Bajo la bandera de mi alma viajera, abandono la ruta que me lleva a tus ojos. No quiero ser más como la roca y el mar que se hieren de muerte en cada encuentro. Las estrellas son ahora mis faros, luciérnagas del Universo inaprensible. Se acostumbras mis pupilas a mirarlas, refulgentes, cada noche de verano. Acomodo el ritmo de mis pasos al olvido que dictan desde arriba las neuronas y siento, avergonzado, a cada paso que mis huesos aún añoran tus cuidados. El viento de los años azotará los versos que alguna vez soñé con dedicarte y sabrán entonces las hojas del cuaderno que ya no son tus ojos los que añoro.