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Pemán

   – Hacía mucho que no te veía, Pemán. Los surcos que traza el destino parecen rectos, pero irremediablemente se tuercen y se cruzan, a veces más de una vez a lo largo de una misma vida. Ella me llamaba Pemán porque le hacía gracia la forma en que declamaba las poesías en clase de don Jesús; entre afectado e intenso, decía. Fue mi primer amor, al menos el primero digno de ser guardado en los estantes de la memoria. En sus labios aprendí a besar. Mis manos conocieron la geografía de un cuerpo de mujer acariciándola, aún sobre la ropa. Y por ella llegaba a mi casa alterado y con urgencia por encerrarme en el baño. Pero un septiembre no regresó de las vacaciones y, en lugar de sus besos, solo recibí una carta de despedida en la que me explicaba que su padre había sido destinado a Melilla. Y hoy estaba ahí, en la barra del bar del hotel, como si Laura me hubiera estado esperando todos estos años sentada frente a un Martini rojo. Hablamos durante horas. Yo le conté mis recuerdos de entonce
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El faro del fin del mundo

Anoche soñé con el faro del fin del mundo. Bueno, en realidad no sé si el faro estaba o no en el fin del mundo, pero la escena de arranque encajaba perfectamente con la evocación de ese nombre. Creo que he visto antes esas imágenes de un faro sobre un farallón siendo engullido por las olas. Pero en mi sueño son mis ojos los que hacen de cámara; fue una sensación muy extraña, ya que se parecía a las imágenes de mi recuerdo. Pero estaba seguro de ser yo quién observaba desde el aire mientras me hacía la pregunta de cómo debía ser encontrarse dentro del edificio. La respuesta la obtuve tras un parpadeo, las paredes redondas del faro temblaban ante el fragor del viento y el mar, mientras que un ensordecedor ruido lo invadía todo. Dentro del faro, el ruido se multiplicaba y se amplificaba como en un gigantesco altavoz. Pensé, o soñé que pensé si las paredes resistirían un ataque tan brutal mucho más tiempo. Entonces comenzaron a surgir grietas por la pared, y por ellas entró el agua del mar

Excavador, más que arqueólogo

Excavar es una vocación mucho más intensa que la de ser arqueólogo. Decía mi madre que para tenerme entretenido en la playa lo mejor era darme un cubo y una pala. Aunque a veces tenía efectos no deseados, ya que a la compulsión por excavar se unían la de amontonar lo que encontraba entre la arena, principalmente plásticos y colilllas, y la de llevármelo todo a la boca. Con el tiempo, la manía se fue refinando. Ya no excavaba a lo loco, sino que lo hacía en las inmediaciones de lugares con más posibilidades; es decir, allí donde había gente en actitud de búsqueda, o bien donde previamente habían estado otros niños con sus juguetes. Luego descubrí que había una profesión en la que excavar formaba parte de la ecuación, y decidí cursar los estudios correspondientes para poder dedicarme a mi verdadera pasión. La búsqueda de fósiles es el trabajo más gratificante que cualquiera podría imaginar. Te obliga a ir muy despacio, a revisar toda la tierra eliminada, a concentrarte en la esencia de l

La mentira

Hace años que rompí amarras con la verdad. Comencé allá por 2009, cuando seguí levantándome todas las mañanas a las 7:00 para ocultarle a mi familia que había perdido el empleo. Seguí mintiendo cuando nos embargaron la casa por impago: “cariño, es un error del banco, todo se va a aclarar”. De mentir a los demás, pasé a mentirme a mi mismo: Laura volverá; no tengo un problema con la bebida; la culpa de todo fue de la crisis... La mentira se ha convertido en la única herramienta para sobrellevar el día a día. Trabajo de teleoperador, mintiendo a la gente a horas intempestivas. Y para lograr el empleo tuve que falsear el currículum, eliminando mi título universitario y mis conocimientos de idiomas. Luego sentí que debía inventar unos recuerdos que cuadraran con dicho currículum. Ideé unos padres de pueblo que emigraron a la ciudad muy jóvenes, una infancia en el extrarradio, un coqueteo con las drogas en la adolescencia y hasta un par de detenciones. Me convertí en el protagonista de mi

Alabanzas para los muertos

Lápida Llevo más de 10 años visitando el terreno del microcuento y solo en los últimos tiempos estoy logrando destilar la verdadera esencia del género. No se trata de condensar una historia en apenas unas líneas, eso no basta. Hay que seguir estrujando el fruto hasta dejarlo una leve corteza, casi transparente, que invite al lector a crear su propio relato al mirar a través de ella. Puedo afirmar que en mi última obra he logrado alcanzar el grado de perfección que he estado persiguiendo durante la última década, un relato que comienza y acaba en el título:  Alabanzas para los muertos. FOTO: Pixabay

La reveladora

La vida es eso que pasa en las fotos de los demás, mientras que tú vas de la casa al minilab, del minilab al banco, y del banco al minilab y a la casa. Así pensaba Alicia antes, durante la mayor parte de su vida, una vida en la que solo contaban como tal algunos fines de semana y algunas vacaciones de recién casados. Ni siquiera sus tres maternidades las recordaba con cariño, ya que llenaron de más rutinas su día a día y dejaron menos espacios para el resto de cosas, para la vida. Además, los tres habían salido clavados a su padre. A pesar de que había aprendido en la escuela que los hijos portan la mitad de los genes de cada uno de los progenitores, en el caso de sus niños parecía que la genética de Antón se había apoderado de todo el espacio. Ahora que tenía tiempo para pensar elucubraba teorías de todo tipo para cualquier aspecto de la realidad. Así, sus hijos en realidad serían clones de su marido, sus espermatozoides habrían colonizado el núcleo de sus óvulos de forma que ella so

El montón de los corrientes

De niño, aprendí dos cosa muy importantes de mi abuela. La primera es que el derroche es el padre de la pobreza, cosa que ella llevaba al extremo más absoluto; hoy los ecologistas la hubieran puesto de ejemplo del residuo cero o de la economía circular. Y la segunda, y más importante si cabe, que había que procurar no destacar en nada, ni por arriba ni por abajo: “Pepito, tú debes ser del montón de los corrientes, que es lo mejor que se puede ser”. Tal vez me lo dijera porque creía en ello de verdad. O tal vez porque yo era el insulso hermano del medio, detrás de un jabato rubio y simpático que no necesitaba hacer nada para ser el centro de atención y justo delante de una preciosa niña que, ella sí, hacía todo lo posible para llamarla. De los hermanos Barrio García yo era el único moreno de ojos marrones. Me críe como un enclenque: no tenía apenas fuerza, pero no estaba especialmente delgado. Me gustaban los deportes, sobre todo el fútbol, aunque no lograba destacar en ninguna demarcac