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Confesión conspiranoica

Yo empecé en esto de las conspiraciones por puro azar, pero he de reconocer que de niño ya apuntaba maneras. Vale que no existían las redes sociales, que lo amplifican todo enormemente al multiplicar la audiencia potencial, pero el patio del colegio podía funcionar como un pequeño twitter a escala.

Creada con ChatGPT

Debía estar en quinto o sexto de EGB y acababa de leerme la Isla del Tesoro. Lógicamente, me encantó y, entre otras cosas, me quedé con el detalle del mensaje que anunciaba la muerte del viejo pirata. Era enormemente dramático. Y se me ocurrió una historia que puse en práctica en el colegio al día siguiente. Fue mi primera conspiración viral: la maldición de la mano negra. Era una tontería, pero es que una conspiración no tiene por qué parecer inteligente; de hecho, la estupidez aporta credibilidad: ¿quién se va a inventar una imbecilidad como esa? Si la gente la cuenta es porque tiene que ser verdad. La maldición de la mano negra conllevaba enormes desgracias al portador de la misma: repetir curso, no encontrar trabajo en la vida, perder a tus padres en un accidente... La única forma de librarse de ella era traspasarla, cosa que solo se podía hacer dando una colleja a otro a la vez que se decía “te traspaso la maldición de la mano negra”.

Puse en práctica mi pequeño experimento social en el recreo de las once y traspasé la maldición de la mano negra a un par de compañeros y a mi primo Roberto, que estaba un curso por debajo del mío y tenía una imaginación tan viva como la mía. Al cabo de un par de días, había un verdadero festival de collejas en el patio del recreo, hasta el punto que el director del centro, el padre don Miguel, se vio obligado a zanjar el asunto en la pequeña homilía que nos dedicaba cada mañana. Incluso organizó una misa de “descarga de maldiciones” para poner fin al brote de violencia collejil sin sentido. Pero lo que ni don Miguel ni yo podíamos prever es que la maldición ya había traspasado los muros de nuestro colegio y las niñas de las Monjas del Sagrado Corazón habían comenzado también a traspasarse la maldición. Y los niños y niñas del Huerta Fava, el centro que estaba al lado del nuestro. Ciertamente no duro mucho, pero para mi fue una revelación en diferido.

Aquello quedó en el olvido por años. Mi vocación de biólogo y escritor chocó de lleno con el pragmatismo de mis padres, que me obligaron a estudiar algo con salidas antes de desperdiciar el tiempo con tonterías. Me hice contable. Y durante mucho tiempo, mi única conexión con la fantasía fueron los libros y las pequeñas trapacerías inventadas para reducir los ingresos de las muchas empresas por las que pasé. No volví a recordar lo de la mano negra hasta que en YouTube me crucé con un video de un argentino que sostenía la planitud de la Tierra. Obviamente, en los comentarios había gente con mucha guasa riéndose del fulano, pero también se leía a muchos otros que estaban convencidos de que el planeta no es esférico. Unas pocas búsquedas en Google y los propios enlaces que ofrecían los conspiranoicos me constataron la magnitud del movimiento. Exhibían una mezcla de estupidez e inteligencia mal enfocada sorprendentes. Dentro de su delirio habían buscado y encontrado explicaciones a todas las manifiestas pegas de su “teoría”, desde una razón para que los poderosos a lo largo de los siglos ocultaran esta información, hasta cómo era posible que los japoneses hubieran atacado Pearl Harbour por sorpresa si en su modelo terráqueo tendrían que haber navegado y volado miles de millas atravesando el Índico y el Atlántico. Me costaba dar crédito a tanta ceguera, pero también me di cuenta de que toda esa gente se consideraba especial, eran poseedores de un conocimiento que al resto de los mortales nos estaba negado alcanzar.

Visto con los ojos adecuados, era una muestra autoseleccionada de crédulos con complejo de superioridad. El mercado perfecto. Comencé a participar en la comunidad, primero de forma tímida, pero poco a poco me fui animando y terminé aportando explicaciones para que las cartas náuticas solo midieran las millas en los meridianos y no en los paralelos. Para mantener a la gente a oscuras, los poderosos habían mentido en la anchura real de los continentes, por lo que era necesario ajustar las distorsiones a través de las cartas de navegación. Luego monté una tienda online de camisetas y objetos varios con lemas e imágenes alusivas al movimiento. Y funcionó… 

Había encontrado un modelo de negocio. Así que para hacer crecer mis ventas comencé a inventar nuevas teorías de la conspiración sobre los temas más variados: la NASA llegó a Marte en los 70 y no nos lo dijeron porque encontraron allí restos de una civilización superior cuya tecnología están analizando en centros como el Área 54; los partidos políticos del régimen del 78 controlan todos los recursos de poder en España y, en realidad, ellos y las empresas del Ibex 35 nos manejan a su antojo; las élites globalistas del mundo están controlando el clima usando tecnología de origen marciano para obligarnos a empobrecernos y a creer en la nueva religión del cambio climático y alguna más. Todas y cada una de ellas ha logrado crear una comunidad de fieles seguidores en su entorno. Al principio procuraba usar cuentas diferentes para no despertar suspicacias, pero descibrí que identificarme con más de una conspiración no solo no era contraproducente, sino que a ojos de los crédulos, era incluso un argumento más de solidez. Lo único que mantengo separado son las tiendas de merchandising, aunque creo que es una prevención innecesaria a estas alturas.

Me he convertido en el principal influencer de conspiraciones en lengua española de las redes y mis directos semanales son visualizados por millones de personas. Me han dedicado artículos y programas de televisión para desprestigiarme y, a la larga, lo único que consiguen es convertirme en un mártir a los ojos de los míos.

Y esta pequeña confesión es mi última obra maestra, porque es más que posible que en breve alguien sostenga que han sido agentes del MI6 los que me han obligado a escribirla para luego hacerme desaparecer y así proteger los intereses de la corona británica, sobre la que yo estaría a punto de publicar unas pruebas irrefutables de la participación de Carlos de Inglaterra en la muerte de Diana de Gales.

Y ya tengo pensado el lema estrella para las camisetas: 

Charles kiIIer


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