Ir al contenido principal

La serpiente y la tortuga

Érase una vez una tortuga tan despierta que podían contarse con las pezuñas de una pata las veces que se había ocultado en su caparazón.
Así que un día decidió que quería ver mundo. Papá y mamá tortuga estaban orgullos porque por primera vez uno de los suyos conocería lo que ellos nunca pudieron.
Tras varios días de caminata, en un cruce del frondoso bosque, la despierta tortuga se encuentra con una serpiente que se ofrece a acompañarla hasta el País de las Hadas, el más maravilloso lugar del mundo mundial. La despierta tortuga no se fía, porque sabe que las serpientes se meriendan cualquier tipo de especie. Ante este comentario, la serpiente con ojos acuosos le dice:
-Eso son las otras serpientes. Yo he sido expulsada del País Serpientil porque aspiro a ser encantadora y respetuosa con todos los seres vivos. Soy una deshonra para los míos.
La despierta tortuga, conmovida, acepta.
-Marcha tú delante, tortuguita, así yo te guardaré de posibles peligros que te acechen.
Justo habían andado tres pasos, cuando la serpiente, casi sin dudar, de un bocado se tragó la despierta tortuga que no sufrió porque ni siquiera tuvo tiempo de advertir el triste final a sus ansias de aventura.
La serpiente, cuya tripa había adoptado la forma de la tortuga al no haberla aún digerido, dio media vuelta y puso rumbo al País Serpientil. Sus intentos de cambiar la historia serpientil acababan de fracasar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…

La torre corporativa

Kogi Kabuto nunca había imaginado que llegaría a estar en la sala del consejo de administración de la Kangi Corporation, en la planta 98 de la novísima Torre Kangi; la que el venerable Iwao Kangi, el tercero de su nombre al frente de la compañía, denominó “el faro que iluminará a todos nuestros empleados alrededor del mundo”. Kabuto, un simple contable, había llegado a aquella sala de la mano de un antiguo compañero de facultad, mucho más afortunado que él, que había escalado hasta vicepresidente de finanzas. Descubrió algo extraño en las facturas de la constructora, ligeras desviaciones entre lo reseñado en los conceptos y la realidad que se podía ver en la torre.
La voz apenas le acompañó durante su breve intervención. Y le abandonó completamente cuando el consejero delegado comenzó a mostrar las auditorías de calidad externas del edificio, todas positivas, todas ensalzando la gran obra de la Kangi. Kabuto sintió como las miradas de todos los consejeros laceraban su piel y le abrumó…

La alfombra voladora

Su infancia había transcurrido entre alfombras voladoras y genios de lámparas maravillosas. Por eso le resultaba tan difícil comprender la terrible y prosaica realidad de la guerra. A su lado, en las trincheras de una tierra exótica, otros muchachos contenían al miedo y al enemigo descargando tiros sin apuntar y rezando para sobrevivir un ataque más. Un día más.
Hasta ahora, el pacto que realizó con su padre se había cumplido. Él rezaría cada día por su entrada en el Paraíso y, a cambio, el alma de su padre estaría pendiente para desviar una bayoneta o ayudarle a esquivar una bala mortal. Pero su confianza en el acuerdo comenzaba a desmoronarse. Era muy posible que el difunto se distrajera un momento, lo justo para que un tiro le agujereara el cráneo. Por eso, en uno de los pocos momentos de descanso en retaguardia, rebuscó entre todos los puestos ambulantes de venta una alfombra pequeña, pero recia, tejida a mano por las mujeres de un pueblo vecino al suyo.
Cuando escuchó los morteros …