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El pirata

De un salto se colocó sobre la regala del barco abordado. Los hombres que había a su alrededor, pronto convertidos en carne sin aliento, le conocían y le temían hasta el punto de no ser capaces de reaccionar: se daban por muertos antes de comenzar a luchar. Su leyenda de crueldad y sadismo crecía por el Caribe mucho más deprisa de lo que lo hacían sus presas.
Tan sólo tres años antes vegetaba en su tierra natal, Vera, capeando los temporales del destino con la herencia de sus padres. Pero una razia de corsarios berberiscos le había convertido, primero, en un esclavo y, después en un hombre sin Dios.
Algunos de sus hombres y la mayoría de sus enemigos pensaban que había pactado con el Diablo, sólo así se explicaban sus continuos éxitos en tan concurridas y peligrosas aguas. Lo único cierto es que su espada atravesaba pechos, rebanaba gargantas y cortaba manos con la velocidad del rayo, sembrando un rastro de sangre a su alrededor.

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

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