El ruído se apretaba a sus sienes y tiraba de su estómago hacia fuera. Los martillazos ya no dolían, el dolor siempre tiene un límite físico. Pero podía ver y escuchar cómo sus huesos crujían y se aplastaban con cada golpe.
Hablar hubiera significado el final, posiblemente el final de todo; por eso seguía callado. Por eso, y porque en la vida, como en las buenas películas, nunca sabes detrás de que segundo va a producirse un giro de guión.
21 marzo 2012
Ruido de huesos
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20 marzo 2012
Musa de curvas
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| http://www.rojillo.com/2010/01/caderas.html |
No exagero, todas mis curvas son tuyas: están o estuvieron en tí. Sin ellas mis obras serían menos veraces, estarían muertas.
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17 marzo 2012
La sombra cabrona
En la literatura, también en la esotérica, es posible encontrar casos de sombras rebeldes e independientes, de sombras que desaparecen, o de sombras que cometen asesinatos. Incluso en entre la creciente colección de relatos de No mas de 15 al día hay alguno sobre sombras que pasan hambre. Pero no he logrado encontrar nada parecido a lo que me sucede. En cierta forma, podría decirse que mi sombra se encuentra en el grupo de las rebeldes, aunque su rebeldía consiste en hacerme pequeñas maldades; putadillas que contadas de forma individual hasta resultan graciosas, pero que por repetición y acumulación son un verdadero problema.
Una de las cosas que más a menudo me hace es ponerme la zancadilla, especialmente cuando estoy haciendo deporte o caminando deprisa. Obviamente su objetivo es que caiga y, en la mayor parte de las ocasiones lo consigue. Por eso he tenido que dejar de salir a correr y de jugar al fútbol con los amigos. Para mantenerme en forma corro sobre una cinta casera a oscuras, o con muy poca luz, para debilitarla.
Salir a la calle un día soleado es una verdadera condena. Me suelta los cordones de los zapatos, me zancadillea... Incluso se engancha en los árboles y farolas para que yo frene de golpe. Realmente se me hace insufrible, y ante los demás quedo como un ser descoordinado y torpe. Claro que la opción alternativa es peor: si se me ocurriera contar que mi sombra es una cabrona, la gente pensaría que soy un loco o algo peor.
Una de las cosas que más a menudo me hace es ponerme la zancadilla, especialmente cuando estoy haciendo deporte o caminando deprisa. Obviamente su objetivo es que caiga y, en la mayor parte de las ocasiones lo consigue. Por eso he tenido que dejar de salir a correr y de jugar al fútbol con los amigos. Para mantenerme en forma corro sobre una cinta casera a oscuras, o con muy poca luz, para debilitarla.
Salir a la calle un día soleado es una verdadera condena. Me suelta los cordones de los zapatos, me zancadillea... Incluso se engancha en los árboles y farolas para que yo frene de golpe. Realmente se me hace insufrible, y ante los demás quedo como un ser descoordinado y torpe. Claro que la opción alternativa es peor: si se me ocurriera contar que mi sombra es una cabrona, la gente pensaría que soy un loco o algo peor.
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| Foto: http://bibliotecadebabelsiglo21.blogspot.com.es/2011/04/sombra.html |
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15 marzo 2012
123.485 SP
Miraba pasar los coches sentado en el bordillo de la acera. Día tras día. Ni siquiera eran lunes al sol. Porque no había sol en aquella maldita ciudad del Norte. Demasiado lejos de casa para volver. Demasiado tiempo y fracasos como para regresar tal y cómo partió. Los días pasaban del albergue a la calle, de la calle a la cola del comedor, del comedor a la calle y de la calle al albergue. Los dias se fueron sumando implacables y terminaron convirtiéndose en años. Su ropa, su aspecto, su sombra lo notaban, pero para él los días eran idénticos y seguía ajeno a los cambios que se producían en los compañeros de mesa a la hora de su única comida, siempre aguada. "Aquí soy un número, pero allí seré una historia de fracaso. Nada más".
