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Mostrando entradas de mayo, 2007

El confesor

Le había prestado sus oídos desde que era una niña. Recordaba, estaba seguro, el timbre exacto de su voz cuando, con 4 años, la trajo su madre por primera vez. A través del enrejado de madera podía ver los rasgos de su fino rostro, y espiar sus pupilas cuando ella se atrevía a levantar los ojos. Entonces el viejo y grueso confesor tenía que reunir toda la fuerza de su flaca voluntad para no levantarse y abrazar a la chiquilla.
Y cada vez que esto pasaba la penitencia impuesta era mayor que de costumbre. Porque la culpa era de ella, la mujer siempre había sido la culpable de todos los males de la humanidad. Así que aquella dulce criatura sería, de esto también estaba seguro, la perdición de su alma.

Un último adios

El Sol se muere. La raza humana ha logrado sobrevivir al colapso de la era de los combustibles fósiles, ha logrado remontar la extinción de la biodiversidad de los siglos XX y XXI. Pero no hemos podido desligarnos de la Tierra. Nuestras exploraciones espaciales han sido en vano, los planetas visitados no son compatibles con nuestra forma de vida y los intentos de colonización han ido fracasando uno tras otro.
Ahora, lo sabemos, la especie humana está condenada. En unos pocos miles de años el Sol se convertirá en una supernova y su energía pulverizará nuestro planeta y todo lo que hay en él. De nuestra presencia en el universo sólo quedarán las miles de sondas que hemos enviado en todas las direcciones posibles lanzando nuestro último grito de socorro, nuestro último adiós.

La mulata

Sus caderas se movían con el ritmo hipnótico de la música. Una cadencia rítmica de timbales salpicada de acordes de trompeta lejana. Y una voz.
Nunca antes había estado más cerca de realizar un viaje astral. Durante unos instantes ínfimos sintió como su cuerpo no le pertenecía, ensimismado en los febriles movimientos de la mulata y la voz profunda, rotunda, que acariciaba sus neuronas.

La huella

Ser detective está mal visto. Y dejarse comprar por dos chavos está aún peor considerado entre los detectives. Pero a veces el destino te empuja por la senda de las decisiones equivocadas.
Perdido en un bosque de deudas, clientes vergonzosos y casos de mierda, mi espíritu clamaba venganza contra mi mala suerte. Hasta que la rubia apareció recortando su figura contra la luz del pasillo. Y el caso, era un gran caso. Como en una vieja película de cine negro, terminé siguiendo a alguien por media Europa y metiéndome entre las sábanas de mi bella clienta.

Otra mala decisión.

Ahora ella me apunta con su pistola y con su frialdad, ya no le sirvo. He matado por ella, me he condenado y ahora soy prescindible. Así que sólo me resta morir tal y como quise vivir.

– Muñeca, antes de liquidarme, dame un beso. No, mejor un cigarrillo, así me iré con algo dulce entre los labios.

Alucinación pasajera

El acomodador partía la oscuridad con el haz de su linterna, sorprendiendo a los espectadores que indefectiblemente se volvían hacia ellos, haciéndole sentir culpable. Finalmente encontraron un hueco libre, entre un hombre delgado de aspecto desagradable y una pareja de jóvenes que andaban explorándose las amígdalas cuando la linterna les señaló.
De la pantalla fluían vísceras y litros de sangre. El grupo protagonista huía mientras alguien los iba descuartizando poco a poco, cada vez de formas más originales y espectaculares. El tipo mal encarado apenas pestañeaba y los enamorados de su izquierda parecían haberse sosegado, aunque los ronroneos de ambos indicaban que habían comenzado a jugar con las manos.
Entonces me acordé. Una tarde lluviosa, el refugio de un cine a punto de desaparecer, una mirada furtiva, un roce casual. Sentí de nuevo en mi mano el calor de la suya, volví a estremecerme cuando ella pasó a acariciarme el muslo. Regresó a mis mejillas la rojez de entonces y me di cue…

La luz

Se había bañado en la mayor parte de los mares del mundo. Incluso había nadado en todos los grandes ríos del planeta. Había surfeado en el viento, dejándose caer desde un avión.

