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Los fantasmas no tienen voz

El aviso llegó sin noticia previa. Vas a morir. El papel barato y algo arrugado, la tipografía elegida y lo directo del mensaje no le dejaron lugar a la duda. En algún zulo cercano, un arma estaba ya seleccionada para terminar con su vida. Él tampoco avisó: una tarde de asamblea entró en su sede y comenzó a gritarles. Les dijo lo que pensaba de ellos y ofreció su pecho por si algún valiente lo prefería a su nuca. Quería verles las caras, enfrentarse a sus verdugos, o a los que defendían a los verdugos; que sintieran sus manos manchadas con su sangre antes de que ocurriera. Apenas unos pocos le sostuvieron la mirada y solo uno de ellos se atrevió a interrumpirle: "tú ya estás muerto, es como si no estuvieras delante. No te escucho porque los fantasmas no tienen voz". "¿Que no tienen voz? Pues acuérdate de ello cuando te grite desde la tumba". 

Un arte manual

En sus manos grandes cualquier cosa parecía pequeña. Tampoco nadie podía dejar de fijarse en ellas, desproporcionadas con el resto del cuerpo, con dedos alargados. Manos de monstruo, le decían en el colegio los otros niños. Manos de elfo o de Paganini o de violinista, le decía su madre cuando lo descubría llorando. Las palabras de su madre, su voz tranquila y de terciopelo, eran siempre el bálsamo que calmaba su desprecio al dios que le había marcado de tal forma. A veces soñaba que una máquina gigante las cortaba, y que todos lloraban menos él. Su madre intentó que tocara el violín o el piano, convencida del alma de artista de su hijo. ¿Por qué si no Dios le había dotado de tan magníficas manos? Pero ni aquellas manazas ni su oído daban la talla de las aspiraciones maternas. Tan sólo un arte encajaba en aquellas manos: el de la muerte. Los cuellos se vencían entre sus dedos con la sencillez de los tallos tiernos. Y siempre había alguien dispuesto a pagar por sus actuaciones.

Demonios privados

"Hazlo. Hazlo", susurra a gritos la voz que suena en mi cabeza. Veo sus ojos llorosos pidiendo clemencia. Pero no puedo soltar mi presa alrededor de su cuello. Me pide perdón, me dice que lo siente. Que no lo volverá a hacer en su vida. "De eso estoy seguro", le digo. Tal y como me han sugerido las voces. Y ella llora aún más intensamente. – Luis, déjala. Por Dios. No te busques la ruina. – Me dice Alberto. Mi amigo Alberto. Le disparo en una pierna y se calla. Y el disparo provoca que ella se orine encima. La humillación completa. Ahora ya sabe como me sentí. "Dispárale, dispárale", susurran a voces mis demonios privados.