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Mostrando las entradas etiquetadas como vidas paralelas

Vaya mierda de noche

Vaya mierda de noche que he pasado. Podría haber contado las vueltas que han dado las aspas del ventilador del techo a poco que me hubiera esforzado. Eso si no hubiera pasado las horas repasando los números una y otra vez. En los costes no me he equivocado, estoy seguro. Serán más o menos los que he calculado. Pero el problema son los ingresos, los putos ingresos. Vete tú a saber si mis estimaciones son realmente objetivas o solo son el reflejo de mis deseos, como tantas veces les he dicho a los clientes en el banco.  Imagen creada con Copilot Tal vez tendría que haberme quedado donde estaba, de ocho a tres, con mi mes de vacaciones pagadas y un horizonte profesional razonablemente estable de aquí a la jubilación. Es lo que les hubiera gustado a mis padres. Y a mis hijos. Dicen que estoy loco, que ya no soy un niño, que debería estar pensando en la jubilación y no en aventuras empresariales disparatadas. Qué cómo se me ocurre a mis 58 años. Lola incluso me acusa de no querer dedica...

Confesión conspiranoica

Yo empecé en esto de las conspiraciones por puro azar, pero he de reconocer que de niño ya apuntaba maneras. Vale que no existían las redes sociales, que lo amplifican todo enormemente al multiplicar la audiencia potencial, pero el patio del colegio podía funcionar como un pequeño twitter a escala. Creada con ChatGPT Debía estar en quinto o sexto de EGB y acababa de leerme la Isla del Tesoro. Lógicamente, me encantó y, entre otras cosas, me quedé con el detalle del mensaje que anunciaba la muerte del viejo pirata. Era enormemente dramático. Y se me ocurrió una historia que puse en práctica en el colegio al día siguiente. Fue mi primera conspiración viral: la maldición de la mano negra. Era una tontería, pero es que una conspiración no tiene por qué parecer inteligente; de hecho, la estupidez aporta credibilidad: ¿quién se va a inventar una imbecilidad como esa? Si la gente la cuenta es porque tiene que ser verdad. La maldición de la mano negra conllevaba enormes desgracias al portador ...

Los comentarios

El 23/06/2024 a las 14:45 Cucurbitacea_indiscreta ha escrito: ¿Qué ha pasado durante todo este tiempo? ¿Dónde has estado metido? El 23/06/2024 a las 14:53 ElVaraPalo ha escrito: Este cuento, ¿es verdad o es mentira? ¿En serio has estado navegando alrededor del mundo en un velero construido por ti? No me lo creo. Además, las fotos tienen pinta de ser de algún almacén de esos digitales. El 23/06/2024 a las 14:56 ElVaraPAlo ha escrito: O creadas por inteligencia artificial. El 23/06/2024 a las 18:27 Verónica Magnolia ha escrito: ¿Te parece bonito dejarnos seis meses sin cuento? Ya te lo dije una vez, te estás relajando. Recuerdo que al principio publicabas casi a diario y ahora desapareces durante meses. El 23/06/2024 a las 23:58 Libertad Maniatada ha escrito: Cada vez son peores tus cuentos, deja de escribir y ahórranos a la humanidad el trabajo de tener que evitar tus textos. El 24/06/2024 a las 03:17 Blue Dreamer ha escrito: Me gusta tu contenido. V I A G R @ S I N R E C E T A. Más i...

Empatía artificial

«Posiblemente se trate de la actualización del antivirus. En ocasiones, si hay un corte de electricidad o algún enganche en las actualizaciones previas, el ordenador se queda en una especie de limbo en el que el servidor le capa la conexión al no localizar la versión adecuada del antivirus. Nos lo llevamos y hacemos las actualizaciones pendientes por nuestra red de carga, que es libre, y en un rato lo tienes de nuevo en la mesa». Eso me había dicho Alfonso, el informático que atendió mi petición. Mi veterano ordenador había decidido desconectarse de la red corporativa tras la vuelta de las vacaciones de Semana Santa. Pero de eso habían pasado ya más de tres horas y casi se había colado la mitad de la jornada laboral. Ya no me quedaba nada por hacer que no precisara de ordenador y conexión. Así que tuve que regresar a casa y terminar el día teletrabajando con el portátil corporativo, mucho más lento y mucho mucho más incómodo.  El martes me llevé el portátil a la oficina, por si la ...

