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Mostrando las entradas etiquetadas como mar

El faro del fin del mundo

Anoche soñé con el faro del fin del mundo. Bueno, en realidad no sé si el faro estaba o no en el fin del mundo, pero la escena de arranque encajaba perfectamente con la evocación de ese nombre. Creo que he visto antes esas imágenes de un faro sobre un farallón siendo engullido por las olas. Pero en mi sueño son mis ojos los que hacen de cámara; fue una sensación muy extraña, ya que se parecía a las imágenes de mi recuerdo. Pero estaba seguro de ser yo quién observaba desde el aire mientras me hacía la pregunta de cómo debía ser encontrarse dentro del edificio. La respuesta la obtuve tras un parpadeo, las paredes redondas del faro temblaban ante el fragor del viento y el mar, mientras que un ensordecedor ruido lo invadía todo. Dentro del faro, el ruido se multiplicaba y se amplificaba como en un gigantesco altavoz. Pensé, o soñé que pensaba en si las paredes resistirían un ataque tan brutal mucho más tiempo. Entonces comenzaron a surgir grietas por las que el mar entró a borbotones. El ...

Se hizo del mar

El marino pensó con extrañeza en lo raro que se le hacía mantenerse en pie cuando estaba en tierra firme. Alejado del mar sus movimientos se volvían torpes y se veía aquejado por una constante sensación de mareo causado por un suelo demasiado quieto. Si se empeñaba podía recordar cuando era al contrario, cuando quien le provocaba mareos era el vaivén del barco. Y si se empeñaba mucho, hasta podía rememorar el día en que al fin se hizo del mar. Le dijeron que en aquel barco sólo se notaban las olas cuando éstas superaban los ocho metros; una fortaleza, le dijeron. Miles de contenedores se apilaban en sus bodegas y cubiertas y con precisión suiza se cargaban y descargaban cientos de ellos en cada puerto. Pero un 17 de octubre, en medio del Atlántico, las olas de 8 metros se quedaron pequeñas. El mar se movía en sierras de tres montañas. Enormes olas barrieron la cubierta y provocaron la pérdida de gran parte de la carga, entre ella un contenedor lleno de patitos de goma que tenían co...

Una vela y un mástil

Los atardeceres en las grandes ciudades se tiñen de un rojo sucio que se expande por el cielo hasta las cumbres de los rascacielos. Sólo en invierno, cuando las nubes dejan un rastro blanquecino, el rojo reverbera e incendia los escaparates de los bajos comerciales. En una tarde así, en un Madrid de enero, decidí dejarlo todo por una vela. Soy de interior, tan de interior que no conocí el mar hasta bien entrado en la veintena. Y aquella visión no produjo en mí ninguna de las sensaciones grandiosas de las que está llena la literatura. Antes al contrario, tanto azul, tanto horizonte, produjo en mi espíritu un miedo ancestral a lo infinito, a lo inabarcable. Vendí mi casa, logré un despido ventajoso y me mudé a un velero de 11 metros amarrado a un puerto mediterráneo: una vela y un mástil que no sabía manejar. Durante semanas mi tiempo lo ocupó el estudio de varios manuales de navegación, ninguno de los cuales era capaz de transformar las enseñanzas escritas en los automatismos que requ...

Muerte en la Playa de los Muertos

La bandera roja comenzaba a hacerse trizas a causa del viento. Olas de tres metros azotaban la orilla de manera inmisericorde y el nombre del lugar hacía juego con el espectáculo organizado por la naturaleza: Playa de los Muertos. "¿Y qué puñetas importa todo eso cuando eres inmortal?", pensó el bañista acercándose a la orilla. Sabía que todos los ojos estaban puestos en él. Por unos minutos él sería el centro de atención de todos. Logró avanzar unos metros sin caer abatido por la fuerza de la rompiente, situada un poco más adentro y hasta se sonrió cuando estuvo a punto de zozobrar por culpa de una roca del fondo. Pensó que parecería mucho más valiente superar la rompiente. Eran pocos los metros que lo separaban de ella. Se sabía observado y hasta admirado por la mayor parte de los bañistas de la cala. Así que continuó andando. Traspasar la rompiente le costó un buen susto y bastante más trabajo del que pensó inicialmente, pero al final logró situarse detrás de ella, lejos d...

Fuegos artificiales en el mar

Los racimos de mar, creados por el viento, querían participar en la ceremonia. La soprano cantaba una nana sobre el colchón que le proporcionaban el violín y el chelo. Los invitados observaban a los novios desde atrás, y se imaginaban sus rostros felices, con una felicidad difícilmente falsable. Mientras, el mar y el viento celebraban a su manera el acontecimiento. Las suaves olas acariciaban, no rompían, las rocas, generando unas ondas suaves y redondas que cabalgaban en sentido contrario a la marea. A veces, este momento venía a coincidir con rachas de viento que aceleraban la onda del choque y la terminaba haciendo desaparecer entre cientos de pequeñas lágrimas, dando lugar a un efecto similar al de los fuegos artificiales que estallan y se van abriendo en racimo, llenando de color el cielo.