotas, ha aprendido a combatirnos y a vencernos.

La batalla de Tao

Tao Tching , hijo de un agricultor, nieto de un agricultor, biznieto de un agricultor sin tierras, estaba a punto de ver colmados los sueños de todos sus antepasados. Al frente de un cuerpo de ejército del emperador, tras múltiples años de preparación, tras haber vencido todos los inconvenientes que encontró en su ascenso social, allí estaba. El sol apenas comenzaba a apuntar detrás de las redondeadas colinas, cuando el general dio la orden de ataque. Sus hombre formaban parte de la avanzadilla y debían ser los primeros en atacar el frente mongol. Debían, por todos los medios abrir una brecha en las filas de los temibles hombres de la estepa y envolver su ala izquierda. Tao miró los rostros de sus hombres y vio el miedo reflejado en ellos, en todos y cada uno. Y supo que su guerra estaba perdida. Aún así o, mejor aún, por ello, lanzó a los suyos con la determinación de la desesperanza. Antes de que el sol hubiera alcanzado el cénit, China era parte del imperio Mongol y el rastro de la ...

100

Más allá de los campos de amapolas del Este; al otro lado de los Montes del Olvido, cruzando el Río de los Inmortales, habitan los 100 eternos . Su valor está escrito en las crónicas de 100 reinos, más de 100 poetas han cantado sus gestas y durante más de 10 siglos han buscado lejanas batallas en las que vencer. Su sangre se ha vertido en cientos de lugares bendecidos por Marte. Vencieron a las huestes de Alejandro, detuvieron la expansión de los romanos en Asia, lucharon junto a Gengis Khan, ... Medraron a lo largo de la historia, siendo vasallos de Solimán, caballeros templarios, soldados de los tercios viejos de Flandes, comandos a las órdenes de multinacionales de la guerra. Han derramado sangre en cuatro continentes y aún hoy, celosos de su secreto, imponen su ley a base de muertos en Irak, nuevamente a las órdenes de un jefe iluminado, como aquel Aquiles que les guió a su primera batalla.

La colina

En lo alto de la colina, al final del sendero marcado por los cráteres de los obuses, se levantaban los restos del edificio que debía tomar. Recordaba que años atrás había estado allí con sus padres. Sus ojos de niño apenas se fijaron en la casa, demasiado ocupados en identificar árboles apropiados la escalada. De hecho, ni siquiera se molestó en subir la pendiente. El calor sofocante no era aliviado por los tristes esqueletos de árboles que se mantenían en pie. Con rápidos movimientos de sus manos puso en marcha a sus hombres. Los miró sabiendo que no todos llegarían arriba. Que a lo peor no llegaba ninguno. Entonces comenzaron los tiros.

La rabia

Los odiaba a todos. Sin ninguna razón, o con toda ella. No veía personas sino monstruos abominables que le que le acechaban. Matar o morir: eso era todo. Y, por eso, una y otra vez, disparaba, cargaba, disparaba... Los cargadores caían al suelo con rapidez. Se veía a sí mismo como un personaje de videojuego: absolutamente inmortal, capaz de avanzar entre una pléyade de enemigos y con la posibilidad de reiniciar en cualquier momento. Oía una voz que le decía: "son civiles, para ta. No sigas". Pero el ruido de los disparos y el olor a pólvora le cegaban. Sólo pudo parar cuando un dolor agudo en la espalda le dejo inmóvil. – Lo siento cabo, tuve que hacerlo. Eran inocentes. – Nadie es inocente. – Entonces, dejó de pensar.

El miedo de Ari

Ari escuchaba las voces de la mujer que avisaba a sus conciudadanos del peligro. El calor, la postura y aquellas palabras casi le hicieron perder el sentido. A punto estuvo de gritar y lanzarse al ataque en ese mismo instante. Pero se contuvo, le contuvieron. Fuera, los cantos y vítores fueron haciendo inaudible las advertencias de la mujer. Y entonces, sintieron cómo se movía pesadamente la figura. Fue el primero en salir, los troyanos apenas se daban cuenta de lo que pasaba. Uno tras otro caían a manos de la avanzadilla. En pocas horas la flota aquea habría vuelto sobre sus pasos y la ciudad sería sin duda suya. Por fin: un botín fabuloso, pasar a la historia como los grandes hérores. Aunque, en ese momento, lo único que tenía en la cabeza era encontrar a esa mujer para matarla. La mujer que le había descubierto lo que era el miedo.