21 abril 2016

El otro animal

Duque gruñía a su rival mirándole fijamente. No solía ladrar, normalmente aquel sonido gutural bastaba para hacer saber al otro animal que su ataque sería demoledor. Se lanzó al cuello sin previo aviso. El otro animal sudaba profusamente, y respondió al ataque con un respingo. Los hombres gritaban azuzando a los canes y cruzando apuestas unos con otros. Duque había lanzado el primer ataque, pero su enemigo había evitado la dentellada. Al caer sintió cierta debilidad en la pata herida. Apenas se entretuvo en el dolor, fue menos de un segundo. Pero suficiente para el otro perro, que atacó aquella pata que había flaqueado. Duque se supo perdido e intentó escapar del círculo mortal. No pudo, y mientras su vida se escapaba, el otro animal apretaba los dientes furioso. El público aplaudía al campeón, el nuevo favorito que había vencido al gran Duque. Y, mientras, el otro animal maldecía su suerte y pensaba en cuál de sus otros perros podría compensar las pérdidas causadas.

06 abril 2016

Abatido

Abatido por la falta de inspiración, cerró la sesión. Caminó enfadado por la casa, cruzando el pasillo, dejando atrás la cocina. Abrió la puerta de la terraza y respiró con fuerza el aire enrarecido que subía desde las calles, ocho pisos más abajo. Volvió a acercar la silla al borde y subió. Otra vez el aire pesado que aquella ciudad penetró profundamente en sus pulmones. Apoyó el pie en la baranda y miró hacia abajo. Como las otras veces sintió el vértigo infantil y cerró los ojos. El segundo pie abandonó la silla y abrió los brazos. Y, justo cuando su centro de gravedad iba a cruzar la frontera de la barandilla, una idea cruzó su mente. Recuperó el equilibrio, dejó la silla en su sitio y volvió al estudio. Reinició la sesión.

26 febrero 2016

Escribiendo…

«Escribiendo…». Eso ponía el estado en la pantalla.
La última entrada del WhatsApp era «Acabamos de salir de la consulta.».
Tan solo pasaron un par de segundos, pero el tiempo parecía haberse curvado de forma caprichosa y se negaba a avanzar según las leyes de la física.
«Escribiendo…». Y estaba tan concentrado en las 5 pulgadas que sintió que su mundo entero se encontraba allí, entre las 4 esquinas redondeadas del móvil.
Por fin algo cambió. Los caracteres se dibujaron con claridad: «No es cáncer.». Y sintió como si acabase de sacar la cabeza del agua, como si las últimas semanas hubiese estado sumergido sin poder respirar, suspendido de alguna forma en la incertidumbre.
Llenó de aire sus pulmones y sonrió como si la vida mereciera de veras la pena.

20 febrero 2016

Un crimen

Ahora que en mi lado de Berlín comienzan a florecer las sonrisas y la mala conciencia se lava en juicios retransmitidos a todo el mundo, me doy cuenta. Me acusan de haber colaborado en la locura de Hitler, pero mi verdadero crimen fue haberle salvado la vida cuando siendo niños le rescaté de un agujero en el hielo del río. Si yo no hubiera tendido mi mano, si yo no me hubiera arrastrado por la fina capa para sacarlo del agua, él no me hubiera llevado consigo el resto de su vida, el mundo hubiera encontrado otras razones para matarse y yo hubiera muerto siendo un héroe desconocido y no como el más antiguo colaborador del gran monstruo nazi.

26 enero 2016

Un grifo abierto

Ha dejado el grifo correr. Mira como el agua huye por el desagüe y espera que sus pecados se vayan detrás. El agua cae sobre su cabeza, se mezcla con las lágrimas y el sudor, arrastra el jabón. Pero el dolor se queda, las miradas asustadas permanecen, el miedo de los otros le sigue impregnando. Finalmente sale de la ducha y busca la tibieza de las sábanas, el calor de un cuerpo que le ama. Pero todo revive de nuevo en los sueños, donde los torturados piden clemencia constantemente.

15 enero 2016

La sexta vida

Esta es mi sexta vida. O mi sexta iteración. O mi sexta versión. Desde hace casi dos siglos he ido creando reiteraciones de mi mismo. Clones a los que mis anteriores versiones han educado y les han explicado mi-nuestra historia. Hemos sido físicamente idénticos, pero en el fondo cada uno de nosotros ha vivido su propia vida: los genes se clonan, los recuerdos no. Por eso es tan extraña esta sensación. Debería ir preparando ya mi nueva copia y, sin embargo, siento un cansancio agónico, como si hubiera sido este mismo cuerpo el que hubiera estado sobreviviendo por más de 200 años.

30 diciembre 2015

El último rigor mortis

Las muertes anteriores le habían enseñado un proceso. Primero el dolor, la herida, la enfermedad o lo que fuera que se interpusiese en su camino. Luego una consciencia suspendida, una pequeña eternidad observando, en realidad, siendo consciente sin ver de la desaparición del cuerpo. De pronto, un nuevo despertar y otra vez mirando desde unos ojos que le suenan extraños; y unas manos, y unas piernas. Un nuevo cuerpo, una nueva vida.
Pero esta muerte ha sido distinta. Nota cómo su consciencia es cada vez más débil. En realidad, no sabe si sigue vivo o si es que el rigor mortis le ha alcanzado el alma. Esta muerte, por fin, parece definitiva.

