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La historia de Nemo

Nadie recordaba su nombre verdadero. Nadie era capaz de fijar con claridad en qué momento llegó al pueblo, ni de dónde vino. A todos les parecía que llevaba allí toda una vida, como el viejo árbol del ayuntamiento o la balsa del tío Pedro. Le llamaban Nemo porque alguien decidió bautizarle con dicho apelativo tras leer 20.000 leguas de viaje submarino. Su presencia apenas se notaba. En las fiestas casi nadie se cruzaba con él, pero siempre había alguien que afirmaba haberle visto apoyado en la barra del ambigú montado por el Círculo Mercantil, o sentado en la última bancada de la iglesia en la misa del santo. Tal vez por eso nadie se percató de su agonía. Su ya de por sí escueta silueta se fue consumiendo, sus paseos por el pueblo a deshora se hicieron más infrecuentes y su presencia en los actos vecinales simplemente se fue apagando. Murió solo y silencioso. Apenas una brisa del norte sirvió para remarcar su pérdida; algunas abuelas se apretujaron las rebecas y un cuco cantó extrañado…
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La nueva escritora

La crítica había dicho de sus primeras obras que eran muy frías. Sin embargo, después de decenas de éxitos encadenados, después de haber ganado los más prestigiosos galardones, después de ser traducida a casi todos los idiomas, hasta los más respetados observadores de la literatura nacional habían reconocido su capacidad para tocar temas que interesaban a los lectores y la mejora continua de su prosa.
Aún así ella se sabía la protagonista de la mayor de las imposturas. Aunque su éxito era fruto sin duda de su trabajo, de un esfuerzo casi obsesivo, del análisis de miles de páginas de las mejores obras de la literatura universal y de prestar atención continua a la actualidad; lo cierto que las únicas líneas que habían salido de su imaginación eran de código.

Una amiga especial

La niña dejó sobre la mesa la tableta. Su padre no había podido rescatarla del silencio oscuro en que se había sumido. La sensación de vacío que sentía era demoledora, mucho más profunda que la sufrida cuando su amiga Lali tuvo que mudarse de ciudad. Laura no era capaz de recordar un momento más triste que este. "Papá, ¿se ha muerto mi tablet?" "Me temo que sí, cariño". "¿Y hay un cielo para las tabletas?" El padre, sorprendido por la pregunta, guardo unos segundos silencio, estrujando sus neuronas para ofrecer una respuesta a la altura de su hija: "No lo sé, pero si lo hay, seguro que la tuya irá allí. Y se lo pasará genial con las otras tablets, poniendo videos de YouTube y leyéndose libros interactivos todo el rato".
Paula esbozó una sonrisa, volvió a coger el aparato y le dio un beso en la pantalla. "Espero que te diviertas mucho, Gracias por haber sido mi amiga".

La apuesta

Lo había apostado todo: el dinero y su futuro. La bolita rodó azarosamente por la ruleta y luego saltó hasta situarse en el 9 rojo. Casi sin pulso vio como el crupier retiraba sus fichas, su dinero, su futuro. "Espero que la banca pague al menos el cubata", dijo para parecer entero y huyó a deshacerse bajo la lluvia con la que amanecía la ciudad.

La segunda víctima

La segunda víctima fue la ignorancia: cuando las decenas de cámaras hicieron zoom sobre la figura del niño obligado a subir al autobús de los primeros expulsados. Los que aún nos considerábamos al margen por no saber, de repente supimos. Supimos, pues la imagen viral nos persiguió en todas las pantallas durante días. Pero luego vinieron otras muchas imágenes que ya no fueron noticia, ni virales y apenas avergonzaban a nadie. La tercera víctima fuimos nosotros mismos.

Diógenes

La soledad y los negros pensamientos fueron royendo las cortinas del salón. Las montañas de basura se acomodaron a los espacios que dejaba de usar. Poco a poco, la casa se convirtió en una excusa más para huir, aunque nunca encontrara el momento. Pero la esperanza de esa escapada le servía para acallar los remordimientos por su propio abandono.

Apnea

Cada vez que el trabajo y la tensión amenazaban con ahogarle, cuando se sentía traicionado, cuando la vida se volvía una tarea insoportable, volvía a la piscina. El encargado se olvidaba la llave en su mano a cambio de unos pocos euros. Y podía bañarse solo;, en el agua y en la oscuridad de la enorme sala. Inhalaba una bocanada de aire, cerraba los ojos y se hundía sujeto a la escalera.
Nunca desaparecían la tensión, la tristeza por la traición, o el trabajo de vivir. Pero, dentro del agua, sin aire, llevando su capacidad de resistencia al límite, se sentía morir. Y cuando, a punto de perder el conocimiento, levantaba la cabeza y volvía respirar era, en cierta forma, como volver a nacer.
Y aquel hombre nuevo que salía de la piscina dejaba ahogados en la oscuridad y en el algua sus peores momentos.