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El nubarrón

¿Sabes esos días que te levantas con aire de tormenta? ¿Esos días en los que los sonidos usualmente dulces y hasta deseados suenan como desagradables truenos dentro de tu mente? ¿Esos días en los que las estridentes voces de los niños provocan una punzada de intenso dolor en la sien? Pues hoy tengo uno de esos días. Así que sabrás disculparme. No he sido yo el ha ha soltado la mano, ha sido culpa del nubarrón.

La liberación

Aún le dolía el ojo, que se había amoratado de manera alarmante y con el que apenas podía ver. Como de costumbre, después de la paliza él le había pedido perdón y le había prometido que no lo volvería a hacer. Como de costumbre, tras autoperdonarse, se había tumbado en el sofá. Ella había quedado en la cocina, dolorida y aterrorizada. Supo que sólo tenía dos opciones: estar huyendo siempre o enfrentarse a sus miedos. Optó por lo segundo. Cogió el cuchillo con el que había estado cortando la carne y se dirigió al salón. Midió con delicadeza el punto exacto y con un golpe seco le atravesó el corazón. Luego lo arrastró al suelo, tiró una lámpara, se golpeó con una de las sillas y salió gritando de la casa.

La huída

Supo que volvería a suceder nada más mirar sus ojos. Otra vez vio en ellos el vacío de la locura, el rojo intenso de la ira. Y pensó que sólo tenía dos opciones: escapar para siempre o volver al círculo vicioso en el que se había convertido su relación. Y decidió huir para siempre. Antes de que él pudiera acercarse abrió la puerta del balcón y saltó. Abajo quedó su cuerpo, ya libre. Y arriba, incrédulo, quedó él sabiéndose culpable.