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¿Qué hubiera sido de nosotros?

¿Qué haubiera sido de nosotros sí no hubiésemos muerto en aquel accidente? Habríamos llegado impacientes a la habitación del hotel. Invadidos por la urgencia, nos habríamos besado torpemente y hubiéramos dejado tirada de cualquier forma nuestra ropa por el suelo.
Luego, es posible que hubiéramos intercambiado nuestros números de teléfono y que hubiéramos repetido unas cuantas salidas, incluso que hubiéramos compartido el espacio secreto de nuestras casas. A lo mejor, nuestra historia se volvería monótona y para adornarla necesitáramos casarnos y tener hijos. O puede que tu inconformismo o mis miedos hubieran hecho fracasar la relación, obligándonos a buscar en otras parejas, en otros lugares. Con los años, es incluso factible que terminásemos yendo como invitados a la boda del otro, amigos al fin, pero con la sensación de que podríamos haber sido algo más.
Pero todo esto son conjeturas; hace un momento, o hace un siglo, nuestro coche fue arrollado por un camión que venía en dirección …
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No hicimos el amor

No hicimos el amor, follamos. Porque follar es más animal, más urgente. Follamos con la desesperación de los condenados a muerte; follamos clavándonos las uñas, lamiéndonos los cuerpos. Follamos hasta que el sueño nos venció, en algún momento, sin saber muy bien cuándo.  Al despertar éramos otras personas. Nuestros ojos se cruzaron. Yo leí en los tuyos vergüenza, en los míos había remordimiento. Dejamos la habitación sin apenas decirnos nada. Un tímido adiós que sonaba como un hasta nunca.  Solo las sábanas impregnadas con nuestros olores seguían empeñadas en recordarnos. Aunque cuando las camareras de piso hicieran la habitación, apenas nuestros silencios culpables serían testimonio de aquella noche.

No es religión, es ciencia

A pesar de que los representantes  de las todas las religiones le acusaban de sembrar desesperanza, de ser una verdadera antireligión; a pesar de que no prometían un mundo mejor u otra vida sin privaciones en un más allá idílico; a pesar de todo ello, los adeptos de la Escuela de Pensamiento sobre la Energía y la Ciencia (EPEC) no paraban de crecer. Su primer líder fue un jubilado español que había sido catedrático de economía en alguna pequeña universidad de provincias y que propagaba sus ideas a través de un canal de YouTube que llegó a traducirse a 27 idiomas en su momento de máxima audiencia.
Inicialmente era un canal más en medio de la enorme vorágine de la plataforma de videos global. Pero todo cambió cuando publicó su primer viral: Todos somos canívales. En él sostenía que ni siquiera siendo veganos estrictos dejaríamos de comer animales, incluso peor, personas. Decía que “todo está regido en la Tierra por las leyes de la termodinámica y, dado que ni la energía ni la matería p…

Los fantasmas no tienen voz

El aviso llegó sin noticia previa. Vas a morir. El papel barato y algo arrugado, la tipografía elegida y lo directo del mensaje no le dejaron lugar a la duda. En algún zulo cercano, un arma estaba ya seleccionada para terminar con su vida. Él tampoco avisó: una tarde de asamblea entró en su sede y comenzó a gritarles. Les dijo lo que pensaba de ellos y ofreció su pecho por si algún valiente lo prefería a su nuca. Quería verles las caras, enfrentarse a sus verdugos, o a los que defendían a los verdugos; que sintieran sus manos manchadas con su sangre antes de que ocurriera. Apenas unos pocos le sostuvieron la mirada y solo uno de ellos se atrevió a interrumpirle: "tú ya estás muerto, es como si no estuvieras delante. No te escucho porque los fantasmas no tienen voz". "¿Que no tienen voz? Pues acuérdate de ello cuando te grite desde la tumba".

Historias de la duermevela

Las mejores historias siempre se me ocurren en ese momento especial entre la vigilia y el primer sueño, un estado de duermevela en el que las ideas se agolpan en la cabeza y los argumentos se apresuran a salir en tropel. Casi todos los descarto, pero a veces mis neuronas se quedan jugando con alguno. Lo soban, lo sopesan, le dan vueltas y terminan componiendo una genialidad. Noto al orgullo llenar mi pecho.
Obviamente, a esa hora estoy tan cansado que ni siquiera hago el intento de traspasar la idea a una nota de voz y, ni mucho menos, a la pantalla en blanco del ordenador. Procuro mantenerla en la cabeza para ver si así, al día siguiente, la consigo recordar. Solo en unas pocas ocasiones lo he logrado.
Cuando ese milagro se produce, corro a ponerme delante del teclado a trasladar la idea, Suele salir del tirón, como cuando de niño tus padres te pillan en la mentira y el alivio te permite decir de golpe toda la verdad. Escribo, transcribo, la historia de mi memoria al papel o al orden…

La torre corporativa

Kogi Kabuto nunca había imaginado que llegaría a estar en la sala del consejo de administración de la Kangi Corporation, en la planta 98 de la novísima Torre Kangi; la que el venerable Iwao Kangi, el tercero de su nombre al frente de la compañía, denominó “el faro que iluminará a todos nuestros empleados alrededor del mundo”. Kabuto, un simple contable, había llegado a aquella sala de la mano de un antiguo compañero de facultad, mucho más afortunado que él, que había escalado hasta vicepresidente de finanzas. Descubrió algo extraño en las facturas de la constructora, ligeras desviaciones entre lo reseñado en los conceptos y la realidad que se podía ver en la torre.
La voz apenas le acompañó durante su breve intervención. Y le abandonó completamente cuando el consejero delegado comenzó a mostrar las auditorías de calidad externas del edificio, todas positivas, todas ensalzando la gran obra de la Kangi. Kabuto sintió como las miradas de todos los consejeros laceraban su piel y le abrumó…

La alfombra voladora

Su infancia había transcurrido entre alfombras voladoras y genios de lámparas maravillosas. Por eso le resultaba tan difícil comprender la terrible y prosaica realidad de la guerra. A su lado, en las trincheras de una tierra exótica, otros muchachos contenían al miedo y al enemigo descargando tiros sin apuntar y rezando para sobrevivir un ataque más. Un día más.
Hasta ahora, el pacto que realizó con su padre se había cumplido. Él rezaría cada día por su entrada en el Paraíso y, a cambio, el alma de su padre estaría pendiente para desviar una bayoneta o ayudarle a esquivar una bala mortal. Pero su confianza en el acuerdo comenzaba a desmoronarse. Era muy posible que el difunto se distrajera un momento, lo justo para que un tiro le agujereara el cráneo. Por eso, en uno de los pocos momentos de descanso en retaguardia, rebuscó entre todos los puestos ambulantes de venta una alfombra pequeña, pero recia, tejida a mano por las mujeres de un pueblo vecino al suyo.
Cuando escuchó los morteros …