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Mostrando las entradas etiquetadas como castigo divino

Temer el tiempo

Tener tiempo. Tener tiempo. Tener tiempo. Temer al tiempo. El mantra de tantos años se había convertido en una realidad. Las prisas, los agobios de última hora, que siempre fuera última hora. Las noches sin dormir pensando en todo por hacer, dejando de lado lo superfluo (familia, amistades: hijos). De pronto la prisa cesó. Salí de golpe de la galerna y me vi en medio de un eterno mar de los sargazos. Al fin tengo tiempo. Pero ya nadie lo tiene para mi: mi mujer hace mucho que dejó de serlo, mis hijos no saben reconocerme y no me quedan amigos. Ni siquiera mis antiguos compañeros de tormentas; tienen ahora sus proas apuntando hacia mares que yo ya no surcaré. Y tengo tiempo, y ahora me da miedo...

La sombra cabrona

En la literatura, también en la esotérica, es posible encontrar casos de sombras rebeldes e independientes, de sombras que desaparecen, o de sombras que cometen asesinatos. Incluso en entre la creciente colección de relatos de No mas de 15 al día hay alguno sobre sombras que pasan hambre . Pero no he logrado encontrar nada parecido a lo que me sucede. En cierta forma, podría decirse que mi sombra se encuentra en el grupo de las rebeldes, aunque su rebeldía consiste en hacerme pequeñas maldades; putadillas que contadas de forma individual hasta resultan graciosas, pero que por repetición y acumulación son un verdadero problema. Una de las cosas que más a menudo me hace es ponerme la zancadilla, especialmente cuando estoy haciendo deporte o caminando deprisa. Obviamente su objetivo es que caiga y, en la mayor parte de las ocasiones lo consigue. Por eso he tenido que dejar de salir a correr y de jugar al fútbol con los amigos. Para mantenerme en forma corro sobre una cinta casera a oscu...

El siervo de Amón

El desierto esperaba amarillo y seco su llegada. El templo quedaba atrás, junto con sus sueños de servir al Dios para el resto de sus días. Su pecado: haber descubierto la verdad. No había magia en las predicciones de los sumos sacerdotes, todo lo que decían ya estaba escrito en los pergaminos más viejos. Y, si las predicciones no eran de origen divino, tampoco las crecidas de río debían serlo. La arena quemaba sus pies; no era una hora apropiada para deambular fuera de la ciudad. Los hombres se refugiaban bajo los techos a la espera de que el sol perdiera algo de intensidad. El calor mantenía vivos sus pensamientos. ¿Cómo habían podido engañar durante tanto tiempo a tanta gente? Sólo una mezcla de poder e ignorancia lo había permitido. Cuando alguien, como él mismo, reconocía el fraude, simplemente se le expulsaba del Templo. Ahora tendría que vivir de la caridad de los campesinos, usando sus pocos conocimientos de curación y haciendo creer a todos que aún era un devoto siervo de Amón

Desmoronamiento

Foto: Urbanity.es El muro de hormigón se derrumbó de abajo hacia arriba. La base, cansada de mantener el peso de los metros superiores, se fue convirtiendo en polvo, en poco más que arena de playa gris. Y el resto de la pared fue colapsando a medida que se deshacían los centímetros inferiores. No podía ser aluminosis, tampoco un efecto de la erosión. Detrás de aquel inexplicable fenómeno había ago más, algo inexplicable que había estado derrumbando diversos edificios alrededor de todo el mundo. Los grandes iconos de la arquitectura del siglo XX caían uno tras otro: las grandes torres del sudeste asiático o de Oriente Medio, el nido de Pekín y, ahora, la ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia... Pero también caían los edificios normales, los poblados por la gente, los que de verdad suponían una catástrofe  para sus habitantes. No era aluminosis, pero los científicos de todo el mundo se esforzaban por encontrar una razón: una bacteria come hormigón, un sabotaje en gra...

La ira de los dioses

Durante semanas la lluvia cayó, arrastrando a su paso toda planta, animal o roca que no había sido talada, cazada o movida por los humanos. Todo fue mezclado en un barro primigenio, lleno de vida y, a la vez, sembrado de muerte. Los hombres enfrentaron sus lanzas y escudos, inútiles, ante la avalancha. Las mujeres usaron los gritos y las súplicas a los dioses, que no las quisieron oir. Su ira convertida en barro cubriría durante siglos el poblado, condenando al olvido, de paso, sus propios nombres.