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Mostrando las entradas etiquetadas como amores inmortales

La savia huele a bosque

La savia de las plantas huele a bosque. A húmedos amaneceres, envueltos en la penumbra caduca de los montes. Y huele al recuerdo de una noche desvencijada en la que perdí la virginidad. Ella era la picardía de una sonrisa, la timidez de una caída de ojos y la urgencia de la juventud. Ella era una pared contra la que se estrellaban todos los aspirantes a besarla. Nunca te daba la más mínima oportunidad. Hasta la noche de la savia. La noche en que pasó su lengua por el borde de mi navaja ensangrentada del alma de las plantas. Y me dejo besarla, y me plantó su sabor a bosque entre los labios.

Un cuadrado de cristal

A través del pequeño cuadrado de cristal de la puerta seguía el movimiento apresurado de los zuecos de médicos y enfermeras. Tras varias horas de espera ya sabía quienes estaban de paso y quienes se encargaban de la sala en la que tenían a su reina. Nadie le decía nada y, cada vez que intentaba saber algo, se encontraba con la incomprensión de sus interlocutores. Entonces volvía a pensar en la de veces que su reina le había pedido que fuera a la academia de español. Y pensar en la reina sólo le producía dolor y angustia. Ajeno a la punzada de la espalda y a las miradas de los que pasaban, estuvo mirando por aquel ventanuco hasta que vio un zapato azul asomar de una camilla que abordaba el pasillo. Y se temió lo peor: su reino conjunto se había terminado.