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Mostrando las entradas etiquetadas como abuelos

Pareado de muerte

A veces los muertos no terminan de morir del todo, se quedan atorados entre los recuerdos de los vivos, o se agazapan detrás de algún objeto que, con solo mirarlo, los trae ante nuestros ojos casi como si estuvieran ahí mismo. Hay muertos que, incluso, dejan su impronta en una casa, un hotel o un teatro y los vivos los escuchan reír, discutir con otros muertos o recomendar el número que ganará el gordo de Navidad. Mi abuela es uno de esos muertos. Aunque ella, original como nadie, ha preferido enredarse en mi lengua, esperando el momento oportuno para sorprenderme con un ripio vergonzoso. Alguien dice “los precios cayeron un 20 por ciento” y ella añade “y no sabe usted cuánto lo siento”. Y lo peor es que no puedo explicar que no soy yo, sino mi abuela haciendo pareados. Porque más vale parecer idiota que loco. “Y yo diría que no poco”...

Un lugar a la sombra del mundo

Una jaula de Faraday para las emociones. Un lugar sin cobertura para la desesperanza o la ira. Un cobijo para recuerdos sin dolor, un rincón del planeta a salvo del mundo, un espacio alejado de anhelos y sueños. Bajo la vieja escalera de madera, la que comunicaba el recibidor de la abuela con el mundo de los olores antiguos, había un lugar así. taringa.net

Un enero frío

Aquel enero hizo más frío en mi corazón que en la calle. Tenía 16 años, tres hermanos pequeños y una abuela que en lugar de meterse con mi nariz, alababa mi hermoso perfil romano. Ella había sido una presencia inconstante al principio, pero desde que comenzó a vivir con nosotros se convirtió en nuestra principal defensora y, por qué no decirlo, en nuestra primera financiadora. Eso sí, nunca nos daba el dinero a cambio de nada, debíamos ganárnoslo con pequeños trabajos que eran más una excusa que una verdadera labor. Aquel enero murió. Fue por la mañana. Y yo decidí que debía portarme como un hombre. No quisieron llevarme al velatorio, debía quedarme en casa con mis hermanos pequeños. No lloré la primera noche. En el funeral nos sentamos en la primera fila de la iglesia y todos los familiares y amigos nos ofrecían su pésame. Muchos me decían "se fuerte". Y yo quise entender que decían "no llores". Y no lo hice. Pero cuando volví a casa, y me senté delante de la ...

La estatua, la abuela

El niño está escalando con dificultad la gruesa escultura. Una señora rotunda, de las de antes. De aquellas que por embravecerse se levantaban la pechera. Tal vez también para parecer más altas. Una Carmen como las de antaño: generosa de carnes y genio. Al niño le da igual, porque no entiende que una mujer así no le dejaría nunca encaramase de esa forma. Ella lo prendería en brazos y lo estrecharía hasta el extremo de la asfixia. O lo despotricaría, mandándolo a dar por saco a su madre. Seguramente, el escultor pasó algunos de los peores momentos de su vida con ella, pidiéndole que no se moviera, rogándole que frenara sus ímpetus de hacer algo, cualquier cosa que no fuera posar y estarse quieta. Y seguramente, también, luego añoró tenerla delante, con toda su contundencia y humanidad, recordándole como eran las Cármenes de otro tiempo, esas a las que tanto se pareció su abuela.