Ir al contenido principal

La serpiente y la tortuga

Érase una vez una tortuga tan despierta que podían contarse con las pezuñas de una pata las veces que se había ocultado en su caparazón.
Así que un día decidió que quería ver mundo. Papá y mamá tortuga estaban orgullos porque por primera vez uno de los suyos conocería lo que ellos nunca pudieron.
Tras varios días de caminata, en un cruce del frondoso bosque, la despierta tortuga se encuentra con una serpiente que se ofrece a acompañarla hasta el País de las Hadas, el más maravilloso lugar del mundo mundial. La despierta tortuga no se fía, porque sabe que las serpientes se meriendan cualquier tipo de especie. Ante este comentario, la serpiente con ojos acuosos le dice:
-Eso son las otras serpientes. Yo he sido expulsada del País Serpientil porque aspiro a ser encantadora y respetuosa con todos los seres vivos. Soy una deshonra para los míos.
La despierta tortuga, conmovida, acepta.
-Marcha tú delante, tortuguita, así yo te guardaré de posibles peligros que te acechen.
Justo habían andado tres pasos, cuando la serpiente, casi sin dudar, de un bocado se tragó la despierta tortuga que no sufrió porque ni siquiera tuvo tiempo de advertir el triste final a sus ansias de aventura.
La serpiente, cuya tripa había adoptado la forma de la tortuga al no haberla aún digerido, dio media vuelta y puso rumbo al País Serpientil. Sus intentos de cambiar la historia serpientil acababan de fracasar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

20x20x20

Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en l…

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…