24 diciembre 2015

Felicidad congelada

Una fotografía pegada en la nevera, una sucesión de sonrisas ciertas, un instante de felicidad congelado: hoy, un disparador de la tristeza. Pero ahí sigue, rellenando el hueco que ni los imanes de viajes, ni las listas de la compra, ni los pos-its pueden ocupar.

03 diciembre 2015

Inercia, que no amor

La besó en el hombro, más por inercia que por amor, y le dio la espalda a su espalda. Luego, el sueño les arrebató la voluntad y los unió, una noche más, en la cama donde sus cuerpos ya no se querían rozar.

28 noviembre 2015

La isla en la que se marchitan los recuerdos

Rememoró el abrazo, el primer beso, las caricias, la premura, el sudor, los olores y los sabores. Con todo detalle. Luego los depositó en uno de los islotes más aislados de su memoria y soñó que se marchitaban.

27 noviembre 2015

21 noviembre 2015

Mujeres sin corazón

La casualidad no siempre es cuestión de azar; en la mayor parte de las ocasiones, sí. Pero, en mi caso... En mi caso, no puede serlo. Dos veces es casualidad. Puede que tres. Pero cuatro; cuatro es demasiado. Mi madre murió de un infarto cuando supo que yo no era la niña que tanto había deseado, sino su cuarto varón en cinco intentos. Su corazón ya estaba débil tras el tercero, pero aún así lo intentó una vez más. Luego, mi abuela. Una rara enfermedad que debilita la presión sanguínea y termina provocando la parálisis del músculo cardiaco se la llevó, y me dejó solo. Eso podía explicar en parte lo de mi madre, por la vía genética. La tercera fue Alicia, mi primer gran amor. Una canaria de acento cantarín y caricias proscritas en la fila de los mancos. Ella se me quebró entre los brazos, en el silencio de su portal y mientras nuestros besos se iban haciendo adultos.
Y, ahora, Alba. Me echaron del paritorio y supe de inmediato que ya no la vería nunca más. Luego me dirían que su frágil corazón no pudo superar el parto.
Me acercan al bebé y entonces mis labios pronuncian el nombre que quiso su madre: África.
No lo quiero pensar, pero la mente siempre vence cuando juega en casa: la casualidad es cuestión de azar.

12 noviembre 2015

Un retraso más

Intentó no desesperar. El avión salía con retraso. Otra vez. Las excusas casi nunca eran las mismas: motivos técnicos, viento en la pista de llegada, niebla en la de salida, tráfico aréreo. Siempre imaginaba a alguien en las oficinas de la compañía aérea inventando nuevas excusas para cada retraso. Porque era estadísticamente imposible que siempre que él volase sucediera un retraso. La otra opción era pensar que el Universo se conjuraba en su contra.
Aquella mañana le pareció especialmente molesto, ya que había tenido que madrugar mucho tras apenas haber dormido por otro retraso la noche anterior. Cuando escuchó la voz de la azafata de tierra explicando que el avión saldría más tarde a causa del mal tiempo en Oviedo, sacó su portátil ultrafino y ultraligero de su elegante funda de neopreno y piel y la emprendió a golpes con la cabeza de la pobre mujer.
Fue todo muy rápido: el ataque, la detención y el encierro. Pero en aquella oscura habitación se sintió por fin a salvo del Universo y logró dormir despreocupado de horarios y puertas de embarque.

11 noviembre 2015

Nada vale nada

Tener un revólver es mejor que una tarjeta black. Solo se precisa un poco de sangre fría, una voz imperativa y la creencia absoluta en la inmortalidad de quien la poseer. Así he ido dejando cuentas pendientes en todos los locales en los que he estado en los últimos dos meses. Entro, me paseo por la tienda y selecciono aquello que me gusta. Luego voy a la caja y cuando me van a dar el ticket, simplemente saco el arma y digo "cóbrese".
A veces, incluso me han dado la recaudación de la caja. Y esto es un engorro, porque me veo en la obligación de explicarles que no quiero nada más allá de lo que necesito en ese momento. El único problema es que cada vez tengo que irme más lejos de casa a hacer la compra.

09 noviembre 2015

Asesino reincidente

Volvió la cabeza y distinguió un destello metálico. Antes de que pudiera si quiera conjeturar qué estaba pasando, la vida comenzó a escapársele a borbotones por la garganta. Los ojos se le nublaron y las piernas dejaron de sostenerle. Cuando cayó en el suelo aún pudo notar  la humedad y pensó que no era posible que se estubiera muriendo.
El hombre de la navaja le maldecía por las salpicaduras de sangre en su ropa, mientras que lamentaba lo fácil y aburrido que había sido. Tan solo los segundos previos al degüelle le proporcionaron la descarga de adrenalina que buscaba, pero fue demasiado poco. Determinó que la próxima vez lo prepararía mejor.