Sin embargo, nada de eso le satisfacía completamente porque lo que realmente anhelaba es era nadar en la luz, tal y como había leído en un cuento muchos años atrás.

El canalla

La miró entrar en el despacho del jefe. La sonrisa disimulada le habría dado pistas a cualquier observador avezado, pero para el resto de los empleados resultó invisible. Como todas las anteriores.
A los pocos minutos salió llorando del temido cubículo. El "asesino" había vuelto a matar. Ana comenzó inmediatamente a recoger sus pertenencias. Algunos fueron a consolarla. Otros la ignoraron más que de costumbre. Pero sólo él le ofreció un hombro para llorar. Sólo él le pidió el currículum actualizado "para moverlo por ahí".
Ella, inocente, le dio las gracias cuando abandonó la oficina en busca del finiquito. El canalla, mentalmente, marcó una nueva muesca en el mango de su colt.

Arena

Los granos resbalaban entre sus dedos. Millones de ellos se arremolinaban a sus pies y tan sólo alguno quedaba pegado a su piel, a causa del sudor.
Una y otra vez hundía los brazos en el montón y se esforzaba por visualizar cada uno de los infinitos granos antes de que cayeran al suelo: misión imposible.
Pero él seguiría allí, por siglos, buscando el minúsculo trozo de silicio en el que se encerraba el secreto de la inmortalidad. Por siglos.

"Ota vé"

Le pasaba la mano por la cabeza, sintiendo como los finos cabellos resbalaban entre sus dedos. Le besó en la frente, aspirando el suave perfume a colonia Nenuco. Poco a poco el crío se iba calmando.
Con voz suave, tal y cómo había leído en los libros le decía que no tenía importancia. Que simplemente tenía que avisar antes. El niño asentía con su cabecita y el padre estuvo seguro de que no volvería a pasar.
Apenas media hora después lo vio encogerse ligeramente. Le preguntó y el niño le dijo que no. Pero, segundos después un charco delator dejaba constancia del nuevo fracaso. El padre miró al pequeño y este le dijo: "otavé".

Caprichosa

Me mira, me mira, me mira, me mira. No para de mirarme. Y vuelta a mirarme. Y venga a mirarme. Y mira que te mira...

No mira. No me mira. Ya no me mira. Ha parado de mirarme.

Mírame, mírame, mírame, mira...¡Ya!

Ceguera

Se tapó los ojos con el pañuelo negro de Juan. La luz desapareció de su vista y se llevó las imágenes conocidas de los muebles. La oscuridad era ahora todo su horizonte. Quiso recordar exactamente dónde estaba cada silla, cada mesa, cada posible obstáculo antes de comenzar la prueba.
Se levantó y empezó a caminar, despacio, con las manos buscando referencias hacia delante. Se notaba torpe, sin la seguridad ni la exactitud que te proporcionan los cálculos invisibles que tejen nuestras neuronas antes de dar cada paso. El sillón resultó estar más lejos de lo esperado y, desde él, llegar a la puerta fue una auténtica travesía que terminó en el reposabrazos del sofá. A un metro del objetivo.
Se dejó caer en el asiento y se quitó la venda. La luz volvió a dibujar los objetos y su respiración se tranquilizó.
Ahora sabía lo que se arriesgaba a perder si la enfermedad seguía avanzando.

LA PRIMERA ESTRELLA

En la espesura de la selva amazónica, en una indeterminada región de la frontera de Brasil, una pequeña tribu sobrevive a la presión de los mercenarios de la industria maderera y el empuje suicida de la moderna economía depredadora.

