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Adiós, amiga

La niña había dejado sobre la mesa la tableta. Su padre no había podido rescatarla del silencio oscuro en que se había sumido. La sensación de vacío que sentía era demoledora, mucho más profunda que la sufrida cuando su amiga Lali tuvo que mudarse y ya no pudo verla cada día en el colegio. Laura no podía recordar un momento más triste que este. "Papá, ¿se ha muerto mi tablet?" "Me temo que sí, cariño." "¿Y hay un cielo para las tabletas?" El padre, sorprendido, guardó unos segundos silencio estrujándose las neuronas para ofrecer una respuesta a la altura de su hija: "No lo sé, pero si lo hay, seguro que la tuya estará allí. Y se lo pasará genial con las otras tablets, poniendo videos de YouTube y leyendo libros interactivos todo el rato". Paula esbozó una sonrisa, volvió a coger el aparato y le dio un beso a la pantalla. "Espero que te diviertas mucho. Gracias por haber sido mi amiga".
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Miedo a los días de lluvia

Llegó a mi puerta empapada, en medio de la peor tormenta del invierno. Pensé que estaba perdida.
La invité a entrar y le ofrecí una toalla. Ella me contó que había dejado el coche un par de calles más arriba y que le había costado encontrar la casa por culpa de la manta de agua. Pensé que estaba desorientada.
Le ofrecí un café para que entrara en calor. Ella me contó cómo me había localizado, las horas que había estado delante del ordenador filtrando información. "Tu nombre es muy corriente", me dijo. Pensé que estaba loca.
Quise mandarla de vuelta a su coche, ya ni siquiera me parecía atractiva. Ella me dijo que todos sus encargos le habían abierto la puerta, pero que yo era el primero que le había servido café. Y que no sabía cómo agradecérmelo. Yo le sugerí que me dijera un nombre o un porqué. "Secreto profesional", respondió, "pero como favor especial lo dejaré para otro día". Y se fué.
Desde entonces temo los días de lluvia y evito tener luces encend…

La historia de Nemo

Nadie recordaba su nombre verdadero. Nadie era capaz de fijar con claridad en qué momento llegó al pueblo, ni de dónde vino. A todos les parecía que llevaba allí toda una vida, como el viejo árbol del ayuntamiento o la balsa del tío Pedro. Le llamaban Nemo porque alguien decidió bautizarle con dicho apelativo tras leer 20.000 leguas de viaje submarino. Su presencia apenas se notaba. En las fiestas casi nadie se cruzaba con él, pero siempre había alguien que afirmaba haberle visto apoyado en la barra del ambigú montado por el Círculo Mercantil, o sentado en la última bancada de la iglesia en la misa del santo. Tal vez por eso nadie se percató de su agonía. Su ya de por sí escueta silueta se fue consumiendo, sus paseos por el pueblo a deshora se hicieron más infrecuentes y su presencia en los actos vecinales simplemente se fue apagando. Murió solo y silencioso. Apenas una brisa del norte sirvió para remarcar su pérdida; algunas abuelas se apretujaron las rebecas y un cuco cantó extrañado…

La nueva escritora

La crítica había dicho de sus primeras obras que eran muy frías. Sin embargo, después de decenas de éxitos encadenados, después de haber ganado los más prestigiosos galardones, después de ser traducida a casi todos los idiomas, hasta los más respetados observadores de la literatura nacional habían reconocido su capacidad para tocar temas que interesaban a los lectores y la mejora continua de su prosa.
Aún así ella se sabía la protagonista de la mayor de las imposturas. Aunque su éxito era fruto sin duda de su trabajo, de un esfuerzo casi obsesivo, del análisis de miles de páginas de las mejores obras de la literatura universal y de prestar atención continua a la actualidad; lo cierto que las únicas líneas que habían salido de su imaginación eran de código.

Una amiga especial

La niña dejó sobre la mesa la tableta. Su padre no había podido rescatarla del silencio oscuro en que se había sumido. La sensación de vacío que sentía era demoledora, mucho más profunda que la sufrida cuando su amiga Lali tuvo que mudarse de ciudad. Laura no era capaz de recordar un momento más triste que este. "Papá, ¿se ha muerto mi tablet?" "Me temo que sí, cariño". "¿Y hay un cielo para las tabletas?" El padre, sorprendido por la pregunta, guardo unos segundos silencio, estrujando sus neuronas para ofrecer una respuesta a la altura de su hija: "No lo sé, pero si lo hay, seguro que la tuya irá allí. Y se lo pasará genial con las otras tablets, poniendo videos de YouTube y leyéndose libros interactivos todo el rato".
Paula esbozó una sonrisa, volvió a coger el aparato y le dio un beso en la pantalla. "Espero que te diviertas mucho, Gracias por haber sido mi amiga".

La apuesta

Lo había apostado todo: el dinero y su futuro. La bolita rodó azarosamente por la ruleta y luego saltó hasta situarse en el 9 rojo. Casi sin pulso vio como el crupier retiraba sus fichas, su dinero, su futuro. "Espero que la banca pague al menos el cubata", dijo para parecer entero y huyó a deshacerse bajo la lluvia con la que amanecía la ciudad.

La segunda víctima

La segunda víctima fue la ignorancia: cuando las decenas de cámaras hicieron zoom sobre la figura del niño obligado a subir al autobús de los primeros expulsados. Los que aún nos considerábamos al margen por no saber, de repente supimos. Supimos, pues la imagen viral nos persiguió en todas las pantallas durante días. Pero luego vinieron otras muchas imágenes que ya no fueron noticia, ni virales y apenas avergonzaban a nadie. La tercera víctima fuimos nosotros mismos.