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Entradas

El montón de los corrientes

De niño, aprendí dos cosa muy importantes de mi abuela. La primera es que el derroche es el padre de la pobreza, cosa que ella llevaba al extremo más absoluto; hoy los ecologistas la hubieran puesto de ejemplo del residuo cero o de la economía circular. Y la segunda, y más importante si cabe, que había que procurar no destacar en nada, ni por arriba ni por abajo: “Pepito, tú debes ser del montón de los corrientes, que es lo mejor que se puede ser”. Tal vez me lo dijera porque creía en ello de verdad. O tal vez porque yo era el insulso hermano del medio, detrás de un jabato rubio y simpático que no necesitaba hacer nada para ser el centro de atención y justo delante de una preciosa niña que, ella sí, hacía todo lo posible para llamarla. De los hermanos Barrio García yo era el único moreno de ojos marrones. Me críe como un enclenque: no tenía apenas fuerza, pero no estaba especialmente delgado. Me gustaban los deportes, sobre todo el fútbol, aunque no lograba destacar en ninguna demarca…
Entradas recientes

Una apuesta que no podré cobrar

Haber imaginado tantos escenarios futuros para tu vida a veces provoca que el presente tenga cierto regusto a pasado.
Hace años pensé que mi vida no alcanzaría las seis décadas, me convencí tan profundamente de ello que incluso aposté con mi amigo C a que no llegaría a celebrar mi 60 cumpleaños. Y ahora ya sé exactamente como voy a ganar aquella apuesta macabra. Será la COVID-19 quien acabe conmigo. Y lo hará cuando ya apenas haya contagios, cuando esté a punto de salir su vacuna y cuando los telediarios presten más atención al estado de las playas que al de los hospitales.
Mi cuerpo será incinerado a toda prisa y mis amigos organizarán una reunión de Zoom para hacerme un funeral. Todos hablarán de mi y recordarán los momentos gloriosos compartidos. Y, por supuesto, también los más penosos, como aquel episodio heroico de París que bien pudo no haber sucedido nunca. Eso sí, C tendrá que reconocer que le gané la apuesta y ofrecerá un brindis por mi alma, aunque casi ninguno de los prese…

Hermano pájaro

El pájaro, cuyo nombre desconocía, voló tras recoger su ración diaria de migas de pan. Sabía que era el mismo, el del resto de los días.
La cuarentena para él debía ser mucho más estricta que para el resto. Su enfermedad, la que se había convertido en su centro de gravedad en los últimos dos años, lo mantenía con el sistema inmonológico deprimido, así que ahora dependía de su familia más que antes. La sensación de impotencia no había hecho más que crecer con la enfermedad: saberse enfermo, saberse dependiente de los médicos, verse de vuelta en casa de sus padres sin posibilidad de ganarse la vida con su trabajo... Y, ahora, esto. Una enfermedad de esas que nunca se producía en el primer mundo, una situación de esas que solo se veían en televisión: en las noticias del mundo o en las películas de catástrofes..
Era el mismo pájaro, estaba seguro, porque le faltaba la garra de la pata izquierda y siempre acudía a la misma hora.
El pájaro, como él, se encontraba en desventaja con el resto de…

El año que alcancé la inmortalidad

En 1982 yo tenía 14 años y aún no sabía lo que era el dolor. A lo largo de aquel año descubrí que podía vencer mi terrible timidez, que era capaz de cantar en público, de disfrazarme de payaso y de dejarme la voz vendiendo boletos para una tómbola. Descubrí que había deportes en los que podía aspirar a ser algo más que el portero suplente. Aquel año, en un viaje en autobús hasta Valencia dejé de ser un pringado para el conjunto de mis compañeros de clase, y en otro viaje en barco hasta Mallorca vislumbré que podía llegar a liderarlos. Aquel año paseé con la dulce Inma cogidos de la mano y en la oscuridad de un cine nos besamos por primera vez. A finales del verano de 1982 yo, sin ningún género de duda, alcancé la inmortalidad. Pero en septiembre, la ingrata Inma me dijo que ya no le gustaba. Fue en la plazoleta enfrente del portal en el que ambos vivíamos, y yo le respondí desde mi recién adquirida seguridad de adulto que no me importaba. Pero mientras la veía alejarse, de mis ojos esc…

El día que la escasez de pinzas para tender la ropa reveló el fin del mundo

En ocasiones una noticia, en principio de lo más inocente, puede ser el adelanto de una hecatombe. Andrés no se encontraba bien en los últimos días, pero no era algo físico. Su temperamento usualmente alegre y festivo llevaba trasmutado a la melancolía desde hacía semanas y no sabia muy bien el porqué.
Tal vez para entretener su abulia decidió dedicar el fin de semana al cambio de armarios, lo que le llevó a poner varias lavadoras. Tantas que para primera hora de la tarde ya no quedaban pinzas para tender. Andrés se puso la cazadora y los zapatos de andar y salió a buscarlas al supermercado de su barrio. Pero no había, así que fue a otro y luego a un tercero porque tampoco las había en el segundo. Allí las tenían de plástico. Pero él, convencido luchador contra el exceso de plásticos en el medioambiente, decidió volver a casa y apañarse con perchas y colgando juntas varias prendas.
Todo hubiera quedado en una anécdota si no hubiera sido porque el fin de semana siguiente, cuando acudi…

Una historia nueva con final feliz

Anoche, mientras acariciaba uno de nuestros recuerdos, pensé que volvíamos a ser inmortales. Era antes de todo: antes de que mi padre me regalara el dos caballos, antes de que decidieras dejar los estudios para casarnos, antes de que naciera nuestra Patricia, antes de mudarnos a la ciudad, antes de que comenzara a trabajar en Contrucciones Robles, antes de que Nacho entrara en la Universidad, antes del chalet en la playa, antes de la crisis y de todas las renuncias que vinieron después. Antes de que me pidieras el divorcio.
Antes de todo eso nuestros dedos se buscaban bajo el pupitre para inventar un nuevo idioma, y nuestros sueños eran infinitos e inalcanzables. Antes de todo eso tú y yo éramos apenas una posibilidad de futuro. Luego vino todo. Vinieron el dos caballos, Patricia y Nacho, la constructora, el chalet en la playa, la crisis, el paro, la infelicidad. Y el divorcio.
Anoche, mientras me dejaba acariciar por uno de nuestros recuerdos, pensé que nada había sucedido aún y que …

LOFNA

Yo viví el gran cambio. Asistí por televisión a la firma del nuevo contrato social que regiría la vida del país. Lo cierto es que el sistema de bienestar comenzaba a desmoronarse. Estaba fallando desde hacía mucho el principal motor del mismo. En nuestras calles cada vez había menos niños y, a pesar de que esa falta de reemplazo nos ayudó a rebajar la tasa de paro, nuestra pirámide de población se había invertido casi completamente. Al principio fuimos poniendo parches para ir retrasando el momento de tomar decisiones drásticas, hasta que el propio Estado se situó al borde del abismo. Yo era un adolescente solitario, porque no había demasiados adolescentes más con los que interactuar. Los contactos con gente de mi edad solo tenían lugar a través de internet.

Ese día todo cambió. Tener hijos se convirtió en una ventaja. Y, poco después, tener más de dos se transformó en un negocio. Para tener acceso a la sanidad universal sin copago o para cobrar una pensión pública habría que contribui…