Y para acallar sus ganas de retornar se obligó a olvidar su infancia y juventud, sus amigos y, lo más duro, su familia. Simplemente se convirtió en el 123.485 SP. Y nada más.
Y para acallar sus ganas de retornar se obligó a olvidar su infancia y juventud, sus amigos y, lo más duro, su familia. Simplemente se convirtió en el 123.485 SP. Y nada más.
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14 marzo 2012
Lamento de lombriz
La Creación fue injusta con nosotros. Nos privó de patas, de esqueleto y de inteligencia. Ni siquiera alcanzamos a tener una metamorfosis que nos transforme en bella mariposa. Nuestra vida apenas tiene sentido fuera de la cadena trófica; si acaso nuestra labor de taladradores de suelos podría repercutir favorablemente en la calidad de los suelos agrarios. Nada más.
Por no tener, no tenemos ni sexo. Un simple accidente puede provocar que nos dupliquemos, con algo tan sencillo como un corte.¿Y eso alguien puede considerarlo una ventaja? No entiendo cómo es posible que sigamos sobreviviendo, a pesar de nuestra evidente nanidad? Daría mi fina capa de queratina por vivir la vida de un insecto o, mejor, la de un ave: volar. Ver la tierra desde el aíre y no desde dentro, poder desarrollar pensamientos complejos. Dejar de ser simple...
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11 marzo 2012
El sistema contra Messi
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| http://www.vayagif.com/64137/messi-jugando-al-futbolin |
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02 marzo 2012
Quise ser Gaia
De joven yo veía los programas de Punset. Recuerdo con especial fuerza uno dedicado a las transformaciones de nuestro cuerpo merced a la tecnología y a la alteración genética. Según veía las imágenes, venían a mi memoria fragmentos de la película Gattaca o de la novela Los propios dioses, de Asimov. Aquella fue la primera vez que quise ser Gaia. Debió ser en 2010, o 2012 a los sumo; fui consciente de que el futuro del hombre trascendería nuestra propia humanidad y me dio miedo. Una humanidad no carnal, o escasamente carnal, me producía terror. Por eso quise pensar como Lovelock y fundirme en una conciencia planetaria; ser parte de un ser mucho mayor como estrategia para proteger lo que de vida natural había en mi.
Quise ser Gaia y pensé en Pandora, el planeta conectado de Avatar. Durante años busqué la forma de fundir mi conciencia con la biosfera terrestre: medité, estudié los lenguajes animales y, finalmente, me topé con la tecnología. Hoy soy inmortal, soy uno con la Tierra, pero en mi cuerpo no queda una sola célula orgánica. Soy un ciborg. Y soy Gaia.
Quise ser Gaia y pensé en Pandora, el planeta conectado de Avatar. Durante años busqué la forma de fundir mi conciencia con la biosfera terrestre: medité, estudié los lenguajes animales y, finalmente, me topé con la tecnología. Hoy soy inmortal, soy uno con la Tierra, pero en mi cuerpo no queda una sola célula orgánica. Soy un ciborg. Y soy Gaia.
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28 febrero 2012
Doce migas de pan...
Una marca sobre el borde la taza, doce migas de pan sobre el mantel naranja, la cucharilla ribeteada de espuma marrón reposando en el plato, el tarro de mermelada de arándanos abierto y llamando a la mosca. Ese era el paisaje que la desolación había sembrado en la cálida mañana de agosto.
En realidad falta citar algo: un teléfono móvil dejado de cualquier manera sobre la mesa. Se nota que alguien lo ha tirado allí hace un momento, casi se podría decir que aún se mueve. Incluso, aún podríamos oir el eco de las últimas palabras que transmitió.