Posiblemente su población no supere los 60 individuos y dada la escasa natalidad es muy improbable que en el próximo siglo quede en pie alguno de ellos. Son los vestigios de otros tiempos, en los que el mundo estaba poblado por pueblos orgullosos y las tradiciones se trasladaban de generación en generación en una lengua que hoy suena tan apagada como su propia gente.

Una de esas historias, quizás la más antigua de todas ellas, habla del principio de los tiempos. Y de como su dios forjó el corazón del primer hombre con el alma incandescente de una estrella.

Ahora, esa estrella primera lucha por mantenerse viva entre las sombras, asomándose a los cansados ojos del último de los jefes de la tribu.

La vida auténtica

En lo más recóndito de la biblioteca monacal, casi a oscuras, apenas se distinguían las letras cuidadosamente escritas y el pan de oro de las miniaturas producía extraños reflejos.

El monje recorría la fantástica geografía de las palabras con prisas y sus manos trazaban imaginarios surcos junto a los renglones. El sabía que al romper el alba terminaría nuevamente con su auténtica vida, la de salvar damas y apresar dragones, y volvería otra vez al hábito gris.

Tan sólo la esperanza de una nueva noche de aventuras mantenían, para el monje, intacta la pétrea realidad de los fríos muros de piedra del monasterio.

La mantis

El motor cubría las palabras, pero los gestos universales no necesitan palabras. El acuerdo llegó en torno a los 40 euros. Ella subió al coche y él condujo hasta el rincón de costumbre.
Una vez saciado quiso hablar con ella. Nunca antes lo había hecho. ¿Cómo te llamas? Me llamo Eva pero me dicen la Mantis. ¿Por qué? Porque devoro a mis amantes mientras me follan. A mi no me has comido. No eres mi amante.
Ella le ofreció el servicio completo, por solo 200 euros. A él le pareció caro y quiso regatear. Eva no aceptó negociar: nunca más te sentirás tan vivo, le dijo. Él aceptó.
Eva le llevó suavemente y despacio hasta el orgasmo y luego cumplió su promesa: el cuchillo entró en el costado del cerdo y cuando sintió sus manos húmedas se las llevó a la boca.
Volvió a sentirse viva.

A sotavento está la felicidad

Llevaba navegando desde los 10 años. Para él, trimar las velas del barco no tenía secretos. Olía las roladas del viento y no conocía mayor placer que dejarse llevar durante una empopada, jugando con el riesgo de una trasluchada repentina.
"Ya no te quiero", le dijo ella, a bocajarro, después de almorzar en silencio, el uno frente al otro. Y a él sólo se le ocurrió acercarse al puerto y salir a un mar que comenzaba a rizarse. La felicidad siempre se encuentra a sotavento, decía su primer instructor de vela. Y él lo recodaba, como recordaba la forma en que le explicó el as de guía o el ballestrinque. Y nada de lo que le dijo nunca había sido inútil, ni siquiera eso.

Seres incapaces de volar

No entendía el porqué aquellos seres incapaces de volar se empeñaban en acabar con sus congéneres. Aunque tampoco entendía cómo era posible que, siendo tan notoriamente inferiores, los de su especie no se hubieran sublevado ya.

Si lo miraba bien, la única cuestión en la que los humanos eran superiores a ellas era en la duración de sus vidas. Unas vidas que seguramente serían anodinas como las de las plantas, lentas y leves. Sin embargo, las moscas vivían menos, pero de manera mucho más intensa.

Esa era, posiblemente, la explicación. Sus vidas eran tan cortas y las vivían con tanta intensidad que no se molestaban en perder el tiempo con esa molesta plaga.

