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El reflejo equivocado

microcuentosyotrashistorias.blogspot.com Miraba la cara del espejo entre extrañado y divertido. No reconocía esas arrugas alrededor de la boca y los ojos. Tampoco le sonaban las enormes bolsas bajo los ojos, ni la desproporcionada nariz. Sólo le eran ligeramente familiar el brillo de los ojos, que parecían oasis de juventud olvidados en medio de aquella cara y la sonrisa pícara que se dibujó en su rostro cuando pensó: ese reflejo está equivocado.

El aparcamiento

Tengo 83 años y aún soy capaz de trenzar mis propios pensamientos. No obstante, necesito servirme de un andador y algo de ayuda para recordar la medicación: tantas pastillas que ya no sé para que son. Pero mis manos todavía alcanzan para escribir, no tan rápido como antes, pero puede que un poco más lúcido. Estoy encerrado en este aparcamiento al que me han traído mis hijos. La excusa fue que no era bueno que viviera solo a mi edad, que ellos estarían más tranquilos sabiéndome bien cuidado. Sin embargo, la realidad es que así no precisan venir a verme de vez en cuando para saber si estoy vivo, les consta que si muero serán avisados de inmediato. Así que aquí estoy, viendo a seres que deambulan por los pasillos sin saber ni quiénes son, ni a dónde van, aparcados por sus familiares a la espera de una llamada que les libere por fin de la pesada carga de sentirse culpables.

Epitafio

"Acuérdate de comprar un gallo para Asclepio" dijo con la media sonrisa entre los labios que tantas veces había dibujado su rostro en la plaza pública, mientras desarmaba uno a uno todos los argumentos de sus contendientes dialécticos. Y fue sólo entonces, tras su última ironía, cuando el ingenio y la soberbia del que se llamó a sí mismo "ignorante" dejó paso al rostro de un anciano desencantado y profundamente sólo, cuando comprendió la grandeza de un hombre capaz de ser fiel a sí mismo hasta las ultimas consecuencias. "No fue la cicuta, viejo amigo La que acabó extinguiendo tu llama. Fueron los hombres libres, a los que tú, con tu sabiduría, distes alas." Tan sólo estas cuatro líneas mal talladas sobre el frío mármol de la plaza, dejaron constancia del hombre que caminó entre sus iguales buscando más allá de las respuestas, las preguntas adecuadas.

Recuerdos

– Al final de la calle, a la derecha, hay una pequeña floristería. La dependienta es una chica muy mona y muy simpática. Siempre que paso me la quedo mirando. Tengo el plan de comprar un día un ramo de rosas y regalárselo directamente, pero me da mucha vergüenza. – Abuelo, la floristería ya no está. Y era la que atendía la abuela. De todo eso hace ya mucho tiempo. – Ay, hija, no. Todo eso fue ayer. Lo que pasa es que la noche ha durado 70 años.