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Mostrando las entradas etiquetadas como sueños sencillos

El premio

Las rutinas son el calmante que usamos en nuestra vida diaria para ocultar el aburrimiento, para obviar que la mayor parte de nuestras vidas es perfectamente insulsa. Ana María mantiene infinidad de rutinas; de hecho, la mayor parte de su día está dictado por ellas. Siete de la mañana, despertador; siete y cinco, comienza a sonar la radio; a las y cuarto ya está saliendo de la ducha; desayuno rápido con café y pieza de fruta; 20 minutos andando al trabajo escuchando el podcast diario de la BBC para que el inglés no se oxide; saludar al agente de seguridad de la puerta, entrar en la oficina, encender el aire acondicionado, arrancar el PC que cada día va más lento, comenzar a procesar documentos: pedidos, facturas, transferencias. Desayuno con tostada y segundo café a eso de las diez, en Casa Amalia, casi nunca acompañada, mirando el ABC en el móvil, máximo 20 minutos. De vuelta a la oficina y a los documentos hasta las tres.  Imagen generada con DALL•E Comprar de camino a casa la co...

Historias de la duermevela

Las mejores historias siempre se me ocurren en ese momento especial entre la vigilia y el primer sueño, un estado de duermevela en el que las ideas se agolpan en la cabeza y los argumentos se apresuran a salir en tropel. Casi todos los descarto, pero a veces mis neuronas se quedan jugando con alguno. Lo soban, lo sopesan, le dan vueltas y terminan componiendo una genialidad. Noto al orgullo llenar mi pecho. Obviamente, a esa hora estoy tan cansado que ni siquiera hago el intento de traspasar la idea a una nota de voz y, ni mucho menos, a la pantalla en blanco del ordenador. Procuro mantenerla en la cabeza para ver si así, al día siguiente, la consigo recordar. Solo en unas pocas ocasiones lo he logrado. Cuando ese milagro se produce, corro a ponerme delante del teclado a trasladar la idea, Suele salir del tirón, como cuando de niño tus padres te pillan en la mentira y el alivio te permite decir de golpe toda la verdad. Escribo, transcribo, la historia de mi memoria al papel o al orde...

El informático que se hizo mayor

Jugando. Su vida ha transcurrido jugando. Cambió el balón y los madelmanes por el ordenador que, a falta de juegos, debió aprender a programarlos. Copiando trozos de código basic para que una A mayúscula disparara misiles en forma de puntos contra amenazadoras emes mayúsculas y minúsculas. El juego se convirtió en profesión y pasó del diseño de letras asesinas al de programas de nóminas y protocolos de redes con la misma naturalidad con la que dejó de correr tras el balón para sentarse tras la mesa de su habitación. Para él su trabajo no era más que una prolongación del juego, hasta que esta mañana, por primera vez en su vida profesional fue llamado al despacho del gerente. Y esta vez no era para un ascenso, o para contrarrestar la oferta de un competidor con un aumento, sino para anunciarle que oficialmente pasará a ser un número más de las listas del paro. En ese momento, justo en ese, supo que se había hecho mayor, porque quiso haber vuelto a la infancia y haberse ded...

El primer deseo del año

La mañana amaneció fría, aunque despejada. Por la ancha avenida que se abría paso hasta el mar apenas se notaba una ligera brisa. Parecía imposible que la previsión metereológica de alerta amarilla por fuertes vientos se hiciera realidad. Después de unos días de descanso se acercaba de nuevo a la oficina, el lugar del que iba y venía tantas veces al cabo de los doce meses. Pero aquella mañana, acaso por el frío intenso que sentía en las orejas, se dijo a si mismo que ese sería el último dos de enero en el que atravesaría aquella puerta. Haría todo lo posible por lograr cambiar de empleo en aquel nuevo año que comenzaba. Pero aquella misma mañana, cuando sonó el timbre avisando de la finalización de la jornada, y volvió a salir a la calle, lluviosa y azotada por un fuerte viento, se dijo a sí mismo, que si no encontraba ese nuevo empleo, pediría el próximo día 2 de enero de vacaciones.

La vida triste

Se había leído todo lo de Isabel Allende y había construido para sí una imagen del mundo muy especial, una mezcla de magia, amor y amor mágico a partes iguales. Sin embargo, dado que nunca le pasaba nada parecido a lo que leía en las novelas, concluyó que el mundo no era lo suficientemente romántico para mujeres como ella o Allende. De esa idea finalmente nació una obsesión, consistente en querer conocer a la escritora, contarle su vida y que ésta la novelara, aderezándola con sus selvas y sus magias. Cada año acudía, por tanto, como si de una peregrinación se tratara, a la feria del libro con el ejemplar editado para la ocasión, en busca de la firma de la autora y de una oportunidad para contarle su vida. Una oportunidad que nunca encontró, pero que logró, a fuerza de repetirse la escena cada año, que la escritora recabase en ella y que, finalmente, en 2006 terminara por recordar su nombre paa la dedicatoria. Apenas hizo falta nada más, ni siquiera que hablaran como dos viejas amigas...