"Acuérdate de comprar un gallo para Asclepio" dijo con la media sonrisa entre los labios que tantas veces había dibujado su rostro en la plaza pública, mientras desarmaba uno a uno todos los argumentos de sus contendientes dialécticos. Y fue sólo entonces, tras su última ironía, cuando el ingenio y la soberbia del que se llamó a sí mismo "ignorante" dejó paso al rostro de un anciano desencantado y profundamente sólo, cuando comprendió la grandeza de un hombre capaz de ser fiel a sí mismo hasta las ultimas consecuencias. "No fue la cicuta, viejo amigo La que acabó extinguiendo tu llama. Fueron los hombres libres, a los que tú, con tu sabiduría, distes alas." Tan sólo estas cuatro líneas mal talladas sobre el frío mármol de la plaza, dejaron constancia del hombre que caminó entre sus iguales buscando más allá de las respuestas, las preguntas adecuadas.