–No puede ser, debe haber algún fallo.
La médico comprobaba las conexiones, los sensores estaban bien pegados en el cuerpo, los cables todos conectados, cada uno en su sitio, la máquina estaba encendida y, aparentemente, recibiendo lecturas. Sin embargo, en el papel no aparecía pulsación alguna.
–No me lo explico, o la máquina se ha roto o eres un zombi con muy buen aspecto. Justo hace diez minutos he atendido a otra empleada y la máquina funcionó perfectamente –se rascaba la cabeza mientras lo decía–. Debe ser un error del software, así que tendrás que volver cuando lo arreglemos para repetir la prueba.
Inmediatamente comenzó a despegar las ventosas.
–Por lo demás todo parece estar bien –continuó–. Has adelgazado mucho, ya me contarás cómo lo has hecho; aunque has perdido un poco de agudeza visual y hay una longitud de onda que te cuesta escuchar. Pero eso es normal a tu edad. Vamos, que tienes buena salud, salvo este pequeño detalle.
–Que no me late el corazón…
–Que la máquina dice que no te late, que es algo diferente.
–Yo lo llamo metáfora. A veces no son las personas quienes te rompen el corazón, sino las empresas. Tal vez por eso he perdido tanto peso y tal vez por eso tu máquina no me encuentra el latido.
–Que no me late el corazón…
–Que la máquina dice que no te late, que es algo diferente.
–Yo lo llamo metáfora. A veces no son las personas quienes te rompen el corazón, sino las empresas. Tal vez por eso he perdido tanto peso y tal vez por eso tu máquina no me encuentra el latido.
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Foto: Pixabay |
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