– No puedo ser perdonado, yo no escribo. Vomito. Sé que los más empáticos me excusarán con aquello de la intención. Ni es buena, ni jamás pretendió serlo. Quería trascender, ser como ustedes, formar parte de este tribunal para las generaciones de escritores venideras. Pero me he dado cuenta a tiempo. No escribo, vomito. Y no puedo dejar de hacerlo. No me consideren para el puesto, no me lean, olviden incluso que una vez estuve aquí. Tan solo dejenme seguir vomitando.