Ir al contenido principal

Entradas

Nicolai en voz baja

No se llamaba Jordi. No era ingeniero, o al menos, no solo era ingeniero. No le gustaba el ejército, ni le interesaba lo más mínimo la política de defensa de Europa. No deseaba ese puesto en Bruselas y no sintió ninguna pena cuando lo detuvieron los agentes del CNI. Jordi Semprún en realidad se llamaba Nicolai y tenía pasaporte ruso. Desde muy pronto supo que él no era como los demás. Sus padres se encargaron de enseñarle en secreto el idioma de su verdadera patria y le encaminaron por la vida en función de las necesidades del Kremlin. Hasta los 18 fue un agente durmiente, pero cuando entró en la Academia de Zaragoza comenzó su actividad de espionaje. La primera misión fue informar sobre las actividades del más famoso de sus compañeros, Felipe de Borbón. Aquello era bastante inocente; básicamente enumerar salidas nocturnas, cotilleos de barracón y recortar revistas del corazón. Luego vino la desmembración de la Unión soviética y el sueño de ser libre por primera vez en su vida. Duró …
Entradas recientes

Pareado de muerte

A veces los muertos no terminan de morir del todo, se quedan atorados entre los recuerdos de los vivos, o se agazapan detrás de algún objeto que, con solo mirarlo, los trae ante nuestros ojos casi como si estuvieran ahí mismo.
Hay muertos que, incluso, dejan su impronta en una casa, un hotel o un teatro y los vivos los escuchan reír, discutir con otros muertos o recomendar el número que ganará el gordo de Navidad.
Mi abuela es uno de esos muertos. Aunque ella, original como nadie, ha preferido enredarse en mi lengua, esperando el momento oportuno para sorprenderme con un ripio vergonzoso. Alguien dice “los precios cayeron un 20 por ciento” y ella añade “y no sabe usted cuánto lo siento”.
Y lo peor es que no puedo explicar que no soy yo, sino mi abuela haciendo pareados. Porque más vale parecer idiota que loco. “Y yo diría que no poco”...

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

Dormir es solo un ensayo

Para ella, dormir era un ensayo de la muerte. Cada noche se ponía su camisón recién planchado y se situaba en el centro exacto de la cama. En verano solo se dejaba caer sobre la sábana, porque "el calor estropea antes la carne y no hay que darle facilidades". Y en invierno preparaba la cobija de tal forma que parecía estar encajada en un ataúd de tela. Disfrutaba de una gran facilidad para dormirse y la profundidad de su sueño favorecía la similitud, apenas se movía y la respiración era tan leve como silenciosa. Su familia siempre se lo tomó a broma: una manía más de la vieja. Algo que contar en las reuniones familiares para reírse todos juntos; un hecho diferencial de la mamá, de la abuela. Una parte de su biografía que se contaba con tono divertido y que nadie parecía entender del todo. La noche que se empeñó en acostarse con el vestido de domingo y los zapatos, su hija Marcela, con la que vivía desde hacía 10 años, se preocupó por su salud mental, pero no porque los ensa…

¿Qué hubiera sido de nosotros?

¿Qué haubiera sido de nosotros sí no hubiésemos muerto en aquel accidente? Habríamos llegado impacientes a la habitación del hotel. Invadidos por la urgencia, nos habríamos besado torpemente y hubiéramos dejado tirada de cualquier forma nuestra ropa por el suelo.
Luego, es posible que hubiéramos intercambiado nuestros números de teléfono y que hubiéramos repetido unas cuantas salidas, incluso que hubiéramos compartido el espacio secreto de nuestras casas. A lo mejor, nuestra historia se volvería monótona y para adornarla necesitáramos casarnos y tener hijos. O puede que tu inconformismo o mis miedos hubieran hecho fracasar la relación, obligándonos a buscar en otras parejas, en otros lugares. Con los años, es incluso factible que terminásemos yendo como invitados a la boda del otro, amigos al fin, pero con la sensación de que podríamos haber sido algo más.
Pero todo esto son conjeturas; hace un momento, o hace un siglo, nuestro coche fue arrollado por un camión que venía en dirección …

No hicimos el amor

No hicimos el amor, follamos. Porque follar es más animal, más urgente. Follamos con la desesperación de los condenados a muerte; follamos clavándonos las uñas, lamiéndonos los cuerpos. Follamos hasta que el sueño nos venció, en algún momento, sin saber muy bien cuándo.  Al despertar éramos otras personas. Nuestros ojos se cruzaron. Yo leí en los tuyos vergüenza, en los míos había remordimiento. Dejamos la habitación sin apenas decirnos nada. Un tímido adiós que sonaba como un hasta nunca.  Solo las sábanas impregnadas con nuestros olores seguían empeñadas en recordarnos. Aunque cuando las camareras de piso hicieran la habitación, apenas nuestros silencios culpables serían testimonio de aquella noche.

No es religión, es ciencia

A pesar de que los representantes  de las todas las religiones le acusaban de sembrar desesperanza, de ser una verdadera antireligión; a pesar de que no prometían un mundo mejor u otra vida sin privaciones en un más allá idílico; a pesar de todo ello, los adeptos de la Escuela de Pensamiento sobre la Energía y la Ciencia (EPEC) no paraban de crecer. Su primer líder fue un jubilado español que había sido catedrático de economía en alguna pequeña universidad de provincias y que propagaba sus ideas a través de un canal de YouTube que llegó a traducirse a 27 idiomas en su momento de máxima audiencia.
Inicialmente era un canal más en medio de la enorme vorágine de la plataforma de videos global. Pero todo cambió cuando publicó su primer viral: Todos somos canívales. En él sostenía que ni siquiera siendo veganos estrictos dejaríamos de comer animales, incluso peor, personas. Decía que “todo está regido en la Tierra por las leyes de la termodinámica y, dado que ni la energía ni la matería p…