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Mostrando las entradas etiquetadas como relatos

El rapto de Europa

Llevo más de 300 años confinada en este marco, sin poder moverme ni variar mi campo de visión. A diario pasan por delante cientos de personas, muchas de apariencia extraña y con idiomas que no llego a comprender. Creada con Dall•e No sé cómo pasó. Recuerdo que estaba muy enferma, sabía que me estaba muriendo porque me costaba respirar cada vez más. También recuerdo que cerré los ojos y la oscuridad lo llenó todo, incluso el pensamiento. De hecho, cuando Giacomo me pintó ya había comenzado a sentirme mal. De ahí la mirada febril y casi desesperada de mi retrato. Zeus está a punto de violar a Europa en Creta. Yo soy Europa y miro al espectador con una mueca de terror, con los vestidos desgarrados y dejando a la vista la mayor parte de mi cuerpo. Aunque, en realidad, no es mi cuerpo. Giacomo me engordó un poco y me puso unos pechos generosos. Decía que el marqués quería un cuadro que invitase a la lujuria, y mi delgadez de entonces resultaba muy poco atractiva. Él ya sabía que me estaba m...

Beatriz buscándose en el hielo

Aquel año había adelantado sus vacaciones para poder viajar a Argentina. Tenía previsto un mes de viaje de casi-novios con Eduardo. Pero una semana antes de iniciar la ruta, él le dijo aquello de «tenemos que hablar». Finalmente se convirtió en un tránsito de superación personal y sentimental. Poco a poco, la distancia y el paso de los días fueron suavizando el dolor, hasta que llegó a pasar un día completo sin echarle de menos. El mejor momento de aquel día lo vivió en el Perito Moreno, apoyada en la regala del barco en el que se hacía la excursión. El patrón se aventuró a acercarse a la mole de hielo más de lo que parecía aconsejable, pero eso le permitió fijar en su memoria el instante en el que pudo verse reflejada en el hielo. Esa soy yo, se dijo.Aquella imagen le acompañó de vuelta a España y gracias a ella superó sin mayores problemas el reparto de los bienes, la búsqueda de un nuevo piso y la soledad de una ciudad en la que lo único que le quedaba era el trabajo. Foto: Pixabay ...

Un retraso más

Intentó no desesperar. El avión salía con retraso. Otra vez. Las excusas casi nunca eran las mismas: motivos técnicos, viento en la pista de llegada, niebla en la de salida, tráfico aréreo. Siempre imaginaba a alguien en las oficinas de la compañía aérea inventando nuevas excusas para cada retraso. Porque era estadísticamente imposible que siempre que él volase sucediera un retraso. La otra opción era pensar que el Universo se conjuraba en su contra. Aquella mañana le pareció especialmente molesto, ya que había tenido que madrugar mucho tras apenas haber dormido por otro retraso la noche anterior. Cuando escuchó la voz de la azafata de tierra explicando que el avión saldría más tarde a causa del mal tiempo en Oviedo, sacó su portátil ultrafino y ultraligero de su elegante funda de neopreno y piel y la emprendió a golpes con la cabeza de la pobre mujer. Fue todo muy rápido: el ataque, la detención y el encierro. Pero en aquella oscura habitación se sintió por fin a salvo del Universo y ...

Todo a un euro

Aquellos ojos rasgados le atraparon la primera vez. Por ellos estuvo acudiendo a la tienda a comprar cosas inútiles entre una y dos veces por semana. Por ellos se apuntó a una academia de chino para poder decirle algunas palabras en su propio idioma. Por ella comenzó a leer libros de maestros orientales, y comenzó a hablar como Paulo Coelho. Por ella imaginó abandonar su vida, su trabajo y su familia. Por ella lloró cuando cerraron la tienda. Con ella se le fue el valor y cuando le preguntaron por sus lágrimas solo pudo responder: "¡cómo no será esta crisis que hasta los chinos acaban quebrando!"

La huída de Blancanieves

Los ademanes gentiles y la amabilidad pastosa no lograron engañarla. Se había criado con ella y sabía de lo que era capaz. Imaginó la ponzoña dentro de aquel presente envenenado y, sin embargo, mordió la manzana. Simplemente estaba harta de hacer de sirvienta de siete hombres que tan solo generaban trabajo y apenas agradecían sus desvelos. Quería poner fin a esa cárcel de barrotes invisibles que era su existencia. Su valor no daba para marchar a la aventura, aunque sí era suficiente para terminar con todo de una vez y de un bocado. De todas formas, para el resto del mundo ella ya estaba muerta.

Aptitud

Notaba un peso distinto en el bolso mientras caminaba por la atestada calle en su primer día de parada. Conocía casi de memoria todo el ceremonial de tanto que se lo habían contado amigos y conocidos que habían pasado por el mismo trance en los meses anteriores. Primero la cola, luego el currículum y, por último, la parte de las aptitudes, en línea con las últimas tendencias del coaching . Con la pistola apuntando a la sien de la funcionaria, le dijo muy tranquila: “tome nota de mis aptitudes: tengo capacidad de mando, sé hacerme escuchar y, si acaso, ando corta de paciencia”.

Un autor poco original

– Esto es absurdo. – ¿Lo es? – Claro que lo es, ¿dónde se ha visto que un personaje y su autor mantengan una conversación? – Pues se ha visto en numerosas ocasiones, por ejemplo en... – Vale, vale, ¿Y en cuántas de ellas el personaje apuntaba al autor con una pistola? – Creo que también se ha hecho, no soy muy original. – Es absurdo, ¿cómo voy a ser una amenaza si cada palabra que digo es tuya? Y, además, no soy real. – Bueno, sí que eres real. Si yo creo que existes, si yo te veo, y si soy capaz de dejarte actuar por tu cuenta, entonces... – Ya, claro, existo. Y si yo apretara el gatillo de la pistola que has imaginado, se supone que recibirías un tiro... Probemos... PUM – ¡Maldita sea! ¡Me has dado! ¿Y ahora cómo explico yo esto en el hospital?

Adicta al texto

Las palabras leídas le traspasaban el alma. Desde niña. No se trataba de reconocer la buena literatura, aunque también sabía apreciarla, eran las sinuosas curvas de las letras, la rítmica nada de los espacios... Ahí es dónde ella encontraba la verdadera poesìa. Por eso también prefería leer sobre escritura a mano: las variaciones y los motivos de disfrute se multiplicaban. Cuando se topaba con algún papel especialmente bien escrito, en el que la letra y la música acompañaban, el impacto la sumía en un estado semicatatónico por espacio de horas. Cuando por fin volvía del "viaje" –así lo llamaba–, lo hacía pletórica de felicidad. La adrenalina le impedía dormir durante días y la obsesión por la lectura se le acrecentaba. Sin embargo, cada vez era más difícil encontrar textos tan perfectos. Ni siquiera entre los clásicos. Internet la indignaba, plagado de millones de "autistas aulladores", con egos del tamaño de montañas y talento de ratón, pero como adicta al texto ll...

Musa de curvas

http://www.rojillo.com/2010/01/caderas.html Te elegí como musa. Puede que jamás logre relevancia como escultor, pero cada una de las curvas que he modelado a lo largo de estos últimos 15 años han sido copias de las tuyas. No te sorprendas, cuando te miro no sólo lo hago por halagarte, te estudio. La leve desviación del meñique izquierdo de tu pie está en el pico del Ave que come, tus pechos son la hoja de  La hoz del tiempo, y la ese que forman tu cintura y cadera la tienes en Herramienta para cortar las nubes 3. No exagero, todas mis curvas son tuyas: están o estuvieron en tí. Sin ellas mis obras serían menos veraces, estarían muertas.

Un polvo enconado

– ¿Cómo dice? – Lo que ha oído. Usted está de mal humor, cree que su mujer no le quiere. Piensa que su vida se escapa entre los dedos y que ni puede hacer nada por evitarlo, ni se ve capaz de aprovecharla. Se lo puedo decir de forma más técnica, pero yo creo que lo que tiene usted es lo que yo llamo un "polvo enconao". – Es posible, pero no uno, ya deben ser cientos. En cualquier caso, ¿qué puedo hacer? – Tiene usted, en principio, un par de opciones. Puede poner las cartas sobre la mesa y hablar con su esposa. Puede usted decirle cómo se siente. Esto pude ser la solución, o el inicio de una crisis en su matrimonio. – Ya... ¿Y la otra opción? – ¿Ha oído usted hablar del bromuro?

El mariachi perdido

El mariachi arrastraba sus cansados pies por las húmedas calles de un Madrid lluvioso. Buscaba algún bar en el que dejar caer sus canciones a cambio de unas monedas, o de una caña, o de lo que fuera. El traje, descosido por varias junturas, sucio y hasta raído parecía hecho para alguian un par de tallas más grande, aunque juraba y perjuraba que era suyo, y que hasta no hace demasiado le quedaba estrecho. Un día dejó su soleado Cancún persiguiendo a una turista española que se llevó de souvenir su corazón. Pensó que sería sencillo. Pero al abandonar Barajas ya no fue capaz de volverla a encontrar, así que paseaba las calles de la ciudad, cantando sus corridos para turistas y enseñando a todo aquel que se dejara una foto en la que una mujer rodeaba con sus brazos al mariachi que fue antes de perderse.

Un final feliz

En los últimos tiempos su cara ya no salía mucho en la televisión. El pequeño ya no decía que su padre era famoso y hacía un par de meses que su editor no le llamaba para darle la brasa. Comenzaba a nuevamente a ser nadie, y se daba cuenta. La crisis, su crisis, había comenzado cuando su padre le comentó algo tan obvio como inadvertido. "Tus personajes tienen tendencia a suicidarse". "Es más literaria la tragedia que la comedia", improvisó a modo de excusa. Pero lo cierto es que desde entonces andaba buscando un final feliz para su historia. Y a fuerza de no encontrarlo, sus pensamientos comenzaban a rondar la idea de una incapacidad genética para el optimismo. Así que poco a poco fue afianzándose el plan de acabar como lo haría cualquiera de sus personajes.

Cuentos como puños

La mía es, con mucho, la venganza más larga de la historia. Y la más secreta, hasta hoy. Durante los últimos 20 años he estado publicando en la prensa local un cuento diario. Nunca más de 15 líneas; siempre hurgando en los deseos y pasiones humanas, las fuentes universales de la literatura. Cada uno de esos cuentos ha sido, en realidad, un puñetazo en el rostro de mi enemigo, que ha tenido que asistir día tras día a la disección de su alma a través de mis 15 líneas. Cada uno de ellos ha sido una bofetada. Nadie más que él posee las claves para interpretarlo, pero es suficiente. Me basta con saber que sus laceraciones invisibles son dolorosas. Y lo sé porque su mirada, al principio altiva y distante, se ha ido volviendo con los años huidiza y suplicante.

Mejor no morir

Morir o vivir. Ese es el dilema al que muy de vez en cuando nos tenemos que enfrentar, aunque en mi profesión es casi un problema diario. Porque cada día te afeitas ante el espejo con la sensación de que esa podría ser la última vez. Cada persona sospechosa que se aproxima supone una descarga adicional de adrenalina, y cada día se cruzan en tu camino decenas de personas sospechosas, lo que supone que durante unos segundos cada vez, tu cerebro obligue al resto del cuerpo a estar en completa situación de alerta. Por eso, cuando alcanzo a tener vacaciones no puedo conformarme con estar tumbado en la arena, o con pasear por la montaña. Necesito esa dosis diaria de adrenalina y me someto a riesgos disparatados de manera consciente: paracaidismo, puenting , supervivencia... Y por eso también, no alcanzo a entender cómo a la hora de la verdad, el miedo me paralizó y cómo me limité a ver las balas asesinas dando alcance a mi protegido. Absolutamente paralizado, absolutamente decidido a no mori...

El púgil

Había bajado la guardia, y los directos del contrario llegaron a su cara sin reducir un ápice su potencia. El primero le hizo levantar la cabeza y el segundo enganchó de pleno el mentón, mandándolo a la lona. Oyó al árbitro contar: uno, dos, tres, cuatro. "Si le oigo es que no me he dormido", pensó e intentó ponerse en pie. Lo logró cuando la cuenta llegaba a nueve, pero el árbitró levantó la mano del otro púgil como vencedor. En realidad no se tenía en pié. La mirada perdida y el paso inseguro persuadieron al árbitro de la conveniencia de parar la pelea. Pero aquella derrota fue la última en el ring y la primera que le infringió la vida. A media que descargaba su furia en los puños y éstos en el viejo árbitro, iba alimentando su odio con las imágenes de derrota que le habían perseguido desde entonces. Cuando terminó de repasar su biografía le espetó al amasijo de sangre: – A ver si te puedes levantar. Uno, dos, tres, cuatro...

Heracles llora

El rayo cayó justo a su lado. La honda expansiva de la explosión le desequilibró, tirándole al suelo. Se incorporó rápidamente y elevó los brazos al cielo. Con el rostro plagado de lágrimas gritaba al cielo, mientras las gotas de lluvia limpiaba la sangre de sus manos, la sangre de sus hijos. – ¿Por qué? ¿Soy tu hijo o soy un juguete de tu capricho? Dime padre qué soy para ti. La tormenta comenzó a alejarse y Heracles quedó arrodillado, incapaz de moverse, paralizado por la culpa de haber matado a sus hijos, maldiciendo a su padre y su destino.

Otro caso perdido

Lo supo nada más mirar a la enfermera. En sus ojos leyó la pena distante, esa que cada cual siente cuando alguien conoce la muerte de otro alguien al que se desconoce, o al que apenas se conoce. Sin embargo en los ojos del médico no pudo leer más que la dura coraza de la costumbre. ¿A cuántas personas les habrá dicho que van a morir? Pensó. Luego preguntó: ¿Cuánto me queda? El médico le siguió mostrando la faz pétrea, ni siquiera le desarmaba la sinceridad de alguien que se reconoce perdido. "No sabría decirle, tal vez un par de meses, seis a o sumo... Lo siento." Eso último lo añadió de compromiso. Ni lo sentía ni lo dejaba de sentir. Sólo era otro caso perdido más.

Palabras que son ruidos

Los ecos cercanos de aquellas hazañas habían llenado su infancia de aventuras lejanas. Cada carta que llegaba a casa era el preludio de un relato emocionante y emocionado. Las palabras que su madre iba leyendo siempre sonaban llenas de emociones y se referían a mundos lejanos y luminosos. Cada carta era una nueva puerta a la imaginación y un nexo de unión con ese padre que apenas conocía más que por unas ajadas fotos, pero al que amaba profundamente gracias a sus fabulosos relatos. Pero un día, aquellos sonidos frondosos se transformaron en ruidos, estruendos atronadores inventados por su madre para ocultar la realidad. Su padre no viajaba por el mundo viviendo aventuras. Ni siquiera escribía cartas. Pasaba los días contemplando el paso de las nubes desde una oscura celda marroquí, fumándose el dinero que le mandaba su mujer envuelto en los recuerdos de una memoria cada vez más confusa.

El ocaso del líder

A mitad de camino de ninguna parte, empapados hasta los huesos y cansados de vagar sin rumbo en una jungla eterna, los hombres se fueron parando uno a uno. Ya no había escapatoria, el tiempo y el ejército se les estaban echando encima. El líder, quien les había conducido hasta aquel callejón sin salida, quien les había arrastrado de victoria en victoria semanas antes, ahora se mostraba dubitativo; no sabía qué hacer y, lo que era peor, se le notaba. Desde detrás de la poblada barba, les miraban unos ojos huidizos, que decían quiero rendirme, mientras que de su boca salían palabras de esperanza, de ánimo y de rabia. Más por pena que por convencimiento algunos se levantaron y comenzaron a andar de nuevo. Pero todos quedaron paralizados cuando a sus espaldas oyeron los tiros de los fusiles oficiales y supieron que ya estaban muertos. El líder lanzó entonces una orden de ataque, pero sólo él acudió a cumplirla.