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No hicimos el amor

No hicimos el amor, follamos. Porque follar es más animal, más urgente. Follamos con la desesperación de los condenados a muerte; follamos clavándonos las uñas, lamiéndonos los cuerpos. Follamos hasta que el sueño nos venció, en algún momento, sin saber muy bien cuándo.  Al despertar éramos otras personas. Nuestros ojos se cruzaron. Yo leí en los tuyos vergüenza, en los míos había remordimiento. Dejamos la habitación sin apenas decirnos nada. Un tímido adiós que sonaba como un hasta nunca.  Solo las sábanas impregnadas con nuestros olores seguían empeñadas en recordarnos. Aunque cuando las camareras de piso hicieran la habitación, apenas nuestros silencios culpables serían testimonio de aquella noche.

Follamos

Follamos. El deseo, la desesperación y la urgencia nos impidieron hacer el amor. Los besos rozaban el mordisco y las caricias se quedaban atrancadas en pellizcos de carne, como si temiéramos que el otro pudiera salir corriendo en cualquier momento. La vendedora tal vez pensó que era buena idea que viésemos la casa a la vez, tal vez creyó que así nos decidiríamos antes o que las pujas serían mayores. Seguramente no se le ocurrió que la solitaria silla de la cocina terminaría convirtiéndose en el improvisado soporte de nuestra pasión. Follamos. Y luego, agotados por el deseo, la desesperación y la urgencia, cada uno se volvió a perder en su vida. Por eso no compré la casa.