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Imperio

- ¡Alea iacta est! Aquellas palabras recién pronunciadas volvieron a sonar en su memoria. Estaba entrando en la historia de Roma posiblemente para siempre, pero no deseaba este desenlace. Incluso ahora, con sus partidarios humillados, con sus legiones al otro lado del Rubicón, creía que el asunto se arreglaría sin que se llegaran a cruzar las armas. Su última propuesta no podía ser más ecuánime: Pompeyo y él fuera de juego a la vez. Seguramente, el viejo Cicerón no podría volver a acusarlo de querer controlar Roma a cualquier precio. No obstante, había meditado mucho este paso y estaba dispuesto a llegar hasta el final que no era otro que conquistar todo un imperio, casi a la manera de Alejandro. Miró a su alrededor y fijó su atención en los ojos de un legionario cuyo cuerpo surcado de cicatrices dejaba constancia de sus largos años de milicia. Allí fue dónde César vió que ningún Pompeyo o Cicerón podría torcer su voluntad y se supo, por primera vez en esa campaña, vencedor.

El mapa maldito

Su sueño le costó la vida. Cuando se lo contó al sultán por primera vez, a éste le pareció que la idea tenía sentido. Un mapa pormenorizado de todos los dominios del Imperio de la Sagrada Puerta resultaría una herramienta estratégica muy útil en tiempos de guerra. Se hicieron venir geógrafos de todos los rincones del imperio, y los mejores artesanos de Estambul fueron puestos a la tarea de representar en tres dimensiones cualquier río, montaña o pradera que hubiera en las fronteras del reino. Los jardines de Topkapi fueron sacrificados para dejar espacio a la enorme maqueta que día tras día crecía sin parar. Al cabo de diez años de duro trabajo, el Bósforo, la península de Anatolia y hasta las estribaciones de los Cárpatos estaban representadas con un grado de realismo nunca antes alcanzado. El sultán estaba gratamente satisfecho y él fue nombrado astrólogo real. Pero no se conformó. Logró convencer al sultán de la necesidad de poblar aquel paisaje desnudo de sus habitantes: casas, pla...