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Mostrando las entradas etiquetadas como pérdida

Variaciones sobre una moneda

El céntimo huyó del bolsillo por un agujero disimulado. Desde que había muerto su madre nadie le remendaba los bolsillos y usaba un pañuelo de tela para evitar la pérdida de monedas y llaves. Pero aquel céntimo logró encontrar el camino entre el pañuelo y la tela del bolsillo hacia el agujero. Luego bajó por dentro de la pernera y, tras rebotar en la esquina de la suela, rodó desesperado hacia la alcantarilla. Julio intentó detenerlo, primero pisándolo para evitar el movimiento; y luego, con el otro pie, cortándole el paso. Pero hay céntimos con decisión que no quieren ser moneda de cambio, y ante la posibilidad de verse de nuevo preso, logró torcer su vertical lo suficiente para girar hacia la derecha y no caer sobre su cara. El céntimo logró llegar a la boca de la alcantarilla, y mientras caía tal vez pensaba en un reposo eterno, sedimentado entre capas de polvo y basura. El hombre llegó a casa decidido a coser el bolsillo por si mismo y poner fin a la sangría que amenazaba con em...

El mariachi perdido

El mariachi arrastraba sus cansados pies por las húmedas calles de un Madrid lluvioso. Buscaba algún bar en el que dejar caer sus canciones a cambio de unas monedas, o de una caña, o de lo que fuera. El traje, descosido por varias junturas, sucio y hasta raído parecía hecho para alguian un par de tallas más grande, aunque juraba y perjuraba que era suyo, y que hasta no hace demasiado le quedaba estrecho. Un día dejó su soleado Cancún persiguiendo a una turista española que se llevó de souvenir su corazón. Pensó que sería sencillo. Pero al abandonar Barajas ya no fue capaz de volverla a encontrar, así que paseaba las calles de la ciudad, cantando sus corridos para turistas y enseñando a todo aquel que se dejara una foto en la que una mujer rodeaba con sus brazos al mariachi que fue antes de perderse.

El ocaso del líder

A mitad de camino de ninguna parte, empapados hasta los huesos y cansados de vagar sin rumbo en una jungla eterna, los hombres se fueron parando uno a uno. Ya no había escapatoria, el tiempo y el ejército se les estaban echando encima. El líder, quien les había conducido hasta aquel callejón sin salida, quien les había arrastrado de victoria en victoria semanas antes, ahora se mostraba dubitativo; no sabía qué hacer y, lo que era peor, se le notaba. Desde detrás de la poblada barba, les miraban unos ojos huidizos, que decían quiero rendirme, mientras que de su boca salían palabras de esperanza, de ánimo y de rabia. Más por pena que por convencimiento algunos se levantaron y comenzaron a andar de nuevo. Pero todos quedaron paralizados cuando a sus espaldas oyeron los tiros de los fusiles oficiales y supieron que ya estaban muertos. El líder lanzó entonces una orden de ataque, pero sólo él acudió a cumplirla.