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Por primera vez

Ella bajó la vista y hundió su mirada en la punta de los dedos de sus pies. La vergüenza teñía de rojo sus carrillos y la emoción erizaba los poros de su piel, la de los dos, Él dudaba entre abrazarla o esperar. No quería parecer ansioso, pero tampoco un niño asustado. Desnudos, permanecieron quietos durante unos pocos segundos eternos. Los que tardaron en cruzarse sus miradas y en lanzarse a aprenderlo todo el uno del otro.

La mujer de al lado

Miró a su izquierda. Lo primero que le llamó la atención fue la nariz rotunda, aunque armoniosa. Y, luego, el contraste de la blanquísima camisa con el tono tostado de su piel. Poco a poco, las conferencias fueron haciéndose más aburridas y, a modo de compensación, su atención terminó por centrarse completamente en ella: en su perfume, en sus ojos, en las curvas perfectas remarcadas por el vaquero. Quiso entonces oir su voz. Imaginó mil formas de comenzar una conversación. Pero, finalmente, su timidez casi patológica le condujo a conformarse con imaginarla. Sería acorde con el resto de su ser. Sería una voz inteligente y sensual, una voz que acariciase con las palabras. Y él se dejaría acariciar.