La decisión acertada

En la academia de oficiales había hecho varios ejercicios sobre esta cuestión. A él le costaba mucho tomar la decisión acertada y, en la mayoría de las ocasiones, se equivocaba: acataba las órdenes cuando no debía y las obviaba cuando era necesario cumplirlas. En las últimas semanas, aún encontrándose lejos del frente, comenzó a maldormir a causa de unas pesadillas recurrentes en las que se veía alternativamente pulsando el botón y descerrajándole un tiro al presidente. Cuando se despertaba alterado y sudoroso, intentaba tranquilizarse de la única forma que los militares de su edad y rango sabían hacerlo: con vodka. Al principio estaba seguro de que no tendría que tomar esa decisión, al fin y al cabo la previsión era la de una rendición rápida. Los estrategas habían planteado un escenario de resistencia a medio plazo, en el que el frente de avance ya habría alcanzado la capital y entre un 50 y un 60 % del territorio enemigo. La negociación sería entonces rápida y todos recibirían nueva...

Trotski, el labrachicha

La carta nos llegó tres días después de su fallecimiento, el 12 de mayo de 2022. Por fin, y tras cinco años de idas y venidas, de varios hackeos y de decenas de excelsas falsificaciones de certificados de pedigrí y análisis de ADN, la Federación Mundial de Razas Caninas Selectas reconocía que nuestro Trotski era el ejemplar prototípico de la nueva raza labrachicha, derivada de diversos cruces entre labradores, pastores alemanes y téckeles. Apenas nos sirvió de consuelo; en realidad nos devolvió la punzada en el alma que ya nos había producido Google cuando nos recordó la mañana en la que estaba programado su sacrifico el día que llegó a casa, justo trece años antes. Nuestro flamante labrachicha llegó a nuestras vidas un 9 de mayo de 2009, proveniente de una protectora de Adra, lloroso y en una caja de cartón. A primera vista, el tamaño de sus patas prometía un perro considerable. Pero la promesa solo se cumplió en parte, ya que de su herencia labradora sacó un potente ladrido (impropi...

Alfa y omega

Lucía nació un 25 de diciembre por cesárea. Entonces el plazo de recuperación solía se de una semana, así que para el día de año nuevo estaba prevista su llegada al hogar. Pero, por razones desconocidas, a la niña le sobrevenían violentos ataques de fiebre car vez que los médicos comenzaban a tramitar el alta. El 6 de enero nació en el mismo hospital Alejandro, de parto natural. Ambos bebés durmieron cuna con cuna durante dos noches y solo cuando se llevaron al niño desaparecieron los ataques de Lucía. Volvieron a coincidir en la guardería, donde jugaban juntos a diario. El día que alguno de los dos faltaba al centro, el otro pasaba las horas de mal humor, llorando por cualquier causa y aislado del resto de niños. Ahí se acabaron las coincidencias. Luego, Alejandro se fue con sus padres a otra ciudad. Allí creció, allí se educó y allí terminó formando una familia, y luego otra y luego dejó de intentarlo. Lucía se pasó la infancia y luego la vida notando que algo le faltaba, nunca termi...

Una vida no lineal

Creo que todo comenzó el 26 de julio de 1991. Yo acababa de terminar la carrera de Empresariales y, antes de incorporarme a un puesto de trabajo en una caja de ahorros, estaba pasando mis últimas vacaciones de estudiante en La Línea. Habíamos llegado a la playa de Levante y, como de costumbre, me lancé directamente al mar. Lo había hecho cientos de veces, pero aquella tarde calculé mal, salté con más fuerza y más cerca de la orilla que otras veces. Aunque mis brazos iban por delante, el impulso y la cercanía inesperada del fondo los doblaron, de forma que recibí un tremendo golpe en la cabeza, fruto del cual me aplasté una vértebra, perdí media paleta y el conocimiento. Recuerdo haberme despertado en mi cama completamente desorientado, haber llegado a la cocina de casa y recibir de mi madre, en lugar de un abrazo y un beso, una soberana bronca por las horas a las que había llegado la noche anterior y por la vergüenza que había pasado mintiendo a mi jefe al excusarme. Era el 12 de mayo ...

