Ir al contenido principal

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía.
En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle.
La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente este suplicio no se me ocurrió otra salida que la de arrancarme la nariz. El dolor fue atroz, pero finalmente el mal olor se esfumó.
Entonces comenzaron los ruidos.

Comentarios

David Uclés ha dicho que…
Inspirado por el cuento "A propósito de un olor" de Adolfo Bioy Casares

Entradas populares de este blog

Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos). "¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle. Y fue feliz al menos una noche.

El oasis maldito

Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed.   Foto: @DUA Es una...