El narrador ha visto en la terraza esa mesa y ha seguido con la mirada los gestos del comunicante que ahora mira al mar, reflexionando sobre sus últimos actos y en el motivo último que le ha llevado a arrojar el móvil. Mientras el narrado lo mira intrigado y piensa en las miles de razones que le podrían haber llevado a tirar el móvil.
La mosca ha entrado en el tarro.
En realidad falta citar algo: un teléfono móvil dejado de cualquier manera sobre la mesa. Se nota que alguien lo ha tirado allí hace un momento, casi se podría decir que aún se mueve. Incluso, aún podríamos oir el eco de las últimas palabras que transmitió.
El narrador ha visto en la terraza esa mesa y ha seguido con la mirada los gestos del comunicante que ahora mira al mar, reflexionando sobre sus últimos actos y en el motivo último que le ha llevado a arrojar el móvil. Mientras el narrado lo mira intrigado y piensa en las miles de razones que le podrían haber llevado a tirar el móvil.
La mosca ha entrado en el tarro.
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| http://vuelvoadesaparecer.wordpress.com/2011/06/12/rastro-de-migas-de-pan/ |
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27 febrero 2012
Escribir por defecto
Tengo un problema serio. Al menos eso dicen los demás. A mi me parece una exageración. Más que un problema, o un defecto, o un demérito, es una virtud. Es posible que esta virtud la tenga en un grado impropio, tal vez si quiere el lector, en un grado exagerado, al menos en un grado mayor que el resto de los mortales que conozco (no puedo escribir sobre los que me son desconocidos). Escribo. Escribo como habla el que sufre de verborrea, mis manos se desplazan por el teclado o por el papel, según escriba en el ordenador o a mano, con la velocidad que permiten mis ojos y la conjugación de mis extremidades y sus tendones. Y, una vez que empiezo, me cuesta acabar. Siempre encuentro una frase más, la expresión escrita de un pensamiento que debe ser reflejado en el papel. O en la pantalla. Porque hoy la pantalla es tanto como el papel. Resumiendo, que escribo por defecto...
Que escribo.
Que escribo.
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18 febrero 2012
El siervo de Amón
El desierto esperaba amarillo y seco su llegada. El templo quedaba atrás, junto con sus sueños de servir al Dios para el resto de sus días. Su pecado: haber descubierto la verdad. No había magia en las predicciones de los sumos sacerdotes, todo lo que decían ya estaba escrito en los pergaminos más viejos. Y, si las predicciones no eran de origen divino, tampoco las crecidas de río debían serlo.
La arena quemaba sus pies; no era una hora apropiada para deambular fuera de la ciudad. Los hombres se refugiaban bajo los techos a la espera de que el sol perdiera algo de intensidad. El calor mantenía vivos sus pensamientos. ¿Cómo habían podido engañar durante tanto tiempo a tanta gente? Sólo una mezcla de poder e ignorancia lo había permitido. Cuando alguien, como él mismo, reconocía el fraude, simplemente se le expulsaba del Templo. Ahora tendría que vivir de la caridad de los campesinos, usando sus pocos conocimientos de curación y haciendo creer a todos que aún era un devoto siervo de Amón
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14 febrero 2012
La colección magallánica
Posiblemente la idea se fue incubando poco a poco en su cabeza. El aire cada vez estaba más contaminado, más enrarecido, cada vez era menos aire y menos respirable. Seguramente por eso no le pareció mala idea embotellar aquel aire de mar, tan fresco, tan oloroso que le regalaba la tarde de abril. Desde entonces los tarritos de aire habían ido llenado cada vez más espacio en su casa y en su vida. Y como el aire de hoy no es como el de mañana, porque las corrientes lo mueven de forma caprichosa por la atmósfera, a la etiqueta con el lugar le fue añadiendo cada vez más datos: la fecha, la hora, la dirección del viento, la velocidad, la temperatura, el grado de humedad, la altitud.
