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Mostrando las entradas etiquetadas como amigos de la infancia

En 1982 el futuro quedaba lejos

En 1982 el futuro quedaba aún muy lejos. Éramos niños que comenzaban a convertirse en hombres y que se lanzaban a poseer un mundo que los adultos ya no comprendían. Éramos los futuros reyes del Universo. Aquel año, que realmente comenzó en Mallorca y con la resaca de un Mundial en España, fue también el de los primeros cigarrillos, el de los primeros besos a escondidas y el del primer corazón roto. Supuso el cambio definitivo. Dejamos atrás las voces infantiles y comenzamos a abandonar en la cuneta de las drogas y del SIDA a muchos de nuestros amigos. Entonces no lo sabíamos, porque el futuro quedaba lejos y morirse no era una opción, pero en 1982 cruzamos la frontera entre el mundo de los niños y el bronco devenir de la realidad.

Tirando a dar

El descampado sonaba tal y como lo hacen dos piedras al chocar. Jugábamos a lanzar lo más lejos posible diversos pedruscos, aunque siempre ganaba el mismo. La fuerza de su brazo era incomparable a la del resto y, una vez tras otra, sus lanzamientos nos sumían en la más profunda humillación. No lo preparamos, surgió así. Un día decidimos cambiar las reglas y dividirnos en dos equipos. Nos situaríamos a ambos lados del descampado y arrojaríamos las piedras los unos a los otros, tirando a dar. Cada uno tendría tres vidas: herido, grave y muerto. Y estaba prohibido llorar. Como nuestro entrenamiento había consistido en lanzamientos lejanos, lográbamos pegar duro, pero casi nunca con acierto, al menos hasta que pasados unos minutos comenzamos a acercarnos más a los objetivos. Y él era nuestro objetivo prioritario. La primera pedrada le dio en la rodilla, la segunda, casi inmediata, impactó en su pecho, y la tercera le acertó en medio del cráneo, cuando se agachaba por el dolor de las ante...

Cuándo éramos hijos

Vivir a escondidas de las preocupaciones, al cobijo de unos brazos más poderosos, sabios y grandes que los propios. Jugar a ser mayores, imaginando que los problemas siempre tienen solución. Jugar a ser salvajes, sin medir las consecuencias ni temer las represalias. Unir con saliva y lágrimas los desgarros en las rodillas; mentir con mirada huidiza sobre las causas de las heridas. Romper zapatos, pantalones y mochilas sin conciencia de coste; pedir el cielo y las estrellas sin miedo a pedir demasiado. Llorar cuando te duele, cuando te cogen, cuando te humillan, cuando te apetece, sin temor a resultar demasiado débil. Reñir con tus mejores amigos, cortar un hilo invisible y volver a unirlo con tijeras digitales. Contar tus sueños y tus miedos, y saber que siempre hay un último refugio entre los brazos de mamá. Ser hijos.

El regalo de cumpleaños

Como cada año desde hacía más tiempo del que le gustaba recordar, a eso de las seis de la tarde, comenzaban a llegar sus amigos. Al principio venían solos, pero según cambiaron sus vidas, comenzaron a venir con novias, novios e hijos. Alrededor de la misma mesa baldada se contaban en resumen los 12 meses anteriores y se dejaban arrastrar por los recuerdos comunes, cada vez más adornados por los desbarres de la imaginación. El motivo era su cumpleaños, un día de fiesta en medio de la Navidad, una tarde de pesada digestión en la que todos encontraban un hueco para pasar por su casa y tomarse un trozo de tarta infantil con él. Hacía tiempo que aquel acto se había convertido en rutina para todos y también hacía tiempo que David había entendido que ese era el mejor regalo de cumpleaños que nunca nadie le haría.