El hombre sin latido (o el prejubilado)

–No puede ser, debe haber algún fallo. La médico comprobaba las conexiones, los sensores estaban bien pegados en el cuerpo, los cables todos conectados, cada uno en su sitio, la máquina estaba encendida y, aparentemente, recibiendo lecturas. Sin embargo, en el papel no aparecía pulsación alguna. –No me lo explico, o la máquina se ha roto o eres un zombi con muy buen aspecto. Justo hace diez minutos he atendido a otra empleada y la máquina funcionó perfectamente –se rascaba la cabeza mientras lo decía–. Debe ser un error del software, así que tendrás que volver cuando lo arreglemos para repetir la prueba. Inmediatamente comenzó a despegar las ventosas. –Por lo demás todo parece estar bien –continuó–. Has adelgazado mucho, ya me contarás cómo lo has hecho; aunque has perdido un poco de agudeza visual y hay una longitud de onda que te cuesta escuchar. Pero eso es normal a tu edad. Vamos, que tienes buena salud, salvo este pequeño detalle. –Que no me late el corazón… –Que la máquina dice ...

Buscando historias en los cajones

Existe un momento especial, al principio de la noche, en el que mi cabeza es capaz de hilvanar historias magníficas, relatos en los que todas y cada una de sus partes encajan como un mecano perfecto. Luego, según el pensamiento se va deshilachando entre las ráfagas de sueño, el olvido las va desdibujando poco a poco. Hace años leí que los recuerdos, los conscientes y los inconscientes, se almacenan en la mente como en una enorme biblioteca de millones de ejemplares. Para acceder luego a ellos, y localizar su posición en los anaqueles, hay que buscarlos en un gigantesco mueble cajonera repleto de fichas bibliográficas. Antes apenas echaba mano de él, porque era capaz de retomar el hilo de la narración de la noche anterior con solo proponérmelo. Ahora, sin embargo, paso la mayor parte de esas duermevelas buscando como un loco en los cajones del archivo la ficha que me permita recordar al menos una de las historias imaginadas en las cada vez más escasas noches de creación. Pxfuel.com

Un corazón corporativo roto

En las muchas noches de insomnio había imaginado cada detalle, desde el tipo de pistola hasta la forma de las salpicaduras de sangre y sesos sobre el cristal de la ventana. Por eso aquella mañana todo tenía un cierto aire de déjà vu: el saludo del guardia jurado al pasar por el torno de entrada, los problemas de velocidad en el ordenador al conectarse a la intranet de la empresa, la redacción del correo al consejero delegado con copia a la directora de recursos humanos, la frase me habéis roto el corazón, el tacto del metal de la pistola, los segundos de intensa duda, la extraña forma de vía láctea de su cerebro en el cristal, la llegada precipitada de la policía, los comentarios de los compañeros, no lo supimos ver, se le notaba triste, ¿quién se lo dice a su mujer?  

Pemán

   – Hacía mucho que no te veía, Pemán. Los surcos que traza el destino parecen rectos, pero irremediablemente se tuercen y se cruzan, a veces más de una vez a lo largo de una misma vida. Ella me llamaba Pemán porque le hacía gracia la forma en que declamaba las poesías en clase de don Jesús; entre afectado e intenso, decía. Fue mi primer amor, al menos el primero digno de ser guardado en los estantes de la memoria. En sus labios aprendí a besar. Mis manos conocieron la geografía de un cuerpo de mujer acariciándola, aún sobre la ropa. Y por ella llegaba a mi casa alterado y con urgencia por encerrarme en el baño. Pero un septiembre ya no regresó de las vacaciones y, en lugar de sus besos, solo recibí una carta de despedida en la que explicaba que su padre había sido destinado a Melilla. Y hoy estaba ahí, en la barra del bar del hotel, como si Laura me hubiera estado esperando todos estos años sentada frente a un Martini rojo. Hablamos durante horas. Yo le conté mis recuerdos d...

Una apuesta que no podré cobrar

Haber imaginado tantos escenarios futuros para tu vida a veces provoca que el presente tenga cierto regusto a pasado. Hace años pensé que mi vida no alcanzaría las seis décadas, me convencí tan profundamente de ello que incluso aposté con mi amigo C a que no llegaría a celebrar mi 60 cumpleaños. Y ahora ya sé exactamente como voy a ganar aquella apuesta macabra. Será la COVID-19 quien acabe conmigo. Y lo hará cuando ya apenas haya contagios, cuando esté a punto de salir su vacuna y cuando los telediarios presten más atención al estado de las playas que al de los hospitales. Mi cuerpo será incinerado a toda prisa y mis amigos organizarán una reunión de Zoom para hacerme un funeral. Todos hablarán de mi y recordarán los momentos gloriosos compartidos. Y, por supuesto, también los más penosos, como aquel episodio heroico de París que bien pudo no haber sucedido nunca. Eso sí, C tendrá que reconocer que le gané la apuesta y ofrecerá un brindis por mi alma, aunque casi ninguno de los pres...