Tenía aires caribeños, alpinos, magiares, esteparios, amazónicos, oceánicos, mesetarios... Una colección como ninguna. Un regalo para el futuro de la humanidad que sólo sería apreciado cuando ya no quedara un gramo de aire respirable en el mundo y los niños tuvieran que ir por la calle con escafandras. Cualquier mañana de estas.
Tenía aires caribeños, alpinos, magiares, esteparios, amazónicos, oceánicos, mesetarios... Una colección como ninguna. Un regalo para el futuro de la humanidad que sólo sería apreciado cuando ya no quedara un gramo de aire respirable en el mundo y los niños tuvieran que ir por la calle con escafandras. Cualquier mañana de estas.
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09 febrero 2012
Un arte manual
En sus manos grandes cualquier cosa parecía pequeña. Tampoco nadie podía dejar de fijarse en ellas, desproporcionadas con el resto del cuerpo, con dedos alargados. Manos de monstruo, le decían en el colegio los otros niños. Manos de elfo o de Paganini o de violinista, le decía su madre cuando lo descubría llorando.
Las palabras de su madre, su voz tranquila y de terciopelo, eran siempre el bálsamo que calmaba su desprecio al dios que le había marcado de tal forma. A veces soñaba que una máquina gigante las cortaba, y que todos lloraban menos él.
Su madre intentó que tocara el violín o el piano, convencida del alma de artista de su hijo. ¿Por qué si no Dios le había dotado de tan magníficas manos? Pero ni aquellas manazas ni su oído daban la talla de las aspiraciones maternas. Tan sólo un arte encajaba en aquellas manos: el de la muerte. Los cuellos se vencían entre sus dedos con la sencillez de los tallos tiernos. Y siempre había alguien dispuesto a pagar por sus actuaciones.
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01 febrero 2012
El dato perentorio
–Vamos, que es para hoy. ¿No ve usted la cola tan larga que hay?
– Si que hay cola, sí. Ni que esto fuera el fin del mundo. Tampoco creo haya mucha prisa, yo no los veo impacientes. Le decía que mi fecha de nacimiento es el 15 de octubre de 1967, aunque me adelanté 3 semanas. Al menos eso me contó mi madre que dijo el médico. Es posible que ese adelanto, por supuesto esto es sólo una conjetura, haya tenido que ver con la forma en la que se ha desarrollado luego mi vida.
– Eso ya me lo había contado hace un rato. Además, no es esa la fecha que le he pedido.
– Ya, pero es que precisamente usted debería comprender que nada es tan sencillo. Algunas cosas requieren una explicación. Desde pequeño me enseñaron que las cosas dependen siempre del color del cristal con que se miren. Y, dada la importancia del trámite, creo que debo ser especialmente exhaustivo en este caso.
– Claro que el trámite es importante, pero con sus circunloquios lo único que consigue usted es retrasarlo. Y es una estupidez, ya no hay vuelta de hoja.
– Bueno, bueno. No se ponga así. ¿Mi fecha de defunción? Hace justo dos días, o eso creo, porque lo de estar muerto altera bastante la percepción del tiempo. Fue el 30 de enero. Y recuerdo que la mañana amaneció extrañamente fría.
– Si que hay cola, sí. Ni que esto fuera el fin del mundo. Tampoco creo haya mucha prisa, yo no los veo impacientes. Le decía que mi fecha de nacimiento es el 15 de octubre de 1967, aunque me adelanté 3 semanas. Al menos eso me contó mi madre que dijo el médico. Es posible que ese adelanto, por supuesto esto es sólo una conjetura, haya tenido que ver con la forma en la que se ha desarrollado luego mi vida.
– Eso ya me lo había contado hace un rato. Además, no es esa la fecha que le he pedido.
– Ya, pero es que precisamente usted debería comprender que nada es tan sencillo. Algunas cosas requieren una explicación. Desde pequeño me enseñaron que las cosas dependen siempre del color del cristal con que se miren. Y, dada la importancia del trámite, creo que debo ser especialmente exhaustivo en este caso.
