Una miríada de electrones debieron recorrer su cuerpo cuando rozó el extremo pelado del cable. Lo que vendría después ya lo conocía: el brazo adormecido, y un cosquilleo que poco a poco iría apagándose. Quiso concentrarse en aquel preciso instante, ser capaz de diseccionar luego aquellos segundos en momentos y lograr discernir si a lo largo de ellos, su vida llegaba a pasar delante de sus ojos. Pero, como siempre, lo único que sus ojos percibieron fue el rápido fundido a blanco previo a la pérdida del sentido.