Hermano pájaro

El pájaro, cuyo nombre desconocía, voló tras recoger su ración diaria de migas de pan. Sabía que era el mismo, el del resto de los días. La cuarentena para él debía ser mucho más estricta que para el resto. Su enfermedad, la que se había convertido en su centro de gravedad en los últimos dos años, lo mantenía con el sistema inmonológico deprimido, así que ahora dependía de su familia más que antes. La sensación de impotencia no había hecho más que crecer con la enfermedad: saberse enfermo, saberse dependiente de los médicos, verse de vuelta en casa de sus padres sin posibilidad de ganarse la vida con su trabajo... Y, ahora, esto. Una enfermedad de esas que nunca se producía en el primer mundo, una situación de esas que solo se veían en televisión: en las noticias del mundo o en las películas de catástrofes.. Era el mismo pájaro, estaba seguro, porque le faltaba la garra de la pata izquierda y siempre acudía a la misma hora. El pájaro, como él, se encontraba en desventaja con el resto ...

Nicolai en voz baja

No se llamaba Jordi. No era ingeniero, o al menos, no solo era ingeniero. No le gustaba el ejército, ni le interesaba lo más mínimo la política de defensa de Europa. No deseaba ese puesto en Bruselas y no sintió ninguna pena cuando lo detuvieron los agentes del CNI. Jordi Semprún en realidad se llamaba Nicolai y tenía pasaporte ruso. Desde muy pronto supo que él no era como los demás. Sus padres se encargaron de enseñarle en secreto el idioma de su verdadera patria y le encaminaron por la vida en función de las necesidades del Kremlin. Hasta los 18 fue un agente durmiente, pero cuando entró en la Academia de Zaragoza comenzó su actividad de espionaje. La primera misión fue informar sobre las actividades del más famoso de sus compañeros, Felipe de Borbón. Aquello era bastante inocente; básicamente enumerar salidas nocturnas, cotilleos de barracón y recortar revistas del corazón. Luego vino la desmembración de la Unión soviética y el sueño de ser libre por primera vez en su vida. Du...

En 1982 el futuro quedaba lejos

En 1982 el futuro quedaba aún muy lejos. Éramos niños que comenzaban a convertirse en hombres y que se lanzaban a poseer un mundo que los adultos ya no comprendían. Éramos los futuros reyes del Universo. Aquel año, que realmente comenzó en Mallorca y con la resaca de un Mundial en España, fue también el de los primeros cigarrillos, el de los primeros besos a escondidas y el del primer corazón roto. Supuso el cambio definitivo. Dejamos atrás las voces infantiles y comenzamos a abandonar en la cuneta de las drogas y del SIDA a muchos de nuestros amigos. Entonces no lo sabíamos, porque el futuro quedaba lejos y morirse no era una opción, pero en 1982 cruzamos la frontera entre el mundo de los niños y el bronco devenir de la realidad.

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía. En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle. La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente es...

Autoestop

La conversación era a ratos inconexa, pero lo achaqué a lo temprano de la hora y los ruidos del viejo coche. A duras penas supe que era médica, que iba camino de Jaén a hacer un curso de formación continua y que su hija había comenzado medicina, aunque abandonó el primer año. La llevé hasta el cruce de Dólar y allí me hizo parar. Quedé a un lado de la carretera con los cuatros intermitentes encendidos. Salió del coche otra vez con el chaleco reflectante ya que iba a parar "a otro paciente". Y yo me quedé pasmado y con una extraña sensación de dejavù.

Un muerto muy rumboso

Una leve llovizna humedecía el lento amanecer de otoño. Por las calles desiertas del pueblo avanzaba evitando alternativamente los charcos y los desagües. De pronto sonó atronadoramente Paquito el chocolater o. Lo primero que pensé es que algún vecino desaprensivo había perdido la cabeza o el oído.  Sin embargo, no tardé en descubrir debajo de una cornisa un altavoz de edad avanzada. Imaginé entonces que se trataba de la diana de un pueblo en fiestas y con mala leche. Sin embargo, la música se cortó de pronto y en su lugar una voz masculina comunicó al pueblo la muerte de María Riquelme, la molinera, madre de Isabel Rico. Nos dijo el lugar del velatorio, así como la hora de la misa y, luego, otra vez de manera abrupta, volvió a sonar Paquito el chocolatero durante unos segundos. La calle volvió entonces al ligero silencio de la lluvia. Al llegar a la puerta del banco entablé conversación con una vecina y le pregunté por la forma tan curiosa de informar de un deceso. Ella me mi...