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Mostrando las entradas etiquetadas como Dioses ¿verdaderos?

Llovió

Llovió. Llovió hasta que los techos se curvaron por el peso del agua. Llovió hasta que los muros se empaparon como esponjas. Llovió hasta que todo aquello que era sólido comenzó a disolverse. Encaramados a las ramas más altas rezaron a los viejos dioses y a los nuevos; a los falsos y a los verdaderos. Por unas horas, el cielo pareció escucharles. Y luego llovió.

El siervo de Amón

El desierto esperaba amarillo y seco su llegada. El templo quedaba atrás, junto con sus sueños de servir al Dios para el resto de sus días. Su pecado: haber descubierto la verdad. No había magia en las predicciones de los sumos sacerdotes, todo lo que decían ya estaba escrito en los pergaminos más viejos. Y, si las predicciones no eran de origen divino, tampoco las crecidas de río debían serlo. La arena quemaba sus pies; no era una hora apropiada para deambular fuera de la ciudad. Los hombres se refugiaban bajo los techos a la espera de que el sol perdiera algo de intensidad. El calor mantenía vivos sus pensamientos. ¿Cómo habían podido engañar durante tanto tiempo a tanta gente? Sólo una mezcla de poder e ignorancia lo había permitido. Cuando alguien, como él mismo, reconocía el fraude, simplemente se le expulsaba del Templo. Ahora tendría que vivir de la caridad de los campesinos, usando sus pocos conocimientos de curación y haciendo creer a todos que aún era un devoto siervo de Amón

Tormenta en la selva

Mira a su izquierda, cree ver en medio de la cortina de agua que cae una ventana entreabierta. Alguien, una mujer quizá, está asomada y parece mirar en su dirección. Un poco más al fondo, en la misma calle, un hombre aprieta el paso, convencido de la incapacidad de su paraguas para frenar tan gigantesco aguacero. Ella está en la esquina, iluminada por una triste farola, una auténtica reliquia del pasado, el agua rebota contra su chubasquero y entonces recuerda otras lluvias, aguas tropicales que calan como esta y que marcan el ritmo de los días, allí en su antigua patria. Recuerda entonces las historias de su abuela y, mecánicamente, sus brazos se elevan mientras sus labios musitan una antigua plegaria a la Pachamama.

El testamento

En tiempos antiguos los antepasados adoraban a la Diosa Tierra y al Dios Sol y era suficiente. Su amor y el respeto que los hombres les tenían hacían que año tras año naciera la lluvia y nuestros campos brotaran con las doradas espigas. Sin embargo, ahora, el respeto a los dioses se ha perdido, los hemos olvidado para dar cabida a otros, mucho más parecidos a los hombres, unos dioses que han ocupado el sitio de los espíritus pimigenios y que han sepultado su recuerdo. Escúchame bien, hijo, esos dioses no son los nuestros, los trajeron los invasores y algunos de nosotros traicionaron la memoria de los antepasados para así medrar ante los nuevos amos. Hijo, mientras te quede una pizca de vida en los labios, pregona esta verdad entre los nuestros: que oren a los dioses de los antepasados o no volverá la lluvia.