Los resultados de las mesas se iban sumando lentamente en la pantalla. El empate era casi perfecto, apenas unas décimas entre uno y otro. La victoría estaría en un puñado de votos. A saber dónde estaría la mesa que le daría la ventaja a uno de ellos. Si ganaba podría por fin cumplir con el sueño de los últimos 8 años, gobernar su ciudad. Pero si las papeletas decidían otra cosa, el partido no le perdonaría una segunda derrota; tendría que marcharse antes de que lo obligaran a dimitir. Pensó en ello con aprensión y rápidamente volvió su atención a la pantalla donde los porcentajes apenas cambiaban y donde se estaba televisando el momento culminante de su biografía