Quiero ser feliz

Siempre lo he querido. Siempre. La vida se ha empeñado en dejarme en la estacada una y otra vez, pero yo me empeño en reir al menos en un par de ocasiones al día. Y casi siempre lo consigo.
Hoy, por ejemplo, me he reído nada más salir de casa. Un niño tiraba insistentemente del brazo de su padre y éste, desesperado, se vio obligado a cogerlo en brazos.
Luego, al salir del trabajo, a pleno sol en la ciudad más soleada de España, encerrado en un coche asfixiante y con el aire acondicionado estropeado me crucé con un ciclista que llevaba un ventilador sujeto en el manillar.
Reir no garantiza la felicidad, lo sé, pero siempre he creído que ayuda.

La serpiente y la tortuga

Érase una vez una tortuga tan despierta que podían contarse con las pezuñas de una pata las veces que se había ocultado en su caparazón.
Así que un día decidió que quería ver mundo. Papá y mamá tortuga estaban orgullos porque por primera vez uno de los suyos conocería lo que ellos nunca pudieron.
Tras varios días de caminata, en un cruce del frondoso bosque, la despierta tortuga se encuentra con una serpiente que se ofrece a acompañarla hasta el País de las Hadas, el más maravilloso lugar del mundo mundial. La despierta tortuga no se fía, porque sabe que las serpientes se meriendan cualquier tipo de especie. Ante este comentario, la serpiente con ojos acuosos le dice:
-Eso son las otras serpientes. Yo he sido expulsada del País Serpientil porque aspiro a ser encantadora y respetuosa con todos los seres vivos. Soy una deshonra para los míos.
La despierta tortuga, conmovida, acepta.
-Marcha tú delante, tortuguita, así yo te guardaré de posibles peligros que te acechen.
Justo habían andado tre…

La colina

En lo alto de la colina, al final del sendero marcado por los cráteres de los obuses, se levantaban los restos del edificio que debía tomar. Recordaba que años atrás había estado allí con sus padres. Sus ojos de niño apenas se fijaron en la casa, demasiado ocupados en identificar árboles apropiados la escalada. De hecho, ni siquiera se molestó en subir la pendiente.

El calor sofocante no era aliviado por los tristes esqueletos de árboles que se mantenían en pie. Con rápidos movimientos de sus manos puso en marcha a sus hombres. Los miró sabiendo que no todos llegarían arriba. Que a lo peor no llegaba ninguno. Entonces comenzaron los tiros.

El insomne

Hace dos semanas la muerte se coló en mi habitación. Aún no había logrado dormirme y la noté cercana, acompañada de un sordo dolor en el lado izquierdo del pecho. Se acercó a mi y me susurró al oído, rozándome con sus labios helados: "hoy vengo a por ella, pero dentro de poco nos conoceremos por fin".
El miedo, o el súbito calor, me hicieron sudar las plantas de los pies y el sueño, definitivamente, me abandonó para siempre.

La vida que huye

Cuando a Fulgencio Martínez se les escapaba la vida por los riachuelos de sangre que manaban de la herida de su costado, no pensó en el desgraciado que le había acertado a traición, ni en su única hija, ni en ninguno de sus numerosos y breves amores.
En ese preciso instante en nada pensó que no fuera en el vaso de leche caliente y las tostadas con aceite que su madre le preparaba de pequeño. Y su muerte, en medio de la violencia de una tasca insalubre, fue entonces cálida y plácida como sólo lo son las tardes de domingo.

15, y ni una más

Le bastaron tres párrafos para darse cuenta. Vargas Llosa podía segur ocupando su lugar en su Olimpo personal de escritores. Pero él nunca podría llegar a juntar las palabras de esa manera, por más que se empeñara a diario en ello, por más que sus ejercicios fueran necesariamente cortos para facilitar el milagro.
Pensó que no era digno se seguir escribiendo, lo suyo no era escribir, era eructar palabras y ornarlas de pomposas metáforas desvaídas. En vez de "No más de 15 al día", su colección de microrrelatos debía llamarse "15, y ni una más".
Así que entró en Blogger dispuesto a desterrar sus cuentos para siempre de la maraña de internet. Pero, en lugar de eso, terminó pulsando "crear una nueva entrada".

