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La infestación

Nunca antes España había sufrido una peste como aquella. Primero fueron las clases más desfavorecidas, pero poco a poco el mal se fue extendiendo a toda la población. Los médicos no podían explicar el porqué del rápido avance y apenas fueron capaces de encontrar el vector que propagaba la infección. Los gobernantes primero intentaron culpabilizar a los propios enfermos y luego a una seguridad social hipertrofiada e ineficiente. Tan solo el arzobispo de Cuenca, en un arrebato de brillantez, fue capaz de relacionar la peste con un mal moral, con una sociedad enferma en su conjunto. Pero el Vaticano se encargó de silenciarle a petición del Gobierno. Y la peste se hizo endémica en el país. Y los médicos siguieron sin poderla explicar.

La mujer de la barra del bar

Mantenía su barbilla apoyada sobre el dorso de sus manos entrecruzadas. Éstas descansaban sobre la propia barra y la mirada la mantenía sumida en algún poro de la taza donde humeaba un café. El humo revocaba en las corrientes secretas de aire que surcaban el local e iba a parar a sus gafas, empañándolas levemente. Era un trozo de mundo estático. A su alrededor todo se movía: las personas, las palabras, las manos, los sentimientos. Pero junto a ella había un campo de ingravidez extraño que ralentizaba el tiempo hasta dejarlo parado. En un extremo de la barra, sola y extraña, finalmente rompió el hechizo y se bebió el café de un solo trago. Luego salió disparada del bar. Junto a la taza marcada por sus labios permaneció un manoseado diario abierto por una página de ofertas de empleo repleta de cruces rojas.

No me arrepiento de nada

Su mirada se paró en la mitad de la pantalla. Sus ojos fríos lograron lacerar mis pupilas. Entonces lo dijo: "No me arrepiento de nada". Sonrió y su rostro por un momento tomó la ridícula forma de una Ternera. En el sillón de mi casa imaginé la angustia de las viudas, de los hijos sin padre y de los padres sin hijos que el animal había sembrado en sus años de sangre y fuego. Y supe de seguro que, tarde o temprano, alguien le alcanzaría y gritaría delante de una cámara de televisión "no me arrepiento de nada".