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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos

Un error de cálculo

No quedaba nadie a quién informar de su descubrimiento, tampoco había nadie que quisiera escucharlo. Todos habían vuelto a casa para celebrar con los suyos que la humanidad había escapado por los pelos de una extinción masiva. Los cálculos previos realizados por la IA especializada de la NASA habían sido corroborados por los hechos por la europea y por la japonesa. El meteorito no chocaría contra la Tierra. Pasaría muy cerca, eso sí, generando algunos fenómenos extremos en el clima y en las mareas. Unas consecuencias en cierto modo terribles, pero nada comparado con la desaparición de la especie humana. Imagen creada con GPT Nadie se había molestado en revisar aquellos cálculos. Simplemente se los creyeron. Pedro Atacama, ingeniero especializado en trayectorias orbitales, un inmigrante de segunda generación que había logrado sobresalir gracias a su facilidad para las matemáticas, era la única persona en el planeta consciente de lo cerca que estaba el final de todo. Él había participado...

El rapto de Europa

Llevo más de 300 años confinada en este marco, sin poder moverme ni variar mi campo de visión. A diario pasan por delante cientos de personas, muchas de apariencia extraña y con idiomas que no llego a comprender. Creada con Dall•e No sé cómo pasó. Recuerdo que estaba muy enferma, sabía que me estaba muriendo porque me costaba respirar cada vez más. También recuerdo que cerré los ojos y la oscuridad lo llenó todo, incluso el pensamiento. De hecho, cuando Giacomo me pintó ya había comenzado a sentirme mal. De ahí la mirada febril y casi desesperada de mi retrato. Zeus está a punto de violar a Europa en Creta. Yo soy Europa y miro al espectador con una mueca de terror, con los vestidos desgarrados y dejando a la vista la mayor parte de mi cuerpo. Aunque, en realidad, no es mi cuerpo. Giacomo me engordó un poco y me puso unos pechos generosos. Decía que el marqués quería un cuadro que invitase a la lujuria, y mi delgadez de entonces resultaba muy poco atractiva. Él ya sabía que me estaba m...

Reset

El accidente le había borrado la memoria. Aurora había olvidado tanto que ahora era otra persona. Los médicos diagnosticaron que toda su vida anterior había quedado almacenada en un profundo agujero oscuro de su mente.  Su hija Laura, de pronto liberada de una madre controladora y dictatorial, se emborrachaba de libertad y apuraba a grandes sorbos una vida que ahora le pertenecía completamente. Sus padres, acostumbrados a una hija servicial y atenta, primero se hundieron en un profundo luto y luego comenzaron a vivir por si mismos nuevamente. Y Luis, que ya no era su Luis, sino un tal Luis, acudía emocionado a recogerla a la salida de las sesiones de reeducación con el firme propósito de enamorar a esta nueva Aurora, convencido de que solo así recuperaría la felicidad que había extraviado muchos años antes del accidente. Nadie echaba de menos a la antigua Aurora. Ni siquiera ella, que rogaba a un dios en el que ya no creía que dejara de mandarle aquellos retazos del pasado cosidos ...

Videotestamento

Mi nombre es Alberto Garcés Fernández. Hoy es 13 de febrero de 2222, son las 17:23 y, como atestiguan las constantes vitales que se superponen en esta imagen, me encuentro en un estado de salud acorde a mi edad. Esta grabación personal no tendrá cortes ni será editada, convirtiéndose así en mi testamento. En el momento de terminar la grabación la incorporaré a la cadena de bloques del Registro General Estatal de Últimas Voluntades y dejará sin validez cualquier otro documento previo ya sea escrito, oral o visual en el que exprese algún deseo o idea, general o concreta, en torno a mi muerte y al destino y reparto de mis bienes, activos financieros y suscripciones. En primer lugar, nombro como mi albacea testamentaria a mi querida hermana menor, Sonia Ángeles Hernández de las Heras, quién podrá tener acceso a mi archivo maestro de contraseñas, con el fin de que pueda administrar la baja en los diversos servicios de pago diario, semanal y mensual. Ella será, por añadidura, quién pueda dis...

El americano de Bolonia

Tal vez deba comenzar esta historia reconociendo que soy un mitómano redomado. Posiblemente ya en mi infancia incubaba el germen de esta enfermedad, puesto que coleccionaba con pasión casi religiosa cuanto álbum de cromos de serie famosa se publicaba y, por supuesto, cualquiera de los muchos que salían sobre fútbol. En la adolescencia el interés viró hacia la música, transformándome en un coleccionista de discos, pósteres y camisetas de los grupos que me gustaban, casi todos de la Movida. Luego, con la llegada de Internet y de cierta madurez, fijé mis objetivos en algunos grandes de la música clásica y la ópera. De María Callas, por ejemplo, llegué a reunir la colección de grabaciones más completa de Europa, y a punto estuve de comprar uno de los trajes con los que la diva interpretó a Tosca en la Scala. Y en los últimos años mi atención se ha centrado en los compositores de bandas sonoras de cine: Morricone, Zimmerman, Powell, Horner y, por supuesto, el excelso Williams. A lo largo de...

El traidor a Bolívar

Es curioso que la historia recuerde casi con la misma intensidad a los vencedores que a los traidores. Tal vez sea porque sin los segundos, los primeros tendrían menos mérito, o porque ambos son el reflejo de la propia naturaleza humana, tan capacitada para el heroísmo como para la traición. Por eso el caso del general Roberto Enríquez resulta tan llamativo. Un hombre que había liderado la revuelta contra el gobierno del rey. Un hombre que había combatido hombro con hombro con Bolívar, y que había planteado la estrategia de decenas de batallas victoriosas para los suyos. Un hombre al que sus soldados idolatraban. El general Enríquez, tal vez envidioso de los éxitos de su compañero de armas, tal vez cansado de batallar o tal vez simplemente comprado son el suficiente dinero, fue el responsable del atentado que casi dejó sin héroe a una revolución. Bolívar no debía haber salido vivo de aquella encerrona, pero tampoco debía llevar una guardia tan numerosa. La fortuna quiso que se encontra...

El hombre sin latido (o el prejubilado)

–No puede ser, debe haber algún fallo. La médico comprobaba las conexiones, los sensores estaban bien pegados en el cuerpo, los cables todos conectados, cada uno en su sitio, la máquina estaba encendida y, aparentemente, recibiendo lecturas. Sin embargo, en el papel no aparecía pulsación alguna. –No me lo explico, o la máquina se ha roto o eres un zombi con muy buen aspecto. Justo hace diez minutos he atendido a otra empleada y la máquina funcionó perfectamente –se rascaba la cabeza mientras lo decía–. Debe ser un error del software, así que tendrás que volver cuando lo arreglemos para repetir la prueba. Inmediatamente comenzó a despegar las ventosas. –Por lo demás todo parece estar bien –continuó–. Has adelgazado mucho, ya me contarás cómo lo has hecho; aunque has perdido un poco de agudeza visual y hay una longitud de onda que te cuesta escuchar. Pero eso es normal a tu edad. Vamos, que tienes buena salud, salvo este pequeño detalle. –Que no me late el corazón… –Que la máquina dice ...

Pemán

   – Hacía mucho que no te veía, Pemán. Los surcos que traza el destino parecen rectos, pero irremediablemente se tuercen y se cruzan, a veces más de una vez a lo largo de una misma vida. Ella me llamaba Pemán porque le hacía gracia la forma en que declamaba las poesías en clase de don Jesús; entre afectado e intenso, decía. Fue mi primer amor, al menos el primero digno de ser guardado en los estantes de la memoria. En sus labios aprendí a besar. Mis manos conocieron la geografía de un cuerpo de mujer acariciándola, aún sobre la ropa. Y por ella llegaba a mi casa alterado y con urgencia por encerrarme en el baño. Pero un septiembre ya no regresó de las vacaciones y, en lugar de sus besos, solo recibí una carta de despedida en la que explicaba que su padre había sido destinado a Melilla. Y hoy estaba ahí, en la barra del bar del hotel, como si Laura me hubiera estado esperando todos estos años sentada frente a un Martini rojo. Hablamos durante horas. Yo le conté mis recuerdos d...

Excavador, más que arqueólogo

Excavar es una vocación mucho más intensa que la de ser arqueólogo. Decía mi madre que para tenerme entretenido en la playa lo mejor era darme un cubo y una pala. Aunque a veces tenía efectos no deseados, ya que a la compulsión por excavar se unían la de amontonar lo que encontraba entre la arena, principalmente plásticos y colilllas, y la de llevármelo todo a la boca. Con el tiempo, la manía se fue refinando. Ya no excavaba a lo loco, sino que lo hacía en las inmediaciones de lugares con más posibilidades; es decir, allí donde había gente en actitud de búsqueda, o bien donde previamente habían estado otros niños con sus juguetes. Luego descubrí que había una profesión en la que excavar formaba parte de la ecuación, y decidí cursar los estudios correspondientes para poder dedicarme a mi verdadera pasión. La búsqueda de fósiles es el trabajo más gratificante que cualquiera podría imaginar. Te obliga a ir muy despacio, a revisar toda la tierra eliminada, a concentrarte en la esencia de l...

Alabanzas para los muertos

Lápida Llevo más de 10 años visitando el terreno del microcuento y solo en los últimos tiempos estoy logrando destilar la verdadera esencia del género. No se trata de condensar una historia en apenas unas líneas, eso no basta. Hay que seguir estrujando el fruto hasta dejarlo una leve corteza, casi transparente, que invite al lector a crear su propio relato al mirar a través de ella. Puedo afirmar que en mi última obra he logrado alcanzar el grado de perfección que he estado persiguiendo durante la última década, un relato que comienza y acaba en el título:  Alabanzas para los muertos. FOTO: Pixabay

El día que la escasez de pinzas para tender la ropa reveló el fin del mundo

En ocasiones una noticia, en principio de lo más inocente, puede ser el adelanto de una hecatombe. Andrés no se encontraba bien en los últimos días, pero no era algo físico. Su temperamento usualmente alegre y festivo llevaba trasmutado a la melancolía desde hacía semanas y no sabia muy bien el porqué. Tal vez para entretener su abulia decidió dedicar el fin de semana al cambio de armarios, lo que le llevó a poner varias lavadoras. Tantas que para primera hora de la tarde ya no quedaban pinzas para tender. Andrés se puso la cazadora y los zapatos de andar y salió a buscarlas al supermercado de su barrio. Pero no había, así que fue a otro y luego a un tercero porque tampoco las había en el segundo. Allí las tenían de plástico. Pero él, convencido luchador contra el exceso de plásticos en el medioambiente, decidió volver a casa y apañarse con perchas y colgando juntas varias prendas. Todo hubiera quedado en una anécdota si no hubiera sido porque el fin de semana siguiente, cuando a...

La huída de Blancanieves

Los ademanes gentiles y la amabilidad pastosa no lograron engañarla. Se había criado con ella y sabía de lo que era capaz. Imaginó la ponzoña dentro de aquel presente envenenado y, sin embargo, mordió la manzana. Simplemente estaba harta de hacer de sirvienta de siete hombres que tan solo generaban trabajo y apenas agradecían sus desvelos. Quería poner fin a esa cárcel de barrotes invisibles que era su existencia. Su valor no daba para marchar a la aventura, aunque sí era suficiente para terminar con todo de una vez y de un bocado. De todas formas, para el resto del mundo ella ya estaba muerta.