El peor enemigo

Siempre llego tarde a los sitios. Por las mañanas, suena el despertador y hago caso omiso. Llego al trabajo en tal estado de ansiedad que mis mejillas se contraen tanto que me hacen parecer malhumorado todo el día. A veces me olvido con los quehaceres de mi trabajo, pero el espejo del baño y las miradas esquivas de mis compañeros de trabajo se encargan de recordármelo.

Siempre me olvido de no pasar por su calle. Alzo la vista y termino de dibujar su silueta tras la ventana. En alguna ocasión he sentido que de forma repentina ella buscaba mi mirada como antaño, entonces, me siento tan poca cosa que si no fuera porque algún transéunte tropieza conmigo, creería que he llegado a mimetizarme con el entorno.

Siempre me propongo cenar fruta y yogurt. La soledad de las noticias me dejan tan alicaído que me zampo dos bolsas de patatas fritas y cuatro mousses de chocolate.

Siempre pienso que debería cambiar porque hacer este tipo de cosas me hacen daño.

Rozando los 40

El espejo le devolvía una imagen juvenil. Sus tetas recién estrenadas pugnaban por escapar del opresivo pijama y las desaparecidas patas de gallo alrededor de los ojos no habían dejado huellas por las que llorar. Su hombre, inicialmente reacio, había recuperado el interés por ella y las amigas no dejaban de decirle lo bien que la encontraban. Era feliz y joven, joven y feliz.
Sin embargo, no era cierto, no terminaba de sentirse totalmente bien, algo le impedía sonreir de verdad y no sabía qué.
– Los años del alma no se operan. – le espetó él de camino a la ducha.

Se vende

He vuelto a mirar el cartel: se vende. Ya no hay marcha atrás.
Hemos puesto a la venta nuestro pasado, nuestra vida en común. Hemos repartido amistosamente los objetos, procurando parecer civilizados. Nuestros abogados se han felicitado por lo sencillo del proceso y ella se ha mudado de ciudad.
Hemos borrado nuestros rastros. Ahora apenas quedan unas anotaciones en algún registro oficial y una enorme cicatriz en medio de mi alma.

La peor pesadilla

La oscuridad se fue haciendo poco a poco.

Del mismo modo, empezó a ser consciente de cada parte de su cuerpo. Sentía un fuerte cosquilleo de estrellitas bailando bruscamente en su cerebro. Deseó articular palabra, pero solo acertó a emitir un leve carraspeo que no llegó a materializarse en sonido alguno.

Antes de que varios lagrimones resbalaran por sus mejillas, hizo un soberano esfuerzo para recrear mentalmente su estado actual: tumbado con los brazos extendidos y alienados junto a un cuerpo aprisionado por un obstáculo hasta aquel momento únicamente imaginado en su peor pesadilla: un ataúd de madera.

La adivina

La veía de vez en cuando en la tele. La gente le llamaba por teléfono y la adivina era capaz de contarles su propia vida y aconsejarles en las tribulaciones diarias.

Un día, dejó de mirar y cogió el auricular. Tras esperar unos minutos eternos y hablar con dos o tres operadores logró salir a antena. La adivina le contó que estaba sola y que se sentía triste. Le dijo que la habían abandonado y que llevaba años esperando un hijo que nunca llegaría.

Se lo dijo todo, excepto lo único que ella no sabía: "Dígame, por favor, la fecha exacta de mi muerte". Se lo tuvo que repetir un par de veces hasta que la pitonisa, visiblemente afectada le auguró que tendría una vida breve, que disfrutara todo lo que pudiera. Entonces colgó.

Se subió a la silla que tenía preparada desde hacía semanas y pasó la soga por su cuello. Entonces echó un último vistazo a la pantalla. Allí la adivinadora seguía contando a la audiencia las miserias de alguna vida triste.