Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como derrotas

La mujer de la barra del bar

Mantenía su barbilla apoyada sobre el dorso de sus manos entrecruzadas. Éstas descansaban sobre la propia barra y la mirada la mantenía sumida en algún poro de la taza donde humeaba un café. El humo revocaba en las corrientes secretas de aire que surcaban el local e iba a parar a sus gafas, empañándolas levemente. Era un trozo de mundo estático. A su alrededor todo se movía: las personas, las palabras, las manos, los sentimientos. Pero junto a ella había un campo de ingravidez extraño que ralentizaba el tiempo hasta dejarlo parado. En un extremo de la barra, sola y extraña, finalmente rompió el hechizo y se bebió el café de un solo trago. Luego salió disparada del bar. Junto a la taza marcada por sus labios permaneció un manoseado diario abierto por una página de ofertas de empleo repleta de cruces rojas.

El siervo de Amón

El desierto esperaba amarillo y seco su llegada. El templo quedaba atrás, junto con sus sueños de servir al Dios para el resto de sus días. Su pecado: haber descubierto la verdad. No había magia en las predicciones de los sumos sacerdotes, todo lo que decían ya estaba escrito en los pergaminos más viejos. Y, si las predicciones no eran de origen divino, tampoco las crecidas de río debían serlo. La arena quemaba sus pies; no era una hora apropiada para deambular fuera de la ciudad. Los hombres se refugiaban bajo los techos a la espera de que el sol perdiera algo de intensidad. El calor mantenía vivos sus pensamientos. ¿Cómo habían podido engañar durante tanto tiempo a tanta gente? Sólo una mezcla de poder e ignorancia lo había permitido. Cuando alguien, como él mismo, reconocía el fraude, simplemente se le expulsaba del Templo. Ahora tendría que vivir de la caridad de los campesinos, usando sus pocos conocimientos de curación y haciendo creer a todos que aún era un devoto siervo de Amón

El púgil

Había bajado la guardia, y los directos del contrario llegaron a su cara sin reducir un ápice su potencia. El primero le hizo levantar la cabeza y el segundo enganchó de pleno el mentón, mandándolo a la lona. Oyó al árbitro contar: uno, dos, tres, cuatro. "Si le oigo es que no me he dormido", pensó e intentó ponerse en pie. Lo logró cuando la cuenta llegaba a nueve, pero el árbitró levantó la mano del otro púgil como vencedor. En realidad no se tenía en pié. La mirada perdida y el paso inseguro persuadieron al árbitro de la conveniencia de parar la pelea. Pero aquella derrota fue la última en el ring y la primera que le infringió la vida. A media que descargaba su furia en los puños y éstos en el viejo árbitro, iba alimentando su odio con las imágenes de derrota que le habían perseguido desde entonces. Cuando terminó de repasar su biografía le espetó al amasijo de sangre: – A ver si te puedes levantar. Uno, dos, tres, cuatro...