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Mostrando las entradas etiquetadas como Pecado

Sin pecado concebida

– Ave María Purísima. – Sin pecado concebida. Dime hija, ¿de qué te confiesas? – De lo de siempre, padre: lujuria. – Pero hija, ¿otra vez? – Es que no lo puedo evitar, el hábito me pone. Y yo... Intento retenerme, pero finalmente mi mente se rebela contra el deseo de acallar mis ansias. Y... – Me pones en una situación muy complicada. No puedo negarte que yo mismo he tenido... tentaciones. Pero siempre antepongo mi amor a Dios. – Padre, es que le quiero tanto... – Ya te he dicho que no puede ser. Además de ser mujeres, las dos sois religiosas. Reza cien Ave Marías y ten a mano siempre algo de hielo.

El pecado (II)

La luna ya se reflejaba sobre el Guadalquivir cuando Alvarado, aliviado del peso de la espada y de la culpa se dejó llevar por los sonidos de la ciudad. Atravesando las sucias callejuelas de Sevilla, atestadas de gente aún a esas horas, se supo libre por primera vez en muchos años. Sabía que ya nunca podría estar en gracia de Dios, porque no se arrepentiría jamás de lo que había hecho, así que lo único que debía preocuparle era de que alguien le reconociera y le apresaran. Pero eso sería muy difícil. Veinte años antes, Inés de Castralvo, agobiada por la culpa, contó a su confesor los inocentes amores que mantenía con el joven Alvarado. Aquel hombre de Dios o del Diablo quiso irrumpir en sus sueños, adornando de mentiras la historia de los dos jóvenes cuando se la contaba a los padres de la doncella. Ella acabó sus días en un convento de clausura y él enrolado a la fuerza en los tercios de Flandes, ambos purgando un pecado que no habían llegado a cometer.

El confesor

Le había prestado sus oídos desde que era una niña. Recordaba, estaba seguro, el timbre exacto de su voz cuando, con 4 años, la trajo su madre por primera vez. A través del enrejado de madera podía ver los rasgos de su fino rostro, y espiar sus pupilas cuando ella se atrevía a levantar los ojos. Entonces el viejo y grueso confesor tenía que reunir toda la fuerza de su flaca voluntad para no levantarse y abrazar a la chiquilla. Y cada vez que esto pasaba la penitencia impuesta era mayor que de costumbre. Porque la culpa era de ella, la mujer siempre había sido la culpable de todos los males de la humanidad. Así que aquella dulce criatura sería, de esto también estaba seguro, la perdición de su alma.