– Claro que el trámite es importante, pero con sus circunloquios lo único que consigue usted es retrasarlo. Y es una estupidez, ya no hay vuelta de hoja.
– Bueno, bueno. No se ponga así. ¿Mi fecha de defunción? Hace justo dos días, o eso creo, porque lo de estar muerto altera bastante la percepción del tiempo. Fue el 30 de enero. Y recuerdo que la mañana amaneció extrañamente fría.
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31 enero 2012
Una vela y un mástil
Los atardeceres en las grandes ciudades se tiñen de un rojo sucio que se expande por el cielo hasta las cumbres de los rascacielos. Sólo en invierno, cuando las nubes dejan un rastro blanquecino, el rojo reverbera e incendia los escaparates de los bajos comerciales. En una tarde así, en un Madrid de enero, decidí dejarlo todo por una vela.
Soy de interior, tan de interior que no conocí el mar hasta bien entrado en la veintena. Y aquella visión no produjo en mí ninguna de las sensaciones grandiosas de las que está llena la literatura. Antes al contrario, tanto azul, tanto horizonte, produjo en mi espíritu un miedo ancestral a lo infinito, a lo inabarcable.
Vendí mi casa, logré un despido ventajoso y me mudé a un velero de 11 metros amarrado a un puerto mediterráneo: una vela y un mástil que no sabía manejar. Durante semanas mi tiempo lo ocupó el estudio de varios manuales de navegación, ninguno de los cuales era capaz de transformar las enseñanzas escritas en los automatismos que requiere la navegación de altura. Tampoco me pareció importante, presuponía la bondad de un mar que nos atrevimos a llamar nuestro y sobrevaloraba mis muy teóricas habilidades náuticas.
Salí al mar en primavera, con el firme propósito de no dejar ningún recuerdo atrás y no pisar más tierra que la de las islas que los vientos y el destino me pusieran por delante. Salí al mar como el niño que sale al mundo con fórceps, con muchos problemas en el momento, pero con toda una vida por delante.
Y hoy he cumplido dos años...
Soy de interior, tan de interior que no conocí el mar hasta bien entrado en la veintena. Y aquella visión no produjo en mí ninguna de las sensaciones grandiosas de las que está llena la literatura. Antes al contrario, tanto azul, tanto horizonte, produjo en mi espíritu un miedo ancestral a lo infinito, a lo inabarcable.
Vendí mi casa, logré un despido ventajoso y me mudé a un velero de 11 metros amarrado a un puerto mediterráneo: una vela y un mástil que no sabía manejar. Durante semanas mi tiempo lo ocupó el estudio de varios manuales de navegación, ninguno de los cuales era capaz de transformar las enseñanzas escritas en los automatismos que requiere la navegación de altura. Tampoco me pareció importante, presuponía la bondad de un mar que nos atrevimos a llamar nuestro y sobrevaloraba mis muy teóricas habilidades náuticas.
Salí al mar en primavera, con el firme propósito de no dejar ningún recuerdo atrás y no pisar más tierra que la de las islas que los vientos y el destino me pusieran por delante. Salí al mar como el niño que sale al mundo con fórceps, con muchos problemas en el momento, pero con toda una vida por delante.
Y hoy he cumplido dos años...
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16 enero 2012
Frío financiero
No es sólo frío. Es una mano helada que te atenaza. Son los pies congelados pesando una tonelada. Es temblar hasta que suenan los dientes.Y no es por el frío; al menos, no todo. La temperatura lleva ya varios días por debajo de cero, algo ya de por sí bastante infrecuente aquí. En un primer momento bastaba con abrigarse; no era cómodo para caminar pero era suficiente. Sin embargo, hoy, justo después de que Standard & Poor's bajara la calificación del reino otra vez, los ojos de la gente comenzaron a contagiarse el helor los unos a los otros, y el vapor de las respiraciones comenzó a escarcharse antes de abandonar el cuerpo.
No es sólo frío. Es algo más.
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