No sé cuánto hace que me apresaron. He perdido el sentido del tiempo, pero debe haber salido el sol muchas veces desde que atacaron la aldea. Nos ataron unos a otros por el cuello y a los hombre nos amarraron las manos a la espalda. Luego nos fueron llevando hacia la costa donde nos tuvieron un par de días, mientras se cuidaban de disimular nuestras heridas. Mientras, muchos hombres blancos vinieron a vernos, revisándonos las dentaduras y los músculos. A unos cuántos nos hicieron salir a la calle, dónde mucha gente gritaba, supongo que ofreciendo un buen intercambio por nosotros. Ahora nos tienen en una gran canoa que navega sin remos y no se ve la tierra por ningún sitio. De vez en cuando nos sacan al aire, y aprovechan para retirar a los muertos y a los enfermos, aunque el olor a muerte no lo pueden quitar. No sé qué quieren de mi estos hombres, pero, sea cual sea el lugar donde me llevan, algún día lograré escapar y volveré a ser libre.