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Mostrando las entradas etiquetadas como recuerdos

Pemán

   – Hacía mucho que no te veía, Pemán. Los surcos que traza el destino parecen rectos, pero irremediablemente se tuercen y se cruzan, a veces más de una vez a lo largo de una misma vida. Ella me llamaba Pemán porque le hacía gracia la forma en que declamaba las poesías en clase de don Jesús; entre afectado e intenso, decía. Fue mi primer amor, al menos el primero digno de ser guardado en los estantes de la memoria. En sus labios aprendí a besar. Mis manos conocieron la geografía de un cuerpo de mujer acariciándola, aún sobre la ropa. Y por ella llegaba a mi casa alterado y con urgencia por encerrarme en el baño. Pero un septiembre ya no regresó de las vacaciones y, en lugar de sus besos, solo recibí una carta de despedida en la que explicaba que su padre había sido destinado a Melilla. Y hoy estaba ahí, en la barra del bar del hotel, como si Laura me hubiera estado esperando todos estos años sentada frente a un Martini rojo. Hablamos durante horas. Yo le conté mis recuerdos d...

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

Felicidad congelada

Una fotografía pegada en la nevera, una sucesión de sonrisas ciertas, un instante de felicidad congelado: hoy, un disparador de la tristeza. Pero ahí sigue, rellenando el hueco que ni los imanes de viajes, ni las listas de la compra, ni los pos-its pueden ocupar.

El aroma de la juventud

Entraba con ella un suave aroma floral, fresco y juguetón. No se trataba de un perfume, era más sutil, era suyo. Era la definición olorosa de la inocencia, de la felicidad, de la falta de malicia y de maldad. Era la juventud. Entonces deseé que ese olor no se le fuera nunca. Que no tuviera que vivir decepciones, que la muerte no minara su optimismo. Que la mentira no la alcanzase nunca. Pero sabía que aquello era imposible. Lo único que yo podía hacer era olfatearla profundamente cuando pasase a mi lado. E intentar que su recuerdo perdurase para siempre en mi memoria.

Recordar una décima de segundo

http://tiempodenada.wordpress.com/ Hay muy poca gente con memoria perfecta, una maldición que haría las delicias de Borges, pero que implica recordar incluso aquello que se quiere olvidar. En mi caso, además, puedo remontarme hasta el mismo momento de mi nacimiento. Recreo los jadeos y gritos de mi madre, la voz acariciante de la matrona (supongo) animándola, y el diagnóstico del ginecólogo: “Definitivamente, es un niño”. Sin embargo, hasta donde yo sé, no hay nadie que sea capaz de vivir el tiempo real. Desde que suceden las cosas hasta que nuestro cerebro las procesa pasa una décima de segundo. Vivimos en un falso directo continuo. No quiero presumir, no voy a decir que mi proceso mental sea más rápido que el del resto, lo que sucede es que mi recuerdo es consciente de ese retardo y lo procesa. Por eso, mi percepción de los sucesos pasados es mucho más completa en el recuerdo que en el momento en los que los viví. Y por eso digo que lo mío es una maldición, porque recuerdo ní...

Esperanzas

Bajo aún más la cabeza, cierro los ojos y aprieto los dientes hasta que noto cómo el esmalte se agrieta. Las luces del avión se apagan y la cabina se inclina hacia delante. Vuelan algunas cosas y de los altillos de la nave salen las mascarillas. Pero no creo que nadie las coja. Todo el pasaje se haya en este momento parado en el tiempo, pensando en los sueños truncados, en las personas que no volverán a ver o en el pasado que no se repetirá. Miro hacia el horizonte. Por encima de la borda ya sólo el mar azul nos espera mientras comienza a tragarse la proa del barco. Los pasajeros que no han querido saltar o los que no han entrado a tiempo en las barcas salvavidas se agarran a las barandas, apurando hasta el último instante sus vidas. Por encima de los ojos de los transeúntes una nube oculta el sol y les permite vislumbrar durante un instante al hombre que cae desde lo alto. Soy yo, huyo de un incendio y concibo como última esperanza que el suelo no termine de hacer lo que comenzó el ...

Cansada de luchar

– Estoy cansada de luchar. Me lo dijo el domingo por la tarde,  mientras ponía todas sus fuerzas en mover los dos pesos muertos en los que se habían convertido sus piernas. Y, a diferencia de otras muchas veces, la creí. Mi duelo comenzó justo en ese instante. El trayecto en carrertera desde la residencia a mi casa fue el velatorio, con el llanto intentando inundar los recuerdos. Y en la mafdrugada del miércoles, se rindió.

Olor a oscuridad

La casa huele a oscuridad de años. Nada más abrir la puerta comienzo a vislumbrar la tristeza que se encierra entre estas cuatro paredes. A medida que libero las ventanas el aire fresco y la luz van desalojando los aromas rancios y me doy cuenta de que apenas quedan muebles. Entonces comprendo que sus últimos años han sido un lento viaje a la locura, adobado con la venta de sus viejos muebles. Y todo para mantener en secreto la vergüenza de su mal vivir. El polvo se acumula en las paredes de las habitaciones cerradas, algunas por más de una década, y comienzo a pensar en las posibilidades inmobiliarias que ofrece un piso así. Pero, de inmediato, me arrepiento de un pensamiento tan poco apropiado al luto. Llego por fin al que fue su dormitorio y observo su último refugio. En una esquina, sobre lo que fue una mesita de noche, se acumulan estampillas de santos y restos de velas. Aunque, entre los santos, veo la foto de mi primera comunión y entonces no puedo dejar